- In memoriam Madrid en las venas de Javier Cid
NO QUIERO escribir esta columna. Tal vez no logre rematarla. Ni creo que pueda engarzar un texto a tu altura. El lirismo hiperbólico es más bien un virtuosismo tuyo. Así has procurado vivir, no sabías hacerlo de otra manera.
Aún no sabemos cuándo dejaremos de rumiarte sin pena. Nos decimos lo siento y nos abrazamos sin tener claro si necesitamos más prestar consuelo que recibirlo. «Qué follón, virgen santa». Nunca tuve a tanta gente cuidándome. Es parte de tu legado. Con lo que te gustaba medir si te adorábamos o no. Ser el favorito de cualquier bicho andante. «¿A quién quieres más? ¿A Guisasola o a mí?». No podía no hacerte rabiar. «¿A que estás tan enamorada de mí y es mi cuerpo tan irresistible que se te nubla el entendimiento?». No quiero escribir esta columna. Pero no dejo de hablar contigo.
Parece que en cualquier momento vas a aparecer o voy a escuchar tu voz. Te veo sentado frente a mí a la que me descuido. Esa expresividad tuya, siempre colándomela hasta de reojo. Qué esfuerzo titánico concentrarse a tu lado, todavía. Y cuando lo logro, asomas un ojo cual vieja del visillo entre el hueco de mis dos pantallas del ordenador. Nos hacemos saber que seguimos ahí, sin querer, con patadas por debajo de la mesa. Te veo atisbándome, siempre vigilante de qué observo en la redacción, que ni mirar tranquila puede una. Me sacas el dedo. «¿Qué miras? Deja de mirarme», en tu papel de malote insolente. O me obligas a deliberar: «¿Tú crees que soy más esa flor de maravilla que las alondras del deseo cantan, vuelan, vienen y van [Luis Miguel] o una veredita alegre con luz de luna o de sol y arrebol de los claveles y las mejillas en flor [María Dolores Pradera]?». He perdido también a un compañero de juegos. No sólo eran tus historias. Sino gestos tan infinitos que aún no sé cómo colocar la cotidianeidad.
Nos llevará un tiempo en GRAN MADRID. Por eso escribo esta columna, aunque malditas las ganas. Cómo arrancar este primer número de septiembre sin Javi. Aunque, cuando asoma la rabia, te juro que perpetraría aquí otro de esos textos sobre paseos por Madrid que tanto detestabas. Y si hubieran de poner tu nombre a una biblioteca o lo que sea, que elijan algo a las afueras. Siempre enloqueciéndonos. No paramos de volver a ti. Si hasta me las he visto respondiendo a la admiración de periodistas que acababa de conocer en la otra punta del mundo. «Qué genial. ¿Pero realmente Javi Cid es así?». Si vosotros supierais...
Qué haremos ahora. Cuánto se quedará sin contar. Porque nadie es capaz ni por asomo de guardar en su agenda hasta 47 contactos para un único reportaje. Quiero que vuelvas a ser esa alegría indómita que nos regalabas porque sí.

