- No lo sé La zona de consumo
Una cortinilla de encaje oculta el interior. Las letras esmeriladas en la puerta anuncian lo que el tejido impide ver. Jazz Inn Uncle Tom. Dentro solo hay ocho banquetas, una barra, centenares de vinilos. En el cubículo, Tom -llamémosle Tom- prepara café, sirve highballs cargados, fuma. Son los suyos movimientos morosos y precisos, de quien se deleita en la tarea mientras escucha el disco que acaba de elegir. Suena Coltrane.
El Uncle Tom es uno de esos bares de jazz únicos que todavía existen en Tokio. Nacieron antes de la guerra, triunfaron en los 60 y los 70. Murakami regentó uno, todavía los frecuenta. Mientras sonaba el saxo, yo pensaba que ojalá tener un lugar así en España. Un lugar que sientas como casa, donde puedas ir sola entrada la noche. Únicamente para escuchar a Coltrane y observar a Tom fumar.
En realidad, mi anhelo no resulta algo tan remoto en el nuevo mundo que viene. Hace poco leí que tras la economía ermitaña de pandemia -compras online, comida a domicilio... Ese gasto sin salir de casa que nos consoló durante meses- ahora llega la era del consumidor solitario. El que viaja solo, el que reserva una mesa para uno.
Cuánto dicen los números de nosotros... La misma revista económica hablaba hace unos días de una nueva recesión. La gran recesión de las relaciones. Desde 2010, el porcentaje de gente que vive sola se ha disparado en los países ricos. El mundo tiene hoy 100 millones de solteros más que si la proporción de parejas continuase como hace una década.
Bienvenidos a un mundo de solteros.
No tiene sentido lamentarse. El ocaso de la vida en pareja se explica en parte por causas que, digamos, están bien. Nosotras somos más independientes. Ya no tenemos que casarnos para salir de casa, ni mantener una relación que no nos gusta. También hay causas que están mal, claro.
"Nuestras grandes desilusiones y frustraciones de hoy tienen más que ver con los afectos que con la política o el consumo"
Ahora nuestras grandes desilusiones y frustraciones -avisa el filósofo Lipovetsky- tienen más que ver con los afectos que con la política o el consumo. «No es que nos desengañemos más que antes: es que nos desengañamos más a menudo». Hace tiempo que el amor dejó de ser para toda la vida. Tampoco ayudan las relaciones líquidas de hoy: superficiales, efímeras, utilitarias. Nos desengañamos con las dinámicas tóxicas del mundo digital, con los heterofatalismos, con las apps para ligar.
Y así acabamos deseando un poco de respiro. «Si tienes fatiga romántica crónica, prueba la abstinencia», nos recomendaba Dolly Alderton en Todo lo que sé sobre el amor. Borra Tinder, deja de tontear, deja el sexo. «Prométete a ti misma liberar algo de espacio en tu cabeza y en tu horario y ver cómo es la vida sin sexo. Pruébalo un mes. Pruébalo seis meses. Pruébalo un año». Es el celibato voluntario del que habla Rosalía. «Por qué estamos todas tan contentas [con ello]», se preguntaba hace poco la escritora Irene Cuevas.
Obviamente, estar soltero no es sinónimo de estar solo, como tener pareja no lo es de sentirse acompañado. Aún tenemos a las amigas, ese amor no romántico que tantas veces se olvida cuando hablamos del querer. Hace años que tenéis esa conexión... Ella te comprende, ella está ahí cuando la necesitas. «Necesitamos 'creer' que la amistad, y no el amor-pareja, puede ser el modo relacional que asegure una supervivencia alegre», dice Sara Torres en (h)amor 9: amigas.
Pero lo cierto es que -incluso cuando sigan ahí tus amigas- aparcar la pareja implica pasar mucho tiempo solo.
No hablamos de soledad como epidemia, sino como placer. En su Mapa de soledades, Juan Gómez Bárcena ya avisaba de la dificultad de distinguir una de otra. Maldito léxico... La soledad heroica y disfrutona de Horacio Quiroga en la selva, frente a la soledad miserable de su mujer Ana María. «Tan diferentes que parece un error, casi una falta de tacto, describirlas usando la misma palabra. Hubo un tiempo en que contábamos con una palabra para nombrar la experiencia de sentirse solo -soledad- y con otra para denominar el estado de soledad sin connotaciones negativas; un estar solo que podía ser una elección e incluso una forma de goce -solitud-».
Una palabra obsoleta -casi nadie la usa ya, nos dice Gómez Bárcena- para definir lo que siento. Creo que siempre he disfrutado la solitud. Mucho antes del declive de la pareja, de los romances digitales y la moda volcel. Puede que sean todos aquellos años todavía como hija única, puede que sea mi tendencia a la melancolía. Mi recuerdo de niña pensando «qué quieres ser de mayor» no visualiza una profesión. «Quiero tener el pelo largo y vivir sola». Nada más.
Y no salió tan mal.
Hay una sensación especial cuando haces cosas sola. Recuerdo las primeras veces. Ser adolescente, coger un autobús, ir al cine. Nervios, emoción, libertad. Con el tiempo, una se acostumbra, pero todavía siento eso cuando estoy sola en una ciudad extranjera y todo es posible.
Nervios, emoción, libertad.
Por supuesto, en tu solitud habrá momentos en que te sientas triste. Porque a veces la soledad elegida también es eso. Ese día, deja que suene Billie Holiday. Deja que te acaricie su voz, que te acompañe su dolor. In my solitude...

