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La mañana del 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende iba a inaugurar una exposición en la Universidad Ténica del Estado (UTE) sobre los peligros del fascismo y de una posible guerra civil. Titulada Por la vida... ¡siempre! la muestra reunía 18 carteles creados por miembros del Taller Gráfico de la universidad. A las 11 horas estaba prevista su inauguración oficial, con un concierto en el campus del cantautor Víctor Jara, la voz de la protesta, emblema del movimiento de la Nueva Canción chilena. Pero a esa hora el presidente estaba atrincherado en el Palacio de la Moneda, asaltado y bombardeado por los militares a las órdenes de Augusto Pinochet, que el propio Allende había designado como Comandante en Jefe del Ejército hacía menos de un mes. Antes de rendirse, Allende se pegó un tiro.
Mientras, en la UTE, estudiantes y profesores fueron detenidos indiscriminadamente y trasladados al Estadio Chile. Allí, Víctor Jara fue salvajemente torturado: le destrozaron las manos (y la cara)a golpes de culata para que no pudiera volver a tocar la guitarra. Apareció muerto el 16 de septiembre con 44 tiros. Tenía 40 años. Medio siglo después, en un reciente 2023, la Corte Suprema de Chile condenó a 25 años de prisión a siete ex militares de alto rango por el asesinato de Jara (uno de ellos, de 86 años, se suicidó antes de ser detenido).
En el Disseny Hub Barcelona (DHUB) Jara vuelve a sonar con su canción Lo único que tengo, interpretada por Isabel Parra, que estremece cuando dice Y mis manos son lo único que tengo / Son mi amor y mi sustento. También se pueden ver los 18 carteles antifascistas de la UTE, aunque no son originales: la mayoría fueron destruidos, otros pasaron décadas escondidos. Pero la historia que se cuenta en el DHUB es anterior: acaba precisamente ese fatídico 11 de septiembre y empieza a todo color, con la explosión casi lisérgica, entre flores hipis y una vanguardia futurista, de un diseño que fue tan efímero (los tres años de mandato de Aguirre)que ha permanecido olvidado hasta ahora.
Cómo diseñar una revolución: La vía chilena al diseño es más que una exposición, también es un libro-tesis en inglés a cargo de tres investigadores chilenos que llevan lustros rescatando el patrimonio de su país: la historiadora Eden Medina, que dirige el Programa de Ciencia, Tecnología y Sociedad del MIT; el diseñador Hugo Palmarola, doctor en Estudios Latinoamericanos por la UNAM de México y el arquitecto Pedro Ignacio Alonso, jefe del Doctorado en Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
«Cuando la gente piensa en la imagen de una revolución latinoamericana ve el rojo, el puño en alto y una metralleta. Pero entre 1970 y 1973 el diseño en Chile vivió un periodo de efervescencia y optimismo, con estéticas múltiples y un claro objetivo de bienestar social», admite Pedro Ignacio Alonso. Efectivamente, al espectador europeo -incluso al chileno- le sorprenderán esas estéticas de principios de los 70, tan modernas, que beben del pop art, del muralismo mexicano o del realismo soviético, pero todo filtrado por una mirada autóctona, con reminiscencias del hipismo de los 60 o del legado mapuche.
Tras su buena acogida en el Centro Cultural La Moneda de Santiago de Chile, en el marco de la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado, la exposición aterriza en Barcelona con 250 piezas de diseño que rompen estereotipos y descubren una vanguardia efímera, borrada de un plumazo por Pinochet y la iconografía de acero del fascismo.
«Esta no es una exposición de originales, se centra en los problemas del momento y cómo se resolvían a través del diseño. En la mayoría de casos el original simplemente no existe porque fue destruido. Así que lo hemos reconstruido a base de fotografías, documentos o prototipos. A veces ha sido un verdadero trabajo arqueológico», explica Alonso. Y es que con su bandera neoliberal, Pinochet arrasó con ese made in Chile de Allende que buscaba reducir la total dependencia tecnológica del país: adiós a los televisores M2, a los tocadiscos y calculadoras eléctricas que se quedaron en prototipo, a los muebles de madera infantiles y estandarizados (un proto-Ikea a precios populares para las familias) y un largo etcétera.
La apertura de la muestra es toda una declaración de intenciones: junto a la portada épica y tropicalista del disco Canto al programa de Inti-Illimani, uno de los grupos clave de la Nueva Canción que cantaba a una flamante sociedad socialista, se expone una simple cuchara de plástico para dosificar la leche en polvo. «En los 70 existía un gravísimo problema de malnutrición y mortalidad infantil. El gobierno de Allende impulsó la campaña 'medio litro de leche' para alimentar a bebés y niños», señala Alonso. El Grupo de Diseño Industrial INTEC, capitaneado por el diseñador alemán y profesor de la escuela de Ulm, Gui Bonsiepe, diseñó hasta ocho prototipos de cuchara para fabricar la más simple y funcional.
Y de lo más micro a la ambición macro: la sala de operaciones Cybersyn, un centro de mando pensado para el palacio presidencial desde el que se podrían controlar en tiempo real las diferentes industrias del país y su producción. En el centro del DHUB se reproduce esa sala de aspecto retrofuturista pero con una información en línea que, teóricamente, funcionaba. «No era una utopía futurista. Se construyó el prototipo, el software funcionaba pero nunca entró realmente en operación, no hubo tiempo...», apunta Alonso. El sueño socialista -y su diseño- terminó aquel 11 de septiembre.




