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Abril de 1945. Mientras el «Reich de los mil años» agonizaba entre escombros, el general Reinhard Gehlen ejecutaba su última maniobra, no militar, sino de supervivencia. Lejos del búnker de Berlín donde Hitler deliraba con ejércitos fantasmas, Gehlen reunió a sus oficiales en un refugio alpino de funesto nombre: Elendalm, el «Prado de las Miserias». Allí, entre flores silvestres y picos nevados, enterraron el verdadero tesoro del Tercer Reich: información. Cajas resistentes al agua repletas de microfilmes sobre el Ejército Rojo. Sabía lo que se avecinaba. La alianza entre Estados Unidos y la Unión Soviética era un matrimonio de conveniencia destinado al divorcio, y él tenía la dote perfecta para el nuevo novio occidental. Gehlen no planeaba resistir: planeaba ser indispensable.
Este episodio, narrado con pulso de thriller, es el punto de partida de Fugitivos (Debate), la gran investigación del historiador y exanalista de inteligencia israelí Danny Orbach. En su obra, no solo sigue el rastro de la huida física de los criminales nazis, sino que disecciona cómo sus redes de espionaje, mercenarios y traficantes de armas se incrustaron en el corazón de la Guerra Fría, manipulando a Washington, Moscú, El Cairo e incluso Jerusalén.

Crónica del éxito invisible de "una causa desesperada"
Sin embargo, al conversar con Orbach, desmantela rápidamente la narrativa heroica que figuras como Gehlen intentaron vender al mundo. Lejos de ser los activos definitivos que Occidente creía, muchos de estos hombres convirtieron a los servicios secretos en un colador. ¿Por qué la CIA sufrió una ceguera tan profunda, priorizando la lealtad de criminales de guerra sobre la competencia real? Dejemos a un lado las conspiraciones sofisticadas. Se trató, más bien, de una incompetencia estructural.
«Dividiré mi respuesta empezando por lo más sencillo e iré a lo más profundo», explica Orbach, recostándose en el pragmatismo histórico. «Lo más sencillo es que tenían pocas opciones. El personal de inteligencia estadounidense de entonces no dominaba idiomas; el conocimiento del alemán, ruso, ucraniano o polaco era muy insuficiente».
"Para empeorar las cosas, Roosevelt prohibió recopilar información sobre la Unión Soviética durante la guerra porque 'no se espía a los amigos'"
Más allá de la barrera lingüística, Orbach señala en Fugitivos y reitera en la entrevista una decisión política de alto nivel que dejó a Estados Unidos ciego al inicio de la contienda global contra el comunismo. «Para empeorar las cosas, el presidente Roosevelt prohibió a la inteligencia estadounidense recopilar información sobre la Unión Soviética durante la guerra porque 'no se espía a los amigos'». El resultado fue que, al caer el telón de acero, Washington se encontró mirando al Este con los ojos vendados, temiendo el estallido inminente de una Tercera Guerra Mundial sin datos fiables sobre el enemigo.
Fue en ese vacío donde la figura de Reinhard Gehlen emergió como una solución desesperada. Según Orbach, el éxito del general alemán no radicó en su genialidad, sino en la oportunidad: «La solución más obvia fue contratar a alemanes que acababan de combatir contra los soviéticos. El «superpoder» de Gehlen fue aparecer precisamente cuando no había reemplazo. No fue elegido por su competencia, sino por estar en el lugar adecuado».
El libro detalla cómo Gehlen, desde aquel «Prado de las Miserias», supo venderse no como un nazi derrotado, sino como un patriota alemán y un técnico apolítico indispensable para la supervivencia de Occidente. Orbach subraya en nuestra charla que Gehlen también poseía una astucia burocrática letal: «Fue muy hábil marginando políticamente a sus rivales. Cuando el canciller Adenauer estableció el servicio secreto de Alemania Occidental, Gehlen era el único disponible».
