INTERNACIONAL
Guerra en Europa

Los 'pétalos' mortales que lanzan los drones rusos en Jersón

Los aviones no tripulados de Moscú comienzan a minar las calles de la localidad ucraniana con artefactos que semejan hojas de árbol que, en pleno final de otoño, se confunden con las reales y dejan decenas de víctimas

Un soldado enseña una mina 'pétalo' a un grupo de periodistas, en Hammelburg (Alemania), en 2007.
Un soldado enseña una mina 'pétalo' a un grupo de periodistas, en Hammelburg (Alemania), en 2007.
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En el colegio de Jersón se divisan afiches similares a los que se podrían encontrar en cualquier institución de Europa Occidental. Uno informa sobre el aumento de las "alergias" en este final del otoño. Hay otro que alerta sobre una posible "plaga de garrapatas". Pero junto a esos carteles se divisa otro que refleja la enajenada realidad que tienen que afrontar a diario los más de 60.000 residentes que siguen viviendo en esta población y, en especial, los niños.

"Atención: el enemigo está minando de forma remota el territorio de Jersón", se lee en el rótulo. Son "mini pétalos", añade. "Si ves una mina, párate de inmediato. Regresa sobre tus pasos. Mantén la calma; si entras en pánico podrías no ver otras minas", continúa el texto. La parte final se dirige a los padres: "Debido a su tamaño inusual y su aspecto, los niños a menudo las confunden con un juguete".

No es la única advertencia inusual que da la bienvenida a los chiquillos que suelen frecuentar las instalaciones. También hay letreros que avisan sobre cómo actuar frente al ataque de un dron (UAS, por sus siglas en inglés). "Recuerda: todo objeto en el aire debe considerarse hostil", indica el escrito.

Irina Kortinuk admite que las instituciones lectivas de los más pequeños deberían dedicarse a enseñar matemáticas o historia, pero en el recinto que regenta se han añadido lecciones semanales para los críos en los que se les instruye sobre la amenaza que representan las "minas pétalo" y los continuos ataques que protagonizan los drones rusos en esta localidad del sur de Ucrania.

"Invitamos a policías y especialistas. Se les dice que, si escuchan el ruido de los drones, se escondan debajo de un árbol. Sí, nuestros niños no pueden salir a pasear por las calles y respirar aire fresco. No es normal, pero es la vida que nos ha tocado vivir", agrega la activista de 48 años.

El cartel que advierte sobre los 'pétalos': "El enemigo está minando de forma remota la región de Jerson usando drones".
El cartel que advierte sobre los 'pétalos': "El enemigo está minando de forma remota la región de Jerson usando drones".J. ESPINOSA

Olesa Martinova, la madre de Arseni, de 13 años, no duda que esas enseñanzas contribuyeron a que su hijo no sufriera un quebranto mayor después de que su bicicleta pisara uno de los mortales pétalos el pasado 1 de septiembre. No perdió la mesura y así pudo refugiarse en el domicilio de su abuela, sorteando la docena de artefactos que después encontró la Policía en la misma calle.

"El sillín de la bicicleta absorbió la mayor parte de la metralla. Quedó herido en los brazos y en las piernas, pero bloqueó la hemorragia de las heridas, presionándose, hasta que llegó la ambulancia", explica.

El suceso que sufrió Arseni en septiembre forma parte del creciente número de incidentes similares que se han registrado en Jersón en los últimos meses, donde los aviones no tripulados rusos parecen haber añadido una nueva variante a los apodados safaris humanos que llevaban protagonizando desde el año pasado: el minado de las calles y accesos a instalaciones vitales.

Bajo el acoso perpetuo de los UAS rusos, cualquier encuentro con las autoridades locales requiere un secretismo que recuerda al de cualquier guión cinematográfico. Las citas se fijan a última hora y siempre en lugares inesperados.

El gobernador militar de Jersón, Oleksandr Prokudin, aparece repentinamente en la sala de reuniones, que sólo se abre para la conversación con el periodista.

Prokudin explica que el minado de la ciudad ha dejado tres muertos -incluido un niño- desde principios de año y al menos 67 heridos. "Y un número incontable de vehículos destruidos", añade.

"Se ha convertido en una táctica recurrente durante este año. Forma parte de sus safaris humanos. El objetivo es el mismo de las granadas que tiran con drones: aterrorizar a la población", opina.

Rusia siembra Jersón con minas diminutas en forma de pétalo para infundir el terror en la población.

Desde la última visita del reportero a la población en octubre, las autoridades han expandido las áreas cubiertas con redes anti drones. Decenas de estos artilugios siguen acosando el núcleo urbano cada jornada. "La media es de 2.500 ataques por mes", apostilla Prokudin, antes de desaparecer de forma tan precipitada como su llegada.

