INTERNACIONAL
Equipaje de mano

El mundo es rugoso

El mundo se volvió interdependiente sin dejar de ser desigual y conflictivo; Europa ya no lo ordena, pero puede contribuir a estabilizarlo

Un mapamundi que ofrece una perspectiva nítida de la centralidad de Asia Pacífico.
Un mapamundi que ofrece una perspectiva nítida de la centralidad de Asia Pacífico.E. M.
Actualizado

The World Is Flat, publicado en 2005, consagró la metáfora emblemática de la globalización contemporánea. Thomas L. Friedman describía un mundo "alisado" por la tecnología, las cadenas de valor y la integración de mercados, en el que la fricción geopolítica se iría diluyendo bajo el peso de la eficiencia económica. La imagen resultaba seductora. A diferencia de The End of History, el otro gran lema compendioso del mundo post-1989 (acuñado en las publicaciones de Francis Fukuyama), asociado a la idea del triunfo inexorable del liberalismo y recibido con polémica, la tesis del "mundo plano" gozó de una aceptación abrumadora. No proclamaba una victoria ideológica; daba sencillamente por supuesto que el capitalismo limaba las aristas del poder.

Con el tiempo, esa aparente modestia reveló su verdadera trascendencia. El mundo, lejos de nivelarse, se volvió interdependiente sin dejar de ser desigual, asimétrico y conflictivo. El error no consistió en ignorar (algunos) la persistencia del Estado -siempre fue evidente-, sino en entender que la expansión del mercado despolitizaría la economía. Ocurrió exactamente lo contrario: la política se contuvo, acumuló tensiones y regresó con más ímpetu, transformada en manifiesto instrumento de competencia.

China nunca comulgó de esa ilusión. Mientras en Occidente se hablaba de inclusión participativa, Pekín construía una estrategia basada en la primacía del Estado, la planificación a largo plazo y el dominio de los nodos críticos de la globalización. La megainiciativa lanzada por Xi de "circulación dual" sintetiza bien esa mentalidad: mantener la inserción en el comercio, pero priorizando mercado interior, autonomía tecnológica y recursos, frente a presiones externas. Para China, la globalización jamás fue neutral, sino terreno irregular a recorrer con provecho.

Sin embargo, el orden internacional afronta hoy un problema no solo de medidas. Resalta la escala. El entramado multilateral fue concebido para un mundo en el que nadie concentraba una capacidad industrial comparable a la china actual. Su potencia manufacturera -con proyecciones que, de mantenerse las tendencias, la estiman cerca del 45 % del output mundial hacia el final de la década- desborda una arquitectura pensada para incorporar economías sobresalientes pero nunca arrolladoras del comercio internacional. No se trata únicamente de que China produzca mucho, sino de que produce más de lo que su propia demanda interna está en situación de absorber de forma sostenida, pasando el excedente exterior a válvula de ajuste estructural. Esa mudanza del desequilibrio hacia el resto del mundo introduce fricciones inevitables en una mecánica que nunca fue diseñada para contenerlo.

Ese desequilibrio -incipiente- lo gestionaba Estados Unidos en su condición de árbitro de última instancia de un sistema que progresivamente fue, sin duda, funcionando peor, pero que no había alcanzado la cota de dislocación presente. La entrada de China en la OMC en 2001 respondió no tanto a la expectativa ingenua de democratización, como a la esperanza de convergencia gradual hacia actuaciones previsibles y asumibles, en un contexto cuyo precedente más inquietante seguía siendo el Japón de los años ochenta. Esa apuesta descansaba sobre una premisa tácita: que Washington seguiría dispuesto a ejercer de garante último del andamiaje.

Esa circunstancia ya no se da. Donald Trump no creó la disrupción; la hizo operativa. Su objetivo no es reformar la taxonomía, sino abandonar la gerencia. En una coyuntura determinada por la percepción, la política dirigida a audiencias domésticas y la teatralización del poder, Estados Unidos ha optado por maximizar la ventaja inmediata antes que corregir perturbaciones. No es retirada, sino alteración de paradigma: de vertebrar el orden a utilizar sin rodeos sus resortes de negociación desde la posición de fuerza.

Asistimos a la segmentación del espacio internacional; sin dirección reconocida ni reglas plenamente compartidas, quien más, quien menos adapta su comportamiento de forma pragmática. Algunos secundan los términos impuestos, otros se pliegan a ellos, y unos pocos se decantan por preservar margen de maniobra sin alineamientos rígidos. India y Brasil encajan en esta última clase; no aspiran a encabezar bloques ideológicos, escogen flexibilidad y variedad de ofertas en un entorno crecientemente transaccional.

China despliega una propuesta ambiciosa que no pasa por una ruptura frontal del orden -esa es la vía rusa-, sino por su paulatina reconfiguración y apropiación. Sus iniciativas globales de Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza articulan una visión coherente, buscando conservar los mimbres compatibles y lograr un conjunto gobernable, abierto al comercio pero impermeable a la injerencia política. No es un planteamiento liberal, pero tampoco subversivo. Y por ello, resulta atractivo en amplias zonas del "Sur Global".

El mercado se ha vuelto pura política. Siempre lo fue en parte -basta recordar el Consenso de Washington-, pero hoy esa dimensión prevalece, explícita y conflictiva. Aranceles, subsidios, controles tecnológicos y acceso a materias primas se juegan en un mismo tablero. No hay neutralidad posible porque no hay decisiones económicas sin efectos distributivos: cada elección crea dependencias, desplaza costes y recoloca a los agentes en relación con los polos vigentes de poder, incluso cuando se expone como técnica o defensiva.

La UE, por su parte, carece de centralidad. Atrás quedan los sueños de que el soft power, la regulación y el "efecto Bruselas" moldearían el siglo XXI. Hoy es un actor descentrado: notable, pero no contundente; influyente, pero no líder. Su debilidad reside tanto en la renuncia al hard power como en el anclaje a categorías heredadas. El universalismo normativo, que fue desde su nacimiento santo y seña de la acción exterior europea, no entra en el cálculo estratégico de los grandes.

Ello no convierte a Europa en irrelevante. Como gran mercado integrado, en posesión de un saber hacer acreditado y socio comercial imprescindible, la Unión puede desempeñar una función estabilizadora si cambia de enfoque: menos prédica y más realismo. Que pasa por consolidarse; lo opuesto a la imagen brindada por las cautelosas, si no timoratas declaraciones sobre Venezuela, unidas... por su dispersión (en triste caricatura del lema de nuestra apuesta de futuro). En un mundo rugoso, la descomposición interna no es hipótesis académica, sino riesgo existencial; pero también lo es la nostalgia por un orden que ya no es. El proyecto europeo no sobrevivirá sin un gran salto cualitativo que dote de sustancia a la Unión.

El mundo no es plano. Tampoco está condenado a ser inexpugnable. Es rugoso; lleno de fricciones, desniveles y puntos de apoyo desiguales. Reconocerlo no es prueba de cinismo, sino de realismo. Y en ese realismo, más que grandes relatos o consignas grandilocuentes, lo decisivo será la capacidad de leer el entorno, aceptar sus límites y construir estructuras que permitan cimentar la cooperación en un mundo que ya no admite ilusiones topológicas.