Hoy, la decisión de reciclar a los hombres que industrializaron la muerte nos resulta aberrante. Sin embargo, Orbach nos invita a mirar el pasado sin las gafas del presente, entendiendo la lógica de quienes creían estar a las puertas del apocalipsis nuclear. «Hoy, emplear a nazis nos parece inmoral, pero los que deciden suelen elegir entre necesidad y moralidad. Casi siempre eligen la necesidad y, años después, cuando la necesidad desaparece, recuerdan la moralidad».
En aquel contexto de pánico global, la ética se convirtió en un lujo que la CIA sentía no poder permitirse. «Creían estar al borde de una guerra y consideraban irresponsable hacer juicios moralistas sobre el pasado frente al presente». Así, bajo el pretexto de la urgencia, se abrieron las puertas a personajes siniestros, creando un sistema de espionaje europeo que, como Orbach demostrará más adelante, estaba podrido desde sus cimientos.
Si el pecado original de la CIA fue la ignorancia, su castigo fue la estafa. En los despachos de Washington, alimentados por la paranoia de la Guerra Fría, se imaginaba a la Organización Gehlen como una maquinaria de precisión alemana, una red de espías fanáticos capaces de infiltrarse tras el Telón de Acero y robar los secretos nucleares de Stalin. La realidad, sin embargo, se parecía más a una novela picaresca que a una de John le Carré.
"La responsabilidad del Estado de Israel era prevenir un segundo Holocausto. La caza de nazis era una prioridad secundaria"
En Fugitivos, Danny Orbach describe con ironía cómo el espionaje se convirtió en una industria artesanal en la Alemania de posguerra. Hambrientos y desempleados, miles de exoficiales nazis descubrieron que la mercancía más valiosa no era el carbón ni el café, sino los rumores. Y si no tenían rumores reales, los inventaban.
Al abordar la efectividad real de estos agentes, Orbach es demoledor. Desmonta el mito de la eficiencia alemana con una contundencia que deja en ridículo a los supervisores estadounidenses de la época. «El problema estructural era el dinero. Cuando pagas por información en un país devastado, creas un incentivo perverso», explica.
¿Cómo funcionaba este «mercado negro» de datos? «Muchos de los agentes no tenían acceso real a fuentes soviéticas. Así que hacían lo que cualquier estafado: inventar. Creaban redes fantasmas, subfuentes imaginarias y reportes basados en chismes de taberna o copiados de periódicos locales que los estadounidenses no podían leer».
El autor relata casos que rozan el absurdo, donde la CIA pagaba fortunas por informes sobre movimientos de tropas soviéticas que, en realidad, eran observaciones de trenes de pasajeros o pura ficción literaria redactada en sótanos de Múnich. «La CIA compraba paja a precio de oro», sentencia Orbach. Pero la incompetencia y la estafa eran el menor de los problemas. El verdadero peligro radicaba en la vulnerabilidad de estos hombres. Lejos de ser ideólogos inquebrantables, los nazis reclutados eran, por definición, fugitivos con un pasado criminal. Y eso, en el mundo del espionaje, equivale a tener una diana pintada en la espalda.
«Aquí es donde la lógica de la CIA colapsó por completo. Pensaron que, por ser anticomunistas fanáticos, estos hombres serían leales. Pero olvidaron algo básico: un criminal de guerra es, ante todo, alguien chantajeable». Orbach despliega en Fugitivos la mecánica de esta trampa. La inteligencia soviética (KGB) y la alemana oriental (Stasi) no necesitaban ideología para reclutar a los hombres de Gehlen; solo necesitaban sus expedientes.
«Los soviéticos se acercaban a un antiguo oficial de las SS que trabajaba para los americanos y le daban una opción simple: "O trabajas para nosotros, o revelamos al mundo los crímenes que cometiste en 1942". Ante la amenaza de la horca o la prisión, la lealtad a la bandera de las barras y estrellas se evaporaba instantáneamente».
El resultado de esta política fue catastrófico. Orbach cita en su libro estimaciones que sugieren que, en ciertos momentos, un porcentaje aterrador de la red de Gehlen estaba comprometido. No es que los estadounidenses tuvieran un topo; es que habían construido su casa sobre un nido de topos. «El caso más emblemático, y que trato a fondo en el libro, es el de Heinz Felfe», señala el autor, refiriéndose al exoficial de las SS que llegó a dirigir el departamento de contraespionaje soviético dentro de la organización de Gehlen.
