MADRID
Museo

El jardín de Alcobendas que enamora al emperador de Japón y a Felipe González: 30 años de una de las mejores colecciones de bonsáis de Europa

El Museo Bonsái Luis Vallejo de Alcobendas se inauguró en la primavera de 1995. Considerada una de las mejores colecciones de Europa, reúne más de 200 ejemplares autóctonos. Paralelamente, su creador realiza paisajes 'verdes' por todo el mundo, que llevan como firma una de sus esculturas

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En el corazón de Alcobendas, escondido entre la arboleda del Arroyo de la Vega, el Museo Bonsái Luis Vallejo parece respirar al compás de sus árboles en miniatura.

No es un vivero ni una exposición al uso, sino -como su creador insiste- "una instalación artística donde cada ejemplar dialoga con el espacio, la luz y el silencio". En 2025 se cumplen 30 años de su inauguración, y el recinto conserva la serenidad de un lugar fuera del tiempo. "No quería un conjunto de árboles en fila, sino un recorrido emocional", recuerda Vallejo al hablar de aquel proyecto que empezó a gestarse en 1994, cuando el Ayuntamiento de Alcobendas le propuso crear un museo dedicado al bonsái. Su respuesta fue concebir un espacio integral: arquitectura, pedestales, iluminación y entorno debían formar un todo. "El árbol no se muestra, se revela", dice con la calma de quien lleva medio siglo observando cómo una rama busca la luz.

El museo se construyó sobre una parcela de 7.000 metros cuadrados. Desde su apertura en 1995, ha reunido una colección única: más de 200 ejemplares de especies autóctonas españolas -sabinas, encinas, tejos, arces de Montpellier- junto a árboles japoneses que condensan siglos de tradición. Muchos proceden de su propio cultivo, otros de donaciones tan ilustres como las del ex presidente Felipe González o el Premio Nobel Gabriel García Márquez. "No me gusta hablar de si es la mejor colección o la segunda mejor", afirma Vallejo. "Es una colección viva, seleccionada con el tiempo y cuidada con afecto".

Esa humildad esconde una realidad: el museo es hoy uno de los más importantes de Europa, un referente internacional que ha consolidado a España en el mapa del bonsái. Su origen está ligado a una experiencia con mucha historia: el espacio para bonsáis que Luis Vallejo diseñó para Felipe González en el Palacio de la Moncloa. "Fue un trabajo de 10 años. Recorrimos el país recolectando árboles, entendiendo cada paisaje. Fue también una forma de conocer España a través de sus montes". Su relación con el ex presidente trascendió lo político y se volvió personal. "Yo no era un hombre de partido -dice entre sonrisas-. Felipe y yo hablábamos de árboles, no de decretos".

De ese vínculo nació una colección que luego se dividió: una parte se donó al Jardín Botánico de Madrid, y la otra encontró su casa definitiva en Alcobendas. Allí, entre sombras tamizadas, los visitantes descubren ejemplares centenarios que parecen suspender el tiempo, como si la paciencia fuese una forma de arte. El propio emperador de Japón reconoció esa labor en 2008, otorgándole a Vallejo la Orden del Sol Naciente, la más alta distinción cultural del país. "Lo recibí como un gesto hacia la amistad entre culturas. Yo he aprendido mucho de Japón, pero mis árboles son mediterráneos. Tienen la luz y la aspereza de nuestra tierra", comenta. En sus manos, el bonsái deja de ser una miniatura exótica para convertirse en una lectura poética del paisaje español.

Vallejo, con el emperador de Japón, en la visita a España de Naruhito en 2008.
Vallejo, con el emperador de Japón, en la visita a España de Naruhito en 2008.El Mundo

Paralelamente a su trabajo como coleccionista y divulgador, Luis Vallejo fundó hace 40 años su estudio de paisajismo, con el que ha diseñado algunos de los jardines más notables de las últimas décadas. "Siempre me consideré un artista que trabaja con materia viva", dice. Y esa materia abarca desde un bonsái de 20 centímetros hasta parques de cientos de hectáreas. Su trayectoria lo ha llevado a realizar, junto a su equipo multidisciplinar, proyectos nacionales e internacionales, como la intervención en grandes fincas españolas, pasando por jardines particulares o proyectos de una envergadura mayor como el Oman Botanic Garden, el Hospital Universitario Río Hortega en Valladolid o la Ciudad Financiera del Banco Santander en Madrid.