Jersón es un puro sobresalto. Los coches circulan a una velocidad endiablada. Los que permanecen aparcados buscan siempre el refugio debajo de árboles o techos. Los peatones siguen la misma dinámica. Caminan buscando el cobijo de las ramas o la cercanía de los incontables refugios de cemento instalados en las travesías.

Los chasis de automóviles quemados que se divisan en algunas avenidas son la prueba de que la premura no asegura la supervivencia. Los drones son siempre más rápidos.

La atípica realidad que soporta la urbe desde hace varios años no sólo se refleja en el paisaje urbano. Este último jueves, el abogado y director de documentales Oleksiy Sandakov organizó una exposición de los dibujos que había encargado a casi 200 chiquillos de los casi 4.000 que todavía siguen instalados en la metrópoli.

Cuando los niños colocaron sus creaciones sobre la mesa, las imágenes que reflejaban se encontraban muy alejadas de los gatitos, flores o paisajes bucólicos que habrían pintado sus homólogos de España. Aquí, las visiones de los pequeños son casi siempre las mismas: drones, tanques y cohetes atacando viviendas; o casas ardiendo.

"Han dibujado lo que ven. Una película de horror. Con los drones todo el día volando sobre ellos, el miedo siempre está ahí. Es como [la serie distópica] Black Mirror", precisa Sandakov.

El otoño ha llenado las calles de hojas, acentuando la amenaza que suponen las "minas pétalo", unos artefactos de plástico de menos de 13 centímetros y con forma y color muy parecido a las que se han desprendido por miles de los árboles.

Una mina 'pétalo' en medio de las hojas caídas de los árboles en Jersón.
Una mina 'pétalo' en medio de las hojas caídas de los árboles en Jersón.J. ESPINOSA

Coincidiendo con esta época del año, los rusos han aumentado el lanzamiento de PFM-1 (su denominación técnica) en Jersón, pese a que su uso está prohibido por la Convención de Ottawa de 1997, lo que ha llevado a organizaciones como Amnistía Internacional a pedir que estas acciones sean consideradas un nuevo crimen de guerra que añadir al largo listado que atesora Moscú.

El último suceso de este tipo se registró el pasado día 13, cuando los drones de Moscú volvieron a "sembrar" de las avenidas de la localidad de PFM-1, provocando varios accidentes que dejaron a un policía con un pie amputado y sendas ambulancias afectadas por las explosiones.

"Durante el día solemos evitar las zonas con muchas hojas precisamente por la amenaza de minas. Pero eso ocurrió a las tres de la mañana. Íbamos transportando a un paciente hacia el hospital. Vimos un flash de luz y escuchamos una explosión. La mina reventó la rueda. A nosotros no nos ocurrió nada", precisa Ludmila Nemchenko, la paramédico que conducía el vehículo de asistencia.

Ludmila y su equipo tuvieron suerte. Al bajar de la ambulancia no se tropezaron con el resto de los ingenios explosivos que habían sido esparcidos por toda la zona. Algo que no consiguió evitar otro equipo de sanitarios, cuyo coche también hizo detonar una PFM-1 dos horas más tarde.

"Las habían lanzado en la única calle que conduce al hospital. Lo hacen a propósito. Antes usaban las pétalo fuera de la ciudad, pero ahora están minando nuestras calles", comenta la veterana de 68 años.

La ucraniana no es la única que mantiene que los rusos están lanzando las "pétalo" en las inmediaciones de hospitales locales. Ina Kholoniak, directora del Hospital de Niños de Jersón, asegura que los trabajadores de su complejo han descubierto numerosas lepstok (el nombre local) esparcidas justo en la entrada del recinto "en varias ocasiones, la última hace sólo un mes". "Siempre las encontramos por las mañana, cuando la gente suele entrar a trabajar", apunta.

Los espacios abiertos que conectan los diversos departamentos del hospital Luchanskyi también han sido cubiertos con mallas. El jefe del departamento de cirugía, Vitaly Khomunkha, considera que el despliegue de este sistema de protección contra drones ha incidido en la disminución del número de heridos que reciben a causa de los explosivos lanzados por estos UAS. "Llegamos a tener 40 heridos por mes y ahora son entre 10 y 20. Creo que las redes son efectivas", dice.

Desde que comenzó el año, Vitaly ha tenido que intervenir a una decena de pacientes afectados por las ya tristemente célebres lepstok. Sólo uno de ellos consiguió salvar el pie. "Un par de ellos sufrieron amputaciones en las manos al agarrar la mina", relata. "Todos eran civiles, gente normal que iba a comprar o a trabajar".

