Al presidente Donald Trump le gusta batir récords. Es la manera particular que tiene de ponerse medallas cuando no se las obsequian, como sucedió con el Premio Nobel de la Paz que la opositora venezolana, María Corina Machado, le cedió recientemente. Con una duración de dos horas, el mandatario pronunció el discurso del Estado de la Unión más largo de la historia del país.
Fiel a su estilo, Trump no ahorró en hipérboles a la hora de exponer los logros de su segundo mandato al cabo de un año en el poder. Repitió que Estados Unidos ahora es "más grande, mejor, más rico y fuerte". Para ilustrar la supuesta grandeza que garantiza su agenda MAGA, no dudó en combinar exageraciones con datos falsos que los fact ckeckers de los medios desmentían a la misma velocidad con que el republicano los enumeraba. A pesar de que en las encuestas más recientes la mayoría de estadounidenses expresa descontento con el curso de la economía, el presidente aseguró que se vive una bonanza después de una supuesta catástrofe bajo la Administración de Joe Biden. Enseguida los expertos apuntaron a que en el último año del Gobierno del demócrata la economía creció un 2,8%, comparado a un crecimiento del 2,2% en el primer año del Gobierno de Trump. Según una encuesta realizada por el Washington Post, Ipsos y la cadena ABC, solo un 39% aprueba su gestión frente al 47% que la desaprueba.
Entre las prioridades de Trump no se encuentra la veracidad, sino el sentido del espectáculo para que su mensaje cale en la base republicana que votó nuevamente por él y de la que depende el Partido republicano en unas elecciones de medio mandato en la que se juegan perder el control del Congreso. Por eso enfatizó su discurso de odio contra los inmigrantes indocumentados, responsabilizándolos de los crímenes más horrendos a pesar de que los datos contradicen su relato gore: bajo su Administración, sólo el 14% de los inmigrantes indocumentados arrestados por agentes federales de inmigración (ICE) tenían récord criminal violento. Lo más preocupante de la insistencia en demonizarlos es la intención última de Trump y su entorno a pocos meses de las elecciones en noviembre: retomar la falsedad de que en 2020 Biden ganó gracias a un fraude electoral por los votos de inmigrantes indocumentados. Es una teoría de conspiración que Trump propagó con la complicidad de Steve Bannon, uno de sus principales agitadores ideológicos desde el flanco de la extrema derecha.
En los momentos más acalorados de un discurso bien diseñado para motivar a los MAGA, Trump invocó el proyecto de ley "Salvar a América". De aprobarse en el Congreso, esta medida, que afecta el derecho al voto, exigiría prueba de pasaporte o certificado de nacimiento para inscribirse como votante. Los republicanos se escudan en que es un modo de prevenir "fraudes electorales", algo que, de acuerdo a datos oficiales, es casi inexistente. Ante las miradas impasibles de los demócratas presentes en el Capitolio, el presidente dio por hecho que éste habría sido su "tercer mandato" si no fuera porque le "usurparon" el triunfo en 2020. Estaba abonando el terreno si en noviembre los resultados le son adversos. Unos días antes, Bannon respaldó que las elecciones, hasta ahora bajo jurisdicción de cada Estado, se nacionalicen y que los colegios electorales estén supervisados por agentes de ICE y por tropas militares.
En su largo discurso, el presidente acusó a los demócratas de urdir trampas para manipular las elecciones y se proclamó el salvador de América. De todas las mentiras que pronunció, es las más grave porque con él peligra la democracia de una república que pronto cumplirá 250 años. Tampoco es casualidad que Trump dijera en Davos, "A veces se necesita un dictador". En eso sí es transparente.
