Pasan 10 minutos de las 00.00 horas de la noche del 14 de diciembre y una veintena de agentes de la Policía Nacional ponen contra la pared a un grupo de siete jóvenes que fuman a las puertas de la whiskería Estark situada en los bajos del hotel Diana Plus, un célebre establecimiento que opera desde hace años como uno de los principales lupanares de Madrid. El local fue objeto de una inspección de trabajo y GRAN MADRID fue testigo directo.
Con el mercurio rozando los cero grados, los siete jóvenes se muestran resignados ante la llegada de la Policía Nacional, que les hace apagar los cigarros e identificarse. Dentro, las autoridades obligan a los presentes a permanecer un largo rato de pie y en fila india en los laterales del local para cachear e identificar concienzudamente a más de una veintena de hombres que habían acudido el sábado noche al prostíbulo.
La operación se saldó con la filiación de más de 50 personas: 33 mujeres en situación de prostitución, una veintena de hombres y seis empleados entre camareras y personal de seguridad. Pese a que había más varias decenas de personas congregadas en la whiskería Estark, solo se levantaron dos actas por estupefacientes y se detuvo a una mujer por encontrarse en situación irregular.
Media hora antes, el responsable del operativo reunió a los agentes de Extranjería, Policía Judicial, la Unidad de Prevención y Reacción (UPR), los guías caninos y la Policía Municipal para abordar cómo se llevaría a cabo la inspección. "Es un día con comidas y cenas de Navidad. Puede haber algún patoso. Si hace falta, se actúa con contundencia. Iba a ser un operativo pequeño, pero se nos ha ido de las manos. Vamos todos juntos, separamos y controlamos a hombres y mujeres, y entran los perros", explicó.
Con la intención de tenerlo todo atado, cuatro policías acudieron de avanzadilla al prostíbulo camuflados de paisano. "En otros operativos, las chicas que están en situación irregular han intentado escapar por la salida de emergencia. Los paisanos van a cercar esa salida para que nadie salga del local", concluyó el responsable de la redada.
Tras la irrupción de las autoridades, un hombre con sudores intensos intentó salir del local, pero se topó de bruces con un policía que le indicó: "¿Dónde va? ¡Pase para dentro!". La Policía controló el lugar mientras algunos de los presentes se mostraban alterados y la música seguía sonando a todo volumen.
Pasados unos instantes, las mujeres fueron situadas a la izquierda de la sala y los hombres a la derecha de un habitáculo con forma de L y un marmolado azul. El silencio se apoderó del espacio, las copas quedaron a medio acabar y las papelinas en el suelo se hicieron visibles. Clientes de entre 20 y 60 años, en su mayoría latinos, y mujeres mayoritariamente jóvenes, también latinas y procedentes de Europa del Este.
Dos hombres miraban de forma desafiante y jocosa a los agentes, mientras un grupo de cuatro jóvenes, de poco más de 20 años, se mostraba anonadado. "¿Qué está pasando?", espetó uno de ellos. Todo parecía estar bajo control: el elevado número de agentes permitió evitar cualquier intento de violencia o huida. "Nadie se ha escapado. De momento, todo ha salido como se esperaba", apuntó una policía.
Pese a ser relativamente pronto, varios clientes presentaban un alto estado de embriaguez y apenas eran capaces de sacar la documentación. Dos rezagados volvieron a entrar en el local como si la situación no fuera con ellos. Un policía los recibió con ironía: "¿Quiere usted una copa? Pues póngase allí, que le vamos a cachear".
El ala de los hombres se mostró sosegada ante la presencia de la UPR. Las mujeres, en cambio, parecían más alteradas, algunas reían. Comenzaron los cacheos y las identificaciones, mientras otros agentes subían a las habitaciones. En especial, la actitud de una de las chicas crispó sobremanera a los policías. La mujer se mostraba en una actitud sobreexcitada y con un semblante alegre pese a la presencia de decenas de agentes. Tras cruzar la sala dando brincos, llegó incluso a enfrentarse a una policía, a la que gritó que no la empujara.
Puede parecer que el hotel tiene poco que ver con la whiskería, pero la realidad es que las habitaciones de ambos están conectadas. "La whiskería funciona como un hotel. Las chicas alquilan las habitaciones los días que quieren y en ellas pueden hacer lo que quieran. Ahí está el problema. Además, en la planta de arriba hay un pasillo que conecta los dos negocios", explicó un agente.
Los primeros cacheados abandonaron el local por la salida de emergencia, con los nervios aún a flor de piel. Un hombre de unos 50 años preguntó preocupado: "¿No quedaremos fichados por esto, no?". Un joven, de unos 25 años, confesó: "Es la primera vez que veníamos. Qué vergüenza. Ya no volvemos más". Y añadió: "Antes de que entrara la Policía ha habido unos empujones, ha sido bastante tenso", en referencia a la actuación de los agentes de paisano para frustrar cualquier intento de huida.
A la 01.00 horas, los hombres habían abandonado el lugar y se comenzó a entrevistar a las mujeres, algunas en pijama y procedentes de las habitaciones. Al poco, un atrevido entró impasible en el local y terminó siendo cacheado.
La redada se saldó sin la incautación de armas. La bandeja donde se acumuló la droