MADRID
Cultura

150 años del gran escenario de la historia y del teatro de España: acogió los primeros desnudos del franquismo, la fundación de Falange y la adhesión comunista de la CNT

Una exposición homenajea el genio pionero del Teatro de la Comedia y los cambios que alumbró

El patio de butacas del Teatro de la Comedia.
El patio de butacas del Teatro de la Comedia.Sergio González
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No es el más antiguo de los centenarios capitalinos ni el más popular entre ese patrimonio arquitectónico escénico «tan impresionante» de Madrid, según recuerda el sabio teatral Antonio Castro. Pero el Teatro de la Comedia cumple 150 años de virtudes y singularidad propias y, por ello, lo celebra con una exposición de documentos, fotografías, planos, programas y objetos históricos, como el busto de Jacinto Benavente, de 1955, que ocuparán su vestíbulo hasta el próximo 25 de enero. Bien lo merece.

Sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), el público habitual quizá desconozca sus otros méritos, además del valor arquitectónico evidente «que aún conserva» y que quedó realzado con la última restauración de entre 2002 y 2105. Sumido en la placidez, desde hace 40 años, de alojar el repertorio previo al siglo XX, este escenario también luce galones de pionero e, incluso, ha propiciado leyendas urbanas y transformaciones políticas y dramáticas. Allí, la CNT se adhirió a la Internacional Comunista en 1919; allí, José Antonio Primo de Rivera fundó la Falange Española en 1919, junto a Alfonso García Valdecasas y Julio Ruiz de Alda, y allí, se exhibieron los primeros desnudos sobre las tablas españolas, aún con la censura franquista dando coletazos.

Así lo atestiguan los cientos de documentos en los que, durante ocho meses, ha buceado Antonio Castro, comisario de la muestra, y de los que se ha visto obligado a hacer «una selección sumarísima», entre el Centro de Documentación Teatral, el Archivo General de la Administración, el propio legado de la compañía y el archivo del Museo de las Artes Escénicas.

«Me atrevería a decir que en este último haymiles de documentos», aventura el, además, Cronista de la Villa desde 2007, pues estos proceden de Tirso Escudero, el último Tirso de la familia que regentó la Comedia durante 100 años. Donó sus escritos al completo, aunque ni una imagen del edificio de la calle del Príncipe. «No hay ni una foto ni un cartel, pero aún así es valiosísimo, porque podemos estudiar cómo ha sido la evolución de la profesión teatral, cómo han variado los sueldos y categorías de los actores...».

Incluso, se puede refutar la mitología popular: el arquitecto Agustín Ortiz de Villajos, quien levantó el inmueble en 1874, sí previno que hubiese espacio para los camerinos, frente al desliz que siempre se le achacó. «Se dijo que se construyó sin ellos y que, cuando se hizo una primera visita con Ortiz de Villajos, le preguntaron dónde estaban y él se sorprendió, porque pensó que los actores venían vestidos de sus casas», relata Antonio Castro. Sin embargo, según ha comprobado en el Archivo de la Villa, donde se conservan los planos originales, Ortiz de Villajos sí los diseñó y, además, en tres pisos. «Quizá no siguieron los planos durante la construcción, pero el mismo arquitecto había proyectado, cinco años antes, el Teatro de la Alhambra en la calla Libertad -extinto hace un siglo-, así que algo habría aprendido sobre lo que se necesitaba».

De hecho, la decoración neoárabe, inédita hasta entonces, la introduce Ortiz de Villajos en los teatros, la repite en el Circo Price de la plaza del Rey y la recarga aún más en el Teatro de la Princesa, hoy el María Guerrero. También innovó en la forja de las barandillas, con el uso del hierro, que, junto a la construcción en un patio de manzana, conforman las particularidades arquitectónicas que diferencian la Comedia de otros colegas y que hacen del espacio un emblema. Igualmente suman las pinturas celestes de José Vallejos y Galeazo en el techo o la lámpara de araña, de la que, desplomada tras un incidente en 2017, «se está estudiando aún su restauración, porque es compleja y costosa».

No obstante, el Ministerio de Cultura inició, el pasado septiembre, los trámites para declarar el edificio como Bien de Interés Cultural (BIC). Porque también fue un espacio pionero en lo escénico y en lo social: además de servir como sede de mítines y actos políticos, pues, hasta las primeras décadas del siglo XX, «los lugares con mayor aforo eran los teatros y las iglesias y se alquilaban directamente», la Comedia abandonó sus gustos burgueses a partir de 1970. Se arriesgó hacia la vanguardia, con piezas comoTartufo y Sócrates de Adolfo Marsillach; Castañuela 70, antes de ser censurado; Yerma, con una escenografía de poleas ideada por el argentino Víctor García, que sentó un precedente en la dramaturgia de los 70, y el «impactante» Equus, de Manuel Collado, con el primer desnudo integral del franquismo. «Aun estando autorizado el original, los protagonistas María José Goyanes y Juan Ribó se quedaron con las bragas y los calzoncillos puestos durante las primeras semanas. Pasaron un auténtico calvario: les insultaban desde el público, recibieron cartas amenazantes... Pero, al final, se los quitaron y la obra resultó un éxito, duró en cartel más de dos años», explica.

Aquel punto y aparte no se forjó sólo por «el shock de los desnudos». También por la novedosa concepción teatral que se asentó, en la que ahondaron figuras como Lyndsay Kenp, con su Salomé, igual que Benito Pérez Galdós, Pedro Muñoz Seca, Enrique Jardiel Poncela, Jaime de Armiñán, Alfonso Paso o Antonio Gala habían engrandecido previamente la consideración sobre la Comedia con sus estrenos. «No somos conscientes de la cantidad de historia que encierran los teatros», remata.