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Preside su despacho una gran foto de familia con artistas, galeristas, comisarios, críticos y periodistas, convocados a la copa de Navidad durante su primeras fiestas como directora artística de CentroCentro, y recuerda Julieta de Haro (Montpelier, 1967) que en el Ayuntamiento de Madrid se pasmaron ante la cantidad reunida. A punto de cumplirse un año del nuevo rumbo que brindó al espacio de Cibeles, esta gestora cultural promete aumentar la reunión.
Porque su sello es «generar comunidades», un empeño natural inoculado ya desde una infancia sirviendo de modelo a los amigos pintores de su padre en Montmartre como entretenimiento o siendo testigo de las soirées de Saint-Germain con coleccionistas. Sabe, casi como un instinto que ha vertebrado su trayectoria profesional en AVAM (Asociación de Artistas Visuales de Madrid), en el Tercero de Velázquez o como docente universitaria, que esa congregación creativa es la levadura para todo logro. Esta vez, situar CentroCentro como la referencia contemporánea de la milla del arte madrileña, en la estela del Museo del Prado, el Reina Sofía y el Thyssen-Bornemisza.
Pero consagrando el centro municipal a una singularidad, que ha insuflado tras su aterrizaje en julio de 2024: «Dentro de ese paseo no había un espacio vivo que mostrara qué se estaba haciendo en la ciudad, cuál era su talento creativo», diagnostica. Y por si cabe la duda, despeja: «Su tejido artístico goza en este momento de una salud espléndida, con unos creadores maravillosos que, sinceramente, no tenemos que envidiar ni a Europa ni a EEUU».
No es grandilocuencia: Rafael Canogar, uno de los padres de las segundas vanguardias españolas con su pionero informalismo, fue el elegido, tras 24 años sin una exposición institucional, para inaugurar esta ruta inédita en CentroCentro. A los 15 días, presentó a Almudena Lobera y, 15 días después, a Mar Solís, en plena proyección ambas y como ejemplo de «una programación multidisciplinar y multigeneracional». Y suma y sigue, con más de una docena de exposiciones, también de emergentes, y con las que ya aguardan para 2026. Como, según adelanta a GRAN MADRID, retrospectivas sobre Ana Juan, cuya obra se la rifan en Europa, mientras que en España sólo se la identifica por sus portadas en The New Yorker, según valora Julieta de Haro, o sobre María Lara, ya octogenaria, «con una obra bellísima, expuesta en el extranjero, pero que nunca ha tenido una muestra individual en España».
Ya ha conseguido articular una identidad indeleble para CentroCentro, lejos del carácter del pasado. «El centro cultural como tal no me interesaba, porque esto no está en un barrio», comenta, en pos de, además, ampliar las miras: buscaba atraer «al público especializado, al interesado, al de paso, como puede ser un turista, y como colofón, al que visita por ocio». Los dos últimos tipos ya apuntaban asegurados por «la ubicación imbatible» del edificio y porque «el Madrid del siglo XXI ya es tan universal e internacional que el concepto de 'madrileño' ya no se ajusta a la realidad».
Pero los dos primeros eran los fundamentales para propiciar esa familia artística a fortalecer. «Es la responsabilidad clarísima de las instituciones, porque la institución consolida trayectorias», defiende. Y las eleva, pues, la crisis de 2008 «rompió muchas cosas, fue una fractura tremenda con la comunidad artística» después de un ecosistema de galerías, museos e instituciones al alza, que cayó en «la desatención y en la falta de autoestima», con profesionales atomizados o emigrados. Ahora, CentroCentro ha devuelto a Canogar a la actualidad o reúne a una parroquia incesante de artistas, comisarios y críticos, con la que la propia Julieta de Haro se cruza por las salas. «Me encuentro a Eva Looz, a artistas más jóvenes o me han chivado, por ejemplo, que Antonio López dice que su centro preferido de Madrid es este».
El rebaño crece y no es sólo en beneficio de una minoría que se mueva de espaldas a la calle. «Cuando se le encarga a Antonio Palacios y a Joaquín Otamendi este edificio, lo dirigen al hombre de su tiempo, como un lugar donde mandar y recibir mensajes del mundo entero. Y el arte simboliza eso». De hecho, al ocupar su cargo, se topó con que, según las encuestas al público, este pedía descubrir a un artista en sus visitas y que la programación «le hiciera vibrar y pensar». Para ello, sólo faltaba apoyar al talento para que las semillas floreciesen, «con una visibilidad que les haga existir» más allá del circuito privado de galerías. «Todos lo vamos a disfrutar y en todos va a impactar positivamente. Favorecer el mercado, entendido también como una marca, nos beneficia absolutamente a la ciudad, y nos da un lugar en el mundo». Un faro con el que alumbrarse.