«Es la ironía suprema. El hombre encargado de proteger a la organización de la infiltración soviética era un agente soviético. Durante años, la CIA financió informes que Moscú quería que Washington leyera. No solo no obtenían información real, sino que estaban pagando su propia desinformación». En lugar de ser un activo, la Organización Gehlen se convirtió en el mejor canal de la URSS para manipular los miedos de Occidente, alimentando la histeria y la carrera armamentística con datos falsos, todo ello pagado por el contribuyente estadounidense.
Tras el colapso del Tercer Reich, el mundo no se dividió limpiamente en blanco y negro. En medio de los escombros morales de Europa, Danny Orbach identifica un fenómeno que denomina el «vertedero ideológico», un concepto clave para entender por qué antiguos camaradas de las SS terminaron apuntándose con armas desde bandos opuestos de la Guerra Fría.
«Cuando una ideología totalitaria colapsa, no puedes pretender que todo siga igual», explica Orbach, desentrañando la psique del nazi derrotado. «He leído escritos de muchos nazis recalcitrantes de esa época y ninguno decía que Hitler estuviera bien, porque les había fallado a todos».
Ante el vacío, el fanatismo se fragmentó. Orbach describe esto como una elección de buffet: «No podías mantener la ideología como un bloque completo, tenías que elegir fragmentos». Y aquí es donde la inteligencia occidental cometió su error de cálculo fatal. «La CIA asumió que todos eran anticomunistas, pero esa era solo una opción».
Muchos veteranos de la esvástica optaron por otros caminos. Algunos priorizaron su odio a la democracia, alineándose paradójicamente con los soviéticos. Otros se aferraron al antisemitismo, lo que los llevó a brazos de los regímenes árabes. «Algo no obvio para un nazi: trabajar para no blancos», apunta Orbach con agudeza, subrayando cómo el odio a los judíos podía ser un pegamento más fuerte que la pureza racial. Pero si ver a nazis trabajando para la CIA o el KGB resulta desconcertante, descubrir que Israel (fundado sobre las cenizas de Auschwitz) tuvo en nómina a criminales de guerra es un golpe directo al estómago de la historia. Orbach no rehúye este tabú; lo disecciona con frialdad de analista.
«La responsabilidad del Estado de Israel era prevenir un segundo Holocausto. La caza de nazis era una prioridad secundaria, de cuarto o quinto nivel», afirma. En sus primeros años, Israel vivía bajo la amenaza de sus vecinos árabes. «Podía ser destruido en cualquier momento... así que trabajaban con quien estuviera disponible».
Orbach identifica a tres figuras clave en esta alianza contra natura: el coronel de las SS Walther Rauff, el famoso comando Otto Skorzeny y Rolf Engel. Sin embargo, hace una distinción moral crucial entre ellos. «No pondría a Rauff y Skorzeny al mismo nivel», aclara. Skorzeny, el hombre que rescató a Mussolini, era un aventurero letal, pero «no fue un asesino de masas; su mayor crimen contra los judíos fue quemar la sinagoga de Viena durante la Kristallnacht». Rauff, en cambio, era un monstruo burocrático, el inventor de las furgonetas de gas móviles, responsable de la muerte de cientos de miles. «Rauff fue uno de los ingenieros del Holocausto; no hay nadie peor, quizá solo Brunner».
¿Cómo pudo Israel justificar el empleo de un arquitecto del genocidio? La respuesta de Orbach revela el caos y la improvisación de aquellos años. «Israel era un caos. La burocracia no sabía qué hacía cada brazo». El reclutamiento de Rauff en 1949 fue obra de Shalhevet Freier, un agente israelí en Italia que operaba en una zona gris donde se cruzaban refugiados judíos y fugitivos nazis. Israel necesitaba desesperadamente información sobre un golpe de Estado en Siria, y Rauff había sido asesor en Damasco.
"Los nazis no salvaron a Occidente del comunismo. En muchos casos, ayudaron al enemigo o solo desestabilizaron la región y alimentaron conflictos"
«Freier aplicó una política de 'no preguntes, no digas'», relata Orbach, describiendo una escena que parece sacada de una farsa macabra. «Le preguntó formalmente si había hecho algo contra los judíos, Rauff dijo que no, y eso bastó». Freier, temiendo que sus superiores en Tel Aviv le prohibieran usar al activo si conocían la verdad completa, optó por la ignorancia deliberada. «Ni siquiera informó detalladamente... por miedo a que le quitaran su activo».
El caso de Skorzeny fue diferente y desató una tormenta en el Mossad. Su reclutamiento no fue un accidente, sino una maniobra calculada para detener una amenaza mayor: el programa de cohetes egipcio desarrollado por científicos alemanes. «Hubo un gran debate interno entre los supervivientes del Holocausto y los que no lo eran, como el jefe Isser Harel», explica Orbach. Al final, la necesidad de neutralizar las armas que apuntaban a Tel Aviv pesó más que la justicia histórica. «Como dijo Allen Dulles, director de la CIA, hay pocos 'arzobispos' en la inteligencia».
Orbach matiza que había líneas rojas. «Si hubieran traído a Skorzeny para entrenar a oficiales de las Fuerzas de Defensa de Israel, habría habido un veto total». Pero en las alcantarillas del espionaje, donde las manos nunca están limpias, incluso el diablo puede ser un aliado temporal. «En el mundo del espionaje se permiten estas figuras dudosas».
La historia de los nazis en la Guerra Fría no terminó con un estallido dramático, sino con un desvanecimiento lento y patético. Hacia finales de los años sesenta, el espionaje empezó a comprender que aquellos fantasmas del Tercer Reich eran más un lastre que un activo. Los escándalos, las traiciones y la pura incompetencia habían erosionado la utilidad de hombres como Gehlen y sus redes.
Orbach reflexiona finalmente sobre el ocaso de estas figuras. La caída de Gehlen no fue heroica; fue burocrática y humillante. «El descubrimiento de Heinz Felfe como topo soviético en 1961 fue el principio del fin para Gehlen. Perdió su credibilidad política y, con ella, su poder. Se convirtió en un fantasma por Pullach hasta su retiro en 1968».
¿Y qué fue de los monstruos? Alois Brunner, que sobrevivió a dos atentados del Mossad, terminó sus días en una celda miserable en Damasco, olvidado por sus antiguos protectores sirios. «Murió en 2001 en condiciones espantosas, pero mucho mejores que las de sus víctimas», sentencia Orbach. Walter Rauff murió de cáncer en Chile, protegido hasta el final por la dictadura de Pinochet, mientras que otros, como Franz Rademacher, murieron en prisión o en el exilio, consumidos por la paranoia.
Orbach ofrece una reflexión que trasciende el anecdotario de espías y criminales. Fugitivos no es solo una historia sobre el pasado; es una advertencia sobre el presente y el futuro. «La lección más importante es que no existen atajos morales en la seguridad nacional», afirma. «La idea de que puedes utilizar a criminales y monstruos para proteger la democracia es una ilusión peligrosa. Al final, esos pactos fáusticos siempre se cobran su precio».
La dependencia de la inteligencia occidental en estos hombres no solo fue inmoral, sino estratégicamente desastrosa. «Al final, los nazis no salvaron a Occidente del comunismo. En muchos casos, como el de Felfe, ayudaron al enemigo. Y en otros, como en Oriente Próximo, sus acciones solo sirvieron para desestabilizar la región y alimentar conflictos que aún hoy nos persiguen».
Fugitivos cierra con una imagen poderosa: los mercenarios nazis como «fantasmas en el espejo» que se disuelven cuando dejamos de mirarlos con miedo o fascinación. Pero Orbach insiste en que no debemos olvidar. «Miremos a estos hombres no como genios del mal, sino como lo que realmente eran: oportunistas, estafadores y criminales que aprovecharon el caos de su tiempo», concluye el autor. «Al desmitificarlos, les quitamos el poder que nunca debieron tener».

