Casi todo en la trayectoria musical de Alberto Miguélez Rouco (A Coruña, 1994) remite a unos parámetros inverosímiles de precocidad y prontitud. Empezó con 6 años, cantando villancicos en el coro de una parroquia, y terminó ingresando en la prestigiosa Schola Cantorum de Basilea. «En algún momento me plateé estudiar arquitectura, pero la pasión por la música acabó imponiéndose», reconoce el cantante, clavecinista y director de 30 años al teléfono desde la ciudad suiza, donde reside desde hace tiempo. «Aquel interés por el diseño de edificios me llevó después a experimentar con las posibilidades espaciales de la orquesta, muchas veces a través de cuadros de la época del Teatro del Buen Retiro, para entender mejor la música que allí se hacía».
Tras formarse como contratenor y continuista al abrigo de los mejores profesores de cada especialidad, Miguélez Rouco fundó en 2018 su propio conjunto, Los Elementos, con cuyos músicos grabó para el sello Glossa la zarzuela Vendado es Amor, no es ciego de José de Nebra. Aquella valiente y rigurosa recuperación de nuestro patrimonio musical le abrió las puertas del Auditorio Nacional y, de la noche a la mañana, lo convirtió en el último golden boy de la interpretación historicista en Europa. «Todo surgió a raíz del aria El bajel que no recela de De Nebra, que descubrí casi por casualidad en internet. Poco a poco, fui tirando del hilo de esta maravillosa partitura y, cuando quise darme cuenta, había conseguido reunir a una treintena de músicos para realizar el primer registro de la historia».
Su condición de liderazgo dentro del grupo le llevó a empuñar la batuta. «Habría cantado de buen gusto, lo que pasa es que en el repertorio español del siglo XVIII no hay partes para contratenor», explica. «A diferencia de mis otras facetas musicales, el podio es el único territorio en el que me he ido a abriendo paso de una manera completamente autodidacta». Y cita a algunos de sus referentes en la disciplina, como los maestros William Christie y René Jacobs, a los que debe su profundo respeto a las fuentes documentales («cada compás requiere horas de investigación», asegura) y un gesto, «tan sencillo como elocuente», a la hora de dirigir a los músicos. «Poco a poco, a base de prueba y error, me he ido creando mi propio código de signos...», celebra.
VERSATILIDAD Y ENTREGA
Su versatilidad y entrega a la causa no conoce límites. «Cuando Jacobs me llamó para cantar la parte de Celeste de la Maddalena ai piedi di Cristo de Caldara me pidió que tocara las castañuelas, así que tuve que aprender de cero en las semanas previas». Más tarde, contactaron con él de un convento de A Coruña donde conservaban varios pares de castañuelas antiguas con las que, desde entonces, causa sensación en los vídeos que cuelga en redes sociales. «Cuando se trata del repertorio antiguo, hay que estar dispuesto a todo...».
Un lustro y varios álbumes después, Miguélez Rouco comparece estos días, en su doble faceta de cantante y director, como artista residente del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). El 10 de noviembre, en la Sala Sinfónica del Auditorio, dirigirá el estreno en tiempos modernos de la ópera (para algunos, zarzuela) La cautela en la amistad y robo de las sabinas que Corselli presentó en 1735 en el teatro de los Caños del Peral. «Tuve la ocasión de consultar el manuscrito original en una visita al Santuario de Lluc, hace dos años, durante una breve estancia en Palma de Mallorca», donde interpretó L'Orfeo de Monteverdi. «Entonces me di cuenta de que estábamos ante una de esas joyas del Barroco a la que nadie había prestado atención en mucho tiempo».
"Cuando se trata del repertorio antiguo, hay que estar dispuesto a todo, incluso a tocarlas castañuelas..."
Asegura Miguélez Rouco que la mayor parte del repertorio español de ese periodo no se conoce. «No exagero al decir que el 98% sigue en paradero desconocido o a la espera de que alguien se atreva a asumir el riesgo de traer de vuelta al presente a Antonio Literes, José de Torres, Pedro Cifuentes, Melchor López, Juan Francés de Iribarren, José Lidó...». Y, por supuesto, a De Nebra. «Tenemos solo seis obras escénicas completas de las 70 u 80 que debió de componer... El resto está perdido», dice y añade: «Probablemente lo tirarían a la basura, pues en aquellos tiempos los teatros se quedaban solo con los libretos para recomponer la música más adelante». No descarta, sin embargo, una aparición milagrosa, «como ocurrió con el famoso hallazgo de las obras de Antonio Vivaldi en el Baúl de Turín».
Su residencia incluye otros cuatro programas, todos ellos como alto, en tres de los cuales dirigirá, además, a Los Elementos: una selección de villancicos y cantadas navideñas (en colaboración con la soprano Deborah Cachet), la serenata Clori, Tirsi e Fileno de Händel (en compañía de las sopranos Robin Johannsen y Ana Vieira Leite), un surtido variado de repertorio dieciochesco español (como invitado de La Guirlande) y un recital en la Iglesia de Santiago de Betanzos. «Tengo por delante siete meses de intenso trabajo», asevera. «Pero los pienso exprimir al máximo».