Vitaly también tuvo que amputarle el pie derecho a Olena Semenikhina a finales del año pasado. La fémina es la alcaldesa de Sadove, una aldea situada a 22 kilómetros de Jersón.

Desde aquel 13 de noviembre, Olena no ha podido regresar a su villorrio. Tras pasar 7 meses de recuperación y conseguir una prótesis, la funcionara de 46 años ocupa su tiempo como responsable del centro de asistencia que distribuye la ayuda humanitaria para los cientos de desplazados de ese poblado que han tenido que huir hasta el núcleo urbano de Jersón, ante el hostigamiento perpetuo que mantienen los drones del país enemigo. "Antes de la invasión la población de Sadove era de 1.500 habitantes. Quedan 21", advierte Olena, que se desplaza cojeando y asistida a veces por un par de muletas.

Ella fue una de las primeras víctimas de las pétalo. Ocurrió cuando intentaba salvar a un empleado de la municipalidad, que había sido herido por una granada lanzada por un UAS. "Estaba intentando encontrar una carretilla para sacarlo de allí. Había un dron volando por los alrededores. Me escondí debajo de un árbol. Cuando se fue me levanté y caminé un par de pasos. Escuché la explosión y sentí un dolor enorme. Me miré y no tenía dedos. Ni la bota nueva que me había comprado. Me revolqué por el suelo, gritando y llorando. Tuve suerte porque más tarde me dijeron que había otras tres minas muy cerca. Pero no las toqué", recuerda.

Un guerrillero afgano sostiene dos minas 'pétalo' soviéticas en Arghandab, en 1988.
Un guerrillero afgano sostiene dos minas 'pétalo' soviéticas en Arghandab, en 1988.AP

Si el uso de drones para minar Jersón con FPM-1 todavía no se ha generalizado, en Sadove ha sido una constante desde el verano del año pasado. Olena dice que se llegaron a encontrar a un residente local muerto en el cementerio, desangrado y rodeado de pétalos. "No pudimos confirmar si había sido una mina porque era tan peligroso evacuar el cadáver que lo dejamos allí. Se lo comieron los animales", precisa.

Desde que fue herida no ha podido volver a Sadove, pero sigue en contacto diario con los recalcitrantes que se niegan a dejar el lugar. Gente como Dimitri (no quiere dar su apellido), de 42 años, que se ha convertido a su pesar en "experto" en desmantelar los estremecedores artefactos, aunque sea con un método más que cuestionable.

"Coloco ropa encima. Echo gasolina y le prendo fuego. Eso hace que exploten", explica mientras se expresa a través de la conexión iniciada por Olena. "Es que los rusos lanzan las minas a la entrada de la aldea y eso impide que nos llegue la ayuda. Lo hago para abrir un camino. Los escuchas volar cada noche y escuchas el ruido de las minas que dejan caer al suelo", asevera.

Como cada mañana, los empleados municipales a cargo de Oleg Franasink, de 44 años, se encaraman a las escaleras mecánicas para limpiar de hojas las mallas antidrones desplegadas en las avenidas locales.

No se trata sólo de limpieza. No es raro que los funcionarios encuentren explosivos y hasta drones atrapados en la urdimbre. Oleg muestra los últimos artefactos que encontraron hace unos días. No son pétalo, sino algún tipo de granada improvisada. "No suelen tirar lepstok en las calles protegidas por redes, sino en lugares abiertos", indica.

A poco distancia, el subsuelo de la institución donde trabaja Irina Kortinuk acoge a esta hora a casi una decena de mujeres que, pese a las explosiones que se suceden en la superficie, han decidido acudir a una nueva sesión de yoga.

La instructora se comunica en voz suave, acompañada de una música reposada. "Elevad la espalda [la postura del gato]. Ahora soltad el aire". La quietud de la convocatoria contrasta con los estampidos que se suceden de forma regular en la superficie. Irina explica que unas horas antes un dron se ha estrellado en las cercanías destruyendo las comunicaciones, y por eso carecen de conexión de internet.

La responsable del recinto dice que sólo han suspendido las clases a las que suelen acudir unas 45 personas en una ocasión: el pasado mes de junio, cuando los rusos aplastaron el cuartel general de la administración local con varias bombas de cientos de kilos. "La metralla llegó hasta aquí", apostilla.

Para la fémina, yoga y estallidos pueden no ser una combinación ordinaria, pero tampoco lo es la rutina cotidiana que afrontan los vecinos de Jersón. "Se trata de imitar una vida normal ante una realidad nada normal. Tenemos que mantener la cordura", concluye.