Cuánto debemos los madrileños a Astorga y a la Maragatería, esa pequeña comarca leonesa que muchos de nuestros abuelos descubrieron hace algo más de un siglo a través de la gran novela de Concha Espina, La esfinge maragata, pero que desde largo tiempo atrás era la clave misteriosa de esa ruta que permitió, mucho antes de conocerse la electricidad y la refrigeración, que el pescado gallego llegase razonablemente fresco a Madrid, a cientos de kilómetros de esas costas, cuando ninguna gran ciudad europea alejada del mar disfrutaba de algo parecido.
Y es que esa ruta la trazaron los arrieros maragatos, volcados al transporte de mercancías porque su región posee pocas riquezas naturales, y que agregaron ingenio a su oficio al cavar a lo largo de ese largo camino, al paso de cada sierra que separa las lonjas gallegas de la capital de España, unos hondos pozos que en invierno llenaban de hielo para, cuando llegaba el calor, sacarlo y cubrir con él los pescados que llevaban en sus carretas hasta Madrid, evitando que se pudriese.
Pues bien, una destacada familia de origen maragato sigue aportando una enorme contribución a nuestra ciudad, ahora en terrenos nuevos y más culturales, pero sin perder el hilo conductor con sus orígenes. Como hemos informado en estas páginas, mañana debe dar su visto bueno el alcalde Martínez Almeida, a través del Área de Urbanismo municipal, al magno proyecto de la familia García Azpíroz: la restauración y unificación en un gran conjunto a la vez hotelero y teatral de los tres nobles edificios colindantes que posee en la plaza de Canalejas, el Edificio Meneses, la Casa Allende y el Teatro Reina Victoria, que fue el primero que adquirió la familia, al actor Carlos Sobera, en 2018. Esa familia la componen los tres hijos de Evaristo García, el legendario pescadero y hostelero que nos dejó en 2020.
Evaristo, hijo y nieto de arrieros maragatos, empezó a trabajar en 1944, a los nueve años, en la pescadería La Astorgana, fundada en 1911 en la capital, repartiendo con su cesta lenguados y langostas por los mejores hoteles de la ciudad. En 1956 logró que su padre, Norberto, comprase la pescadería, rebautizada Coruñesa -el plural, Coruñesas, vino más tarde, con la expansión- y convirtiéndose en uno de nuestros mejores comerciantes. Fue comprando o abriendo restaurantes -El Pescador, O'Pazo, Filandón- y sus hijos han seguido, con Desde 1911 y, claro está, Lhardy. Metidos ya de lleno en el acervo cultural y turístico de la ciudad, su nuevo proyecto es su culminación. Honor, pues, a los García Azpíroz y a su sangre maragata y madrileña.

