MADRID
El cubil

Nostalgia de Pepe Teruel desde Pamplona

De su Madrid del alma escapó como se huye de noche, con la prisa del preso que se fuga de su propia condena, endemoniado de mengues

Nostalgia de Pepe Teruel desde Pamplona
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Madrid, desde la distancia, se ve como desde el aire en globo aerostático; Madrid, desde Pamplona, es una ciudad del norte, casi aburrida. La fiesta de los Sanfermines hace que todo lo demás se quede atrás, incluso la imbatible alegría tabernaria del Foro. De año en año, y van 30 temporadas, vuelvo a la capital de la Navarra foral y española, a mi otra casa durante 10 días. Lo malo es que ya se van acumulando los boquetes de las ausencias; lo bueno es su recuerdo inamovible y una nostalgia tierna. Ya no hay nada que los pueda estropear.

Pepe Teruel me recogía todos los años en la estación del tren con su Mercedes, un haiga de cuando manejó algo de plata. Establecimos un rito no escrito, un pacto de sangre, una rutina diaria. Se colocaba en el apartado de los toros «fuera de cacho», sentado en una esquina de sombra, citando amigos, marcando enemigos, mascullando castizas torerías. Esperaba el pase para la corrida de la tarde con una dignidad maldita. Hasta que su amigo Ignacio Cía, otro inolvidable, le regaló un abono de la Casa de Misericordia para la feria entera. Ignacio jamaba a Pepe y a los toreros de arte, y pintaba a Morante en acuarelas que enviaba como christmas por Navidad .

Pepe presumía de su localidad, la ocupaba sentando cátedras y disfrutaba diciéndole cosas a los toreros, que no sabían de dónde venía aquella voz de trueno cargada de sabiduría. Le dimos muchas noches la vuelta a Pamplona como a un calcetín: «Que arda Troya pero que no se ve el humo, tú tapao con siete mantas». Esa golfería suya perpetua lo mataba, pero le daba la vida. El exilio en Corella evitó males mayores. De su Madrid del alma escapó como se huye de noche, con la prisa del preso que se fuga de su propia condena, endemoniado de mengues. Moría por su plas, pero se enredaban en guerras civiles.

Teruel le echaba limón a todo y sal y pimienta a los días. «Mira, mi amor...», era su forma de empezar las frases para pedirle a las camareras de Olaverri, una cervecita muy fría. Y cuando se la traían, les pedía que le miraran a los clisos, porque el cabrón coqueteaba hasta con las farolas, tan vacilón. Disfrutaba de la picardía, la chulería madrileña, macerada en el odre viejo de Embajadores. Liaba el tabaco con la agilidad pasmosa aprendida en una familia de cigarreras. Ya no me acuerdo si era su madre o su abuela la que trabajaba en Tabacalera. Cuando algún tronco que se había bajado al moro le subía una bala, había que echar cuerpo a tierra. El toro lo veía con una claridad deslumbrante. Como a los chuflas y los julais.