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Volodimir Zelenski vive sus momentos más difícilesdesde que comenzó la invasión rusa hace ya casi cuatro años. Varios asuntos asedian al líder ucraniano, imagen de una resistencia feroz frente a la ocupación rusa, pero también cuestionado con un círculo de colaboradores empeñados en complicarle una Presidencia que se está poniendo volcánica.
El escándalo de corrupción que sacude a su entorno cercano gira en torno a una megainvestigación de sobornos por más de 100 millones de dólares que involucraría al sector energético estatal de Ucrania, concretamente a la empresa nuclear Energoatom, y a un círculo de personas que fueron allegados al presidente.
Entre los principales implicados está Timur Mindich, socio de Zelenski y cofundador de su productora, quien habría organizado una trama en la que contratistas debían pagar entre un 10% y 15 % de comisiones para favorecer adjudicaciones, oculta mediante empresas pantalla.
La magnitud del caso ha generado una crisis de confianza grave: algunos ministros fueron apartados, diputados del partido gubernamental pidieron incluso un gobierno de unidad nacional, y los aliados occidentales comenzaron a dudar del mantenimiento de apoyos si no se demostraba una limpieza contundente.
Zelenski ha declarado que no está involucrado personalmente y puede ser cierto, pero el desgaste es real y una buena parte de su propio partido, Servidor del Pueblo, le pide que tome medidas drásticas. El presidente ha prometido reformas profundas y auditoría en las empresas del sector, pero parecen medidas insuficientes. La Rada pide la cabeza del primer ministro en la sombra, que no es otro que Andrii Yermak, su antiguo productor y hoy jefe de Gabinete desde que dejó de ser humorista y se convirtió en candidato. Zelenski quiere aguantar la presión. Por ahora.
Si el asesor presidencial Mijailo Podolyak es el estratega de Zelenski, el ejecutor es Yermak. Nadie ha acumulado tanto poder como él y no hay negociación, interna o externa, que no pase por sus manos. Mucha gente al margen de la política le considera el verdadero arquitecto de estos círculos de poder que han terminado corrompiéndose.
Sin presupuesto
Varios parlamentarios ucranianos amenazan al presidente Zelenski con que, si no destituye a Andrii Yermak, rechazarán el presupuesto de 2026, lo que obligaría al país a operar con el presupuesto de 2025.
Mientras, la oposición, en boca del ex presidente Petro Poroshenko, le exige que tumbe a su propio gobierno y forme otro ejecutivo, esta vez de unidad nacional, a imagen y semejanza del que tuvo Winston Churchill durante su mandato en la Segunda Guerra Mundial.
En cierto modo, que la corrupción se persiga es algo bueno para Ucrania aunque se desgaste por el camino. Los contrapoderes funcionan y las mordidas se persiguen. En la Rusia actual, un país con índices de corrupción más altos, un proceso judicial así es impensable.
Apagones de 16 horas
Ucrania, como el Reino Unido en 1940, hace frente hoy a terribles bombardeos rusos y a una destrucción salvaje. Moscú ha intensificado sus ataques a las fuentes energéticas del país, poniendo sobre los civiles ucranianos todo el castigo. En pleno invierno, los apagones de luz de 16 horas al día, a veces incluso de más, son ya una constante para el resiliente pueblo ucraniano. No tener electricidad implica no tener agua tampoco, y los bombardeos de las centrales termoeléctricas inciden también en la calefacción, algo esencial para cualquier familia. Muchas de ellas han iniciado dos tipos de exilio: o la vuelta a la Unión Europea aquel que se lo puede permitir o un regreso al campo, donde las viejas y tradicionales jatas (casas rurales) están abastecidas de calor gracias a las estufas y chimeneas de leña.
En paralelo, la situación en el frente dista mucho de ser tranquila. Aunque de momento Ucrania mantiene las ciudades de Pokrovsk y Mirnograd, casi cercadas por el ejército ruso desde hace meses, Kiev sigue sufriendo grandes problemas para mantener sus posiciones defensivas por falta de infantería. Eso lo que está pasando en el frente entre las regiones de Dnipro y Zaporiyia, donde la ausencia de ciudades grandes en las que atrincherarse permite al ejército ruso avanzar sin tantas bajas como sufre en contextos urbanos, donde está obligado a destruir primero todos los edificios antes de intentar rodear la población para luego, tomarla. El siguiente punto en ese avance es Huliaipole, en Zaporiyia, una ciudad que los rusos no pudieron ocupar en 2022 y que tratarán de conquistar ahora.
En la actualidad, la única esperanza de Ucrania para un fin de la guerra en 2026 es que la economía rusa se resienta tanto que a Moscú le sea imposible mantener el esfuerzo bélico al nivel actual. Por esa razón ataca cada noche, con drones y misiles, su industria petrolera y gasística con cierto éxito.