En Marruecos también ha desarrollado buena parte de su obra. "Mi primer encargo allí fue en 1991, en el Atlas", recuerda. Desde entonces, su estudio ha hecho los jardines de los hoteles Royal Mansour, auténticos oasis donde la jardinería se entrelaza con la arquitectura. "Cuando alguien entra y dice que parece un jardín que ha existido siempre, sé que he acertado, porque un jardín es una consecuencia del lugar en el que está", explica Vallejo, que se considera un arquitecto paisajista "de oficio y de intuición", más que de escuela. "No me interesa tanto el formalismo como la emoción. Un jardín tiene que conmover".

El arquitecto paisajista, en su museo de Alcobendas.
El arquitecto paisajista, en su museo de Alcobendas.Sergio González

En Casablanca, reinterpretó el modernismo marroquí de los años 30 con un lenguaje botánico contemporáneo. En Cabo Negro, diseñó un conjunto de villas junto al mar, donde las dunas se integran con la arquitectura mediante una sucesión de terrazas, estanques y palmeras. "Trabajamos con piedra local, con plantas de los huertos tradicionales, con lo que el lugar nos da. No creo en importar paisajes, sino en escuchar lo que cada territorio pide".

Esa filosofía hunde sus raíces en su infancia. Vallejo creció entre los viveros que su padre, agricultor aragonés, regentaba en la vega del Henares. "Aprendí viendo cómo germinaban las semillas, oliendo la tierra mojada. Mi padre trabajaba para que los árboles crecieran y yo, paradójicamente, para contener su crecimiento. Decía que él luchaba por hacerlos grandes y yo por reducirlos", recuerda con cariño.

De aquel niño curioso que hojeaba libros de bonsáis japoneses a finales de los 60 -traídos por su padre de un congreso en Estados Unidos- nació una vocación que aún se mantiene intacta. "El bonsái me enseñó la paciencia. El paisaje, la escala. Son dos caras de la misma moneda: una habla del detalle, la otra del horizonte", matiza. Esa dualidad impregna sus jardines, donde el agua, la piedra y la vegetación se combinan con la precisión de un poema. "En el fondo, mi trabajo es esculpir el tiempo con árboles", afirma.

PINTURA Y ESCULTURA

Luis Vallejo también dibuja y esculpe. En su taller, los cuadernos se amontonan junto a piedras, ramas secas y arcillas modeladas con la misma delicadeza con que se poda una rama. "Mi escultura surge del mismo impulso que el bonsái: buscar el gesto esencial", afirma. En sus obras, las líneas parecen prolongar los movimientos del viento, esa fuerza invisible que da título a su libro más reciente, A los pinos el viento, un retrato del coleccionista a través de su colección, y cuya presentación corre a cargo de Felipe González. El volumen combina poemas, fotografías, dibujos y reflexiones. No es un catálogo, sino una obra artística en sí misma. "Es mi autobiografía poética", dice. Entre las páginas se suceden imágenes de arces, sabinas o membrillos acompañadas de versos de Machado o García Lorca. "La poesía y el bonsái tienen algo en común: ambas buscan decir mucho con muy poco".

Algunos de los bonsáis de la colección de Vallejo.
Algunos de los bonsáis de la colección de Vallejo.Sergio González

El título procede de una estrofa de Safo: "Como el viento agita los pinos en la montaña, así me agita el amor". Esa metáfora atraviesa toda su obra. "El viento es la energía que mueve la vida, pero también la que modela la forma. En el bonsái, el viento se traduce en una inclinación, en una torsión del tronco. En la escultura, en una curva o un vacío".

En sus exposiciones, Vallejo acompaña los bonsáis con dibujos a tinta: trazos rápidos, esquemáticos, que condensan el movimiento esencial del tronco y la copa. "No hace falta dibujar cada hoja. Con cuatro líneas puedes sugerir un bosque". De esa economía nace su estética: sobriedad, proporción, serenidad. "La belleza -añade- no está en la exuberancia, sino en la medida", explica.

Luis Vallejo, entre algunas de sus obras escultóricas.
Luis Vallejo, entre algunas de sus obras escultóricas.El Mundo

Otra de sus pasiones es la piedra, "un mineral que tiene vida, aunque su unidad de tiempo sea el millón de años". Busca la expresividad en ella, y sus jardines incluyen como firma una de sus creaciones, que puede ser una fuente, un banco o una escultura. "Cortando lo justo, puliendo lo justo, pero dejando la naturaleza de la piedra", explica.

A sus 71 años, Vallejo viaja con frecuencia, pero su refugio sigue siendo el museo de Alcobendas. "Lo que más me conmueve en él es ver cómo la gente se calla. Ese silencio es la medida del asombro".