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Rusia ha anunciado que ha trasladado sus misiles Oreshnik con capacidad nuclear a Bielorrusia. Este movimiento podría permitir que los misiles rusos alcancen objetivos europeos más rápidamente desde Bielorrusia, aliada de Moscú que también comparte frontera con países de la OTAN como Polonia, Lituania y Letonia. Putin ha afirmado que las armas son imposibles de interceptar porque la velocidad de los misiles supuestamente es 10 veces mayor que la velocidad del sonido.
El vídeo publicado el martes por los ministerios de Defensa de Rusia y Bielorrusia permite identificar dónde se están colocando los sistemas de misiles en Bielorrusia, pero muestra que los transportaban a los bosques y los camuflaban con redes.
El mensaje estratégico es doble: acortar distancias —y por lo tanto tiempos de decisión— hacia objetivos europeos y, sobre todo, elevar la presión política sobre la dimensión europea de la OTAN en un momento en que Rusia intenta disuadir para que no haya apoyo militar occidental a Ucrania.
"La división de misiles Oreshnik ha comenzado a realizar tareas de combate en áreas designadas del país", proclamó el Ministerio de Defensa de Bielorrusia, un país que ya en 2022 jugó un papel clave en la invasión de Ucrania desde el flanco norte. En su día Bielorrusia tuvo armas nucleares soviéticas. La vuelta de las capacidades nucleares se reabrió con la invasión de Ucrania: concretamente, en marzo de 2023, cuando Putin anunció el despliegue de armas nucleares tácticas en territorio bielorruso y, en junio de 2023, el presidente Alexander Lukashenko afirmó que ya estaban llegando. Esa presencia nuclear rusa se componía hasta ahora de aviones bielorrusos adaptados y sistemas como Iskander. Aunque durante 2023 y 2024 hubo algunas afirmaciones públicas sobre el despliegue de ojivas, no se hallaron pruebas visuales concluyentes. Ahora Moscú está sacando músculo mirando a las capitales europeas.
Con una renovada tensión con Ucrania por las denuncias rusas de supuestos ataques "terroristas" por parte de Kiev a la residencia de Vladimir Putin, Moscú pone encima de la mesa una de sus armas favoritas: el Oreshnik, un misil balístico de alcance intermedio con capacidad nuclear y convencional.
Moscú pasaría así a un enfoque en el que proyecta la amenaza más lejos. Desde Bielorrusia, puede amenazar a gran parte de Europa con tiempos de vuelo menores y, por tanto, con menos margen político y militar para reaccionar. Su diseño incorpora tecnología que permite transportar varias cabezas nucleares (o convencionales, según el caso) de forma independiente, pudiendo atacar múltiples objetivos simultáneamente: cuando es lanzado es un misil, pero cuando cae son varios, difíciles de parar. Su capacidad de maniobra durante el vuelo hace extremadamente difícil su interceptación por los sistemas antimisiles actuales como el Aegis Ashore.
Pocas veces se ha visto al Oreshnik en acción. Rusia lo probó en combate en Ucrania en noviembre de 2024 en la ciudad de Dnipro, pero no está claro qué hizo exactamente y qué pretendía. Fuentes ucranianas y la agencia Reuters informaron de una carga con múltiples ojivas pero sin explosivos, interpretada como gesticulación política más que como un ataque para destrucción convencional. Lo que sí está más claro son las ventajas que busca Moscú al adelantar Oreshnik a Bielorrusia: acorta trayectorias hacia el flanco oriental de la OTAN y también hacia centros político-militares más al Oeste, que están ganando protagonismo con el paso atrás de Donald Trump respecto a la defensa de Europa.
Putin está poniendo a la UE en la mirilla. El concepto de "objetivos europeos en minutos", que tanto han repetido los belicistas rusos en sus púlpitos televisivos desde 2022, es precisamente lo que es posible ahora. Rusia está moviendo un misil más veloz hasta colocarlo más cerca de sus posibles objetivos. Acorta el tiempo de decisión —el lapso que tendría Europa para decidir qué hacer— y por lo tanto aumenta el valor coercitivo del despliegue. Moscú ha entendido que el momento de ejercer presión sobre Europa es precisamente 2026, cuando ya están claros los mensajes hostiles de Trump hacia los actuales gobiernos europeos.
El despliegue aumenta la tensión en la zona. Rusia sigue insistiendo en que Ucrania intentó atacar una residencia de Vladimir Putin en un ataque masivo con drones el lunes. El ministro de Asuntos Exteriores, Serguei Lavrov, afirmó que las defensas aéreas rusas derribaron 91 drones y calificó el presunto ataque como un acto de "terrorismo de Estado", prometiendo represalias.
Moscú no ha presentado ninguna prueba de que el ataque haya ocurrido, argumentando que se debió a que los 91 drones fueron interceptados. El ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, Andrii Sybiha, declaró que esta falsa acusación rusa se concibió para hacer descarrilar las conversaciones de paz. Sybiha recordó que hacer "afirmaciones falsas" era una "táctica distintiva" de Rusia que, según él, suele acusar a "otros de lo que ellos mismos planean hacer".
El portavoz del Kremlin, Dimitri Peskov, aventuró que el presunto ataque con drones tenía como objetivo "hacer fracasar el proceso de negociación". "La consecuencia diplomática será un endurecimiento de la posición negociadora de la Federación Rusa", declaró a la prensa.
Pero los analistas no observan ninguna evidencia típica de un ataque ucraniano contra Rusia en relación con el supuesto ataque a la residencia de Putin. El Instituto para el Estudio de la Guerra ha publicado una primera evaluación sobre si el ataque a la residencia de Putin fue real o no: "Las circunstancias de este supuesto ataque no se ajustan al patrón de evidencia observado cuando las fuerzas ucranianas llevan a cabo ataques en Rusia. Los ataques ucranianos confirmados en Rusia suelen generar evidencia observable en fuentes públicas". Estas evidencias a menudo consisten en imágenes de operaciones de defensa aérea, explosiones, incendios o columnas de humo cerca del objetivo. También suelen aparecer informes en los medios locales sobre incendios o daños en los objetivos.
El presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, también ha insistido a los periodistas que los aliados de Ucrania han podido verificar que el presunto ataque con drones a la residencia de Putin en Valdai era falso.
Fortalezas del Oreshnik
Más allá de su desempeño sobre el campo de batalla, de entrada el Oreshnik ofrece algunas fortalezas como la ambigüedad: un sistema de capacidad dual implica que no se sabe siempre si lleva armamento convencional o nuclear, elevando el riesgo de una mala interpretación en crisis. Justo ese tipo de ambigüedad es un activo de señalización en la doctrina de disuasión rusa contemporánea. También tiene ventajas en el ámbito de la movilidad y la supervivencia: al tratarse de lanzadores móviles en bosques y carreteras, dificultan el ataque preventivo, aunque no lo vuelven imposible para la tecnología occidental.
En noviembre de 2024, funcionarios estadounidenses rebajaron el Oreshnik como a un sistema "experimental" y dijeron que Rusia probablemente poseía solo "un puñado" en ese momento. Esa evaluación explica por qué su empleo inicial se leyó como gesticulación estratégica —y bastante costosa— más que como arma clave en la invasión. Pero en 2025 Moscú afirma haber pasado a la fase de producción y puesta en servicio y Minsk habla de un despliegue de hasta 10 sistemas, aunque no hay un inventario verificado.
La jugada de Putin supone un cambio a peor para Polonia, Lituania y Letonia. El agravamiento de su situación es inmediato por su proximidad y menor tiempo de vuelo.
El régimen de Lukashenko, inmerso en un lento acercamiento a EEUU gestionando repetidas liberaciones de presos políticos bielorrusos a instancias de Washington, queda de nuevo atado a la guerra de Putin.
Precisamente Zelenski acusó recientemente a Rusia de usar territorio bielorruso para ayudar a guiar drones y sortear defensas, incluso colocando equipos en edificios residenciales en localidades fronterizas. Este nuevo gesto intimidatorio afecta especialmente al flanco oriental de la OTAN, pero también a la ciudad de Kiev y a todo el norte de Ucrania.
En 2024, Putin aprobó cambios en la doctrina nuclear que rebajan el umbral y amplían escenarios de respuesta, en un contexto en que el Kremlin intenta reinstalar líneas rojas ante la sucesión de ataques cada vez más profundos usando armamento occidental. Esa doctrina extiende explícitamente el paraguas a Bielorrusia, reforzando la lógica de que el territorio bielorruso forma parte del mensaje de disuasión de Rusia hacia la OTAN.