MADRID
Cultura

La gran provocación de Espacio Mistral emerge desde el barrio: "Parece que la cultura es sólo para los que viven dentro de la M-30"

La librera Andrea Stefanoni y el violinista Aaron Lee desafían las convenciones con un teatro audaz y ambicioso desde Puerta del Ángel

Legnani, director artístico, y Stefanoni y Lee, los fundadores de Espacio Mistral.
Legnani, director artístico, y Stefanoni y Lee, los fundadores de Espacio Mistral.JAVIER BARBANCHO
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Relatan que Espacio Mistral se fundó a partir de un cúmulo de casualidades hermosas y de vivencias que terminaron por encajar en un puzle común. La primera de tantas fue el aburrimiento, aquel que llevó a Andrea Stefanoni a regresar al país del que migraron sus abuelos escapando de la posguerra, justo también un 20 de febrero, dejando atrás dos décadas en el bonaerense Ateneo Grand Splendid para fundar la librería La Mistral, a 140 metros de Sol. El mismo por el que madrileño Aaron Lee también decidió abandonar su puesto de virtuoso violinista en la Orquesta y Coro Nacionales de España y por el que el argentino Maximiliano Legnani, vía Zoom y a 12.000 kilómetros de distancia, se lanzó a cambiar el periodismo televisivo por la dirección artística de este nuevo desafío cultural en el barrio Puerta del Ángel.

Un espacio para el teatro, la música, la danza, el cine y la palabra latinoamericanas, europeas y asiáticas, allá donde «no había prácticamente nada», y que, como relata a GRAN MADRID, contiene sus apetitos, pero también los ideales de todo artista y público. «La libertad no te la da un grupo empresarial. En un trabajo así no hay riesgo», certifica Andrea. «Era ahora o nunca. Como te acomodes y superes cierto umbral, se acabó», apoya Aaron. Pues libertad y riesgo son las otras dos piezas que buscaban cada cual en sus anhelos creativos.

-Aaron: 'Si yo pudiese' es un inicio de frase muy peligroso para un artista. ¿Qué harías si te diesen libertad absoluta para crear, para escribir, para actuar...?

-Andrea: A mí me lo preguntó y le dije: 'Pondría un teatro'.

Fue en un restaurante italiano donde se encontraron «para charlar y soñar» hace dos años, después de que Aaron presentase su libro Yo soy el que soy en La Mistral, y descubriesen que ambos compartían pasión por el dramaturgo Raúl Damonte, alias Copi. «Hay varias obras suyas que siempre he soñado con producir, que me parecen muy provocadoras. Los teatros públicos o privados de Madrid quizá no se atrevan y me dije :'El día que tenga mi espacio propio podré tener un cheque en blanco a nivel creativo'», explica Aaron. De nuevo, esos afanes de independencia, de audacia. Añade su cómplice: «A mí me encantaba Copi y, de repente, coincidir en eso fue bastante extraño». Como encontrar el local justo donde creció Aaron, a dos manzanas de la escuela ARS de música y danza, «uno de los pocos bastiones que aguantan la evolución del barrio», y que sus progenitores levantaron, tras mudarse desde Corea del Sur para estudiar música. «Es como cerrar el círculo».

Un ensayo de 'El carnaval de los animales', la pasada semana.
Un ensayo de 'El carnaval de los animales', la pasada semana.E. M.

Porque, como también apuntala Maximiliano, compartían otra pieza más para esa cuadratura perfecta, entre todas las que han alumbrado el ecosistema Mistral: «El deseo de provocar pensamiento y emoción, pero no la provocación como una especie de efervescencia inútil». Ahonda Andrea: «La pregunta es: ¿se puede seguir provocando en 2025 con algo? Eso queremos, con espectáculos de buena calidad. Que la gente se vaya dándole vueltas a la cabeza». Y ya han cumplido el mes de «grata sorpresa y agradecimiento», de gestar «algo mágico». Enumeremos: que el mismísimo Leonardo Sbaraglia quiera extender a dos horas el encuentro con el público, en un formato de charla íntima que han ideado. «Y sin limitación de tiempo, eso es un lujo hoy». O que una función de folclore poético argentino, a manos de Marcos Montes, culmine con las butacas repletas, ovación y tres bises. «Inaugurar con algo así no es lo recomendable por el marketing y sin embargo...», reafirma Maximiliano, entusiasmados aún con los rostros de emoción de los espectadores. O que acaben de estrenar ya una producción propia, El carnaval de los animales, de Camille Saint-Saens, con una orquesta de cámara bajo la batuta de Aaron.

GRANDES INVITADOS EN 2026

«Alguien me dijo que traer música clásica a este barrio es casi una provocación. Pero yo lo veo más como un reto y sé que lo voy a ganar. Me niego a creer que la música clásica tenga que estar encerrada en el Auditorio Nacional, en el Monumental y en el Teatro Real, además de que se trata de un público ya de edad avanzada. Para mí la música es una forma de emoción, de amar, de desnudarse y volver a ser niños, de jugar. Por eso producimos esa pieza y lo haremos con otras de teatro, cine, danza..., para generar nuevos públicos. Es una responsabilidad desde el arte», reivindica Aaron, artífice, además, de la Fundación Arte que alimenta. Pues como apunta Maximiliano: «Hay generaciones que no se sienten cobijadas. Y yo tuve un maestro, Antonio Carrizo, uno de los grandes del periodismo en Argentina que decía: 'Hay que hacer cultura como quien discute un partido de fútbol'. Es decir, hay que ser abierto, cercano. Y eso va muy de la mano con ser de barrio».

Ante todo, conjuran ese orgullo local, el propósito de que la cultura se asiente donde no la esperan, víctimas del desdén institucional, cuando es tan básica como un ambulatorio o un mercado. «El éxito sería que los vecinos sientan que es su teatro. Nos han dicho que el barrio lo pedía a gritos», desea Aaron. No es casual la ubicación de Espacio Mistral. «Cuando abrimos la librería, todos nos decían: 'Claro, es fácil porque ustedes están en el kilómetro cero de Madrid'. Ahora venimos a acá para desafiarnos, cruzamos la M-30», esgrime Andrea con un gozo a tres. «Parece que la cultura es sólo para los que viven dentro del río y hay un sesgo elitista ahí. Algunos amigos me han dicho: 'Uy, es que ir a las afueras...'. ¿Cómo que a las fueras? Si estamos a 10 minutos de la librería. Hay muchas zonas de Madrid que valen la pena. Y no seremos ese cajón de sastre como ocurre mucho en teatros públicos, que sólo programan lo que se estrenó en el centro. Yo quiero que nos copien, ya giraremos en el centro», pincha Aaron.

Buscan crear comunidad, entre ese centenar de butacas rescatadas por Andrea de un cine de Soria, porque «esa comunión, esa conexión con el artista, frente a la soledad que vivimos, en la individualidad, en las pantallas, es casi un milagro. Nos devuelve el humanismo». Con esa ambición, ya adelanta Maximiliano: «No podemos desvelar, pero en 2026 tenemos invitados que van a generar mucho ruido». Este Espacio Mistral es su regalo para Madrid por devolverles la felicidad, rematan.