Faltan pocas semanas para que termine una de las exposiciones más originales del año en El Prado:Picasso, el Greco y el cubismo analítico. Comisariada por Carmen Giménez, esta pequeña exposición empareja cuatro obras de Picasso con otras piezas de El Greco y explora de forma elocuente la relación entre el joven Picasso, el del periodo del cubismo analítico, entre 1911 y 1912, y las obras tardías de El Greco, claras antecesoras de la modernidad, pero que tuvieron que esperar unos 300 años antes de ser asimiladas por la tradición. La exposición es una versión sintetizada de otra más amplia, organizada también por Giménez para el Kunstmuseum de Basilea, donde recibió una acogida entusiasta. En El Prado se añaden documentos sobre la relación de Picasso con la institución, que se suma a los homenajes al pintor en el 50º aniversario de su muerte.
La muestra, sin importar su escala, es una de las citas artísticas del año, tal y como lo es otra con la que coincide en el Museo Picasso de Málaga, y que se centra en la escultura del artista, también comisariada por Giménez y que a final de mes se podrá ver en el Guggenheim de Bilbao. Giménez, que este 2023 ha cumplido 80 años, ultima los preparativos de otra muestra sobre el primer Alexander Calder para el Museo d'Arte della Svizzera Italiana en Lugano -un museo cuyo comité científico preside- y dice que éstas serán sus últimas exposiciones. Si es así, que esperamos no sea el caso, la escena artística sufrirá una gran pérdida, tratándose de una figura irremplazable.
Carmen Giménez estuvo detrás de la fundación de tres museos españoles, el Museo Reina Sofía, el Guggenheim Bilbao y el Picasso de Málaga. Su trabajo en el que iba a convertirse el Reina tuvo tanta resonancia que Thomas Krens, entonces flamante director del Guggenheim de Nueva York (cuya fundación hoy preside) y quien viajaba a Madrid para ver todas sus exposiciones, la fichó como conservadora de arte moderno del centro neoyorquino en 1989. Aquel sería un momento legendario de la institución americana. Trabajó al lado de Germano Celant, conservador de arte contemporáneo que acuñó el término de Arte Povera en 1967. Al poco tiempo, Giménez fue ascendida dentro de la organización sustituyendo nada menos que al mítico historiador Robert Rosenblum.
Giménez es una de las más grandes especialistas mundiales en la obra de Picasso y ha comisariado algunas de sus exposiciones más celebradas como Picasso and the Age of Iron (1993) o Picasso. Black and White (2012). La primera exploraba la tradición de esculturas hechas con hierro en el arte moderno y la segunda la importancia de la estructura, los contrastes tonales y el dibujo en la obra picassiana. Giménez, además, es bien conocida por su interés en la escultura. Organizó la retrospectiva de Alexander Calder en el Reina Sofía en 2003, la de Constantin Brancusi en el Pompidou de París y la Tate de Londres, en 2004, o muestras canónicas de David Smith y Richard Serra. Por último, me gustaría mencionar la muestra de Cy Twombly en el Guggenheim de Bilbao en 2008, cuyo montaje fue insuperable. Una de las características más destacadas de su labor como comisaria es la forma en que trata las obras con las que trabaja, que son consideradas algo vivo y relevante y no como documentación con la que justificar ideas curatoriales.
Giménez fue elegida miembro de la Academia de Bellas Artes en 2012, siendo la tercera mujer a la que se concedía este honor. Era un reconocimiento que incluía su trabajo en Nueva York, pero también su papel clave para la renovación de los museos españoles. Puso a nuestro país en el mapa internacional, como continuaron haciéndolo después María Corral, vinculada por un tiempo al Museo de Arte de Dallas, o Vicente Todolí, quien trabajó en la Fudación Serralves y la Tate.
Quiero acabar recordando la primera exposición que vi de Carmen Giménez, Tendencias en Nueva York, en la Fundación Joan Miró de Barcelona en 1983. En ella exploraba la vibrante escena neoyorquina del momento, con obras de Susan Rothenberg, Jean-Michael Basquiat o David Salle. Yo tenía 22 años y pensé al recorrer las salas que quería ser comisario. Escribí entonces una breve reseña para una revista de tendencias que fue mi primer texto como crítico. Años después también me impactó la retrospectiva de Tàpies que hizo para el Guggenheim de Nueva York, en el espacio que por un tiempo tuvo el museo en el Soho. Sigue siendo la mejor exposición de Tàpies que he visto.
