Andas, deambulas en inspección, pues Madrid en septiembre siempre exige la ronda de reconocimiento. Cambia a tal velocidad que, en ocasiones, recorrerla es subirse a un carrusel desbocado. Los rostros familiares se convierten en borrón y no queda a quién saludar y te descubres en soledad agarrada estúpidamente a la atracción, sin saber qué fue del personal. Dónde fueron, qué bar, qué tienda hubo. Ahora relucen la puerta pálida y las rejas de una vivienda, turística o no, ya el trasiego hablará, aunque estas mutaciones a pie de calle, sucedáneos del Madrid antiguo, siempre parecen petrificarse en el feísmo, en la nada.
Menudo mareo esta ciudad. Entre vueltas, el bochorno se despidió con la jubilación del Sylkar y el cierre del Mastropiero. Con 54 y 43 años a cuestas, uno, en Chamberí, y el otro, en Malasaña, el mérito es, sobre todo, el de la resistencia, su obstinación. Por haber mantenido dos recovecos a los que era necesario regresar. Carmen y Alfredo, sirviendo en barra el culmen de la tortilla sin cuajar, siempre recién hecha, y Mirta e hijo, regando sus empanadas y pizzas con diálogos suculentos a la par, sin fallar ni un día al regalo —no es metáfora— de las tartas y el dulce de leche.
Desde su labor elemental de alimentar a los fieles, poca broma, quizá fuese el cuidado, o la precisión sobre lo que importa, es difícil de concretar, lo que lograba que, ya desde la visita primeriza, pertenecieses al terreno. Pues sólo en cierta tascas y tabernas madrileñas ocurre aún el prodigio. En la ciudad del sinfín de franquicias; de los no-lugares para todos los gustos —a fuerza de propagación, nos son ya hábitat natural—; de las estrellas Michelin y chefs a porrillo; de las hamburguesas de autor y lo que se tercie; de los mercados gastro; de los clásicos reinventados, como el Melo's, y fallidos, como El Palentino; de los vendedores que antaño tentaban con tallarines a la salida de las discotecas, en esta bendita ciudad, lo raro son esas mesas donde creer en los brindis.
Esos santuarios donde te conocen a golpe de fidelidad (La Palma 60, Los Porfiados, 13 cuadros, La Lorenza, Ataca Paca...), donde Madrid continúa siendo un barrio, y puedes desplegar los mapas comunes, y aguantan la conversaciones, mientras apuras la copa con los dueños —pero no siempre, por su bien—, y donde la vida, de repente, se muestra sin fisuras y, por unas horas, se abren respiraderos en los días, y donde, tras el desayuno y el aperitivo, sólo se alumbran bellos comienzos, y donde la comida, la cena y sus sobremesas terminan siendo el baile de los bailes al son de la banda local, que escribió Szymborska. No confiesen en exceso si, suertudas, frecuentan una catedral así, con historia, que se llena. Pero amárrenla.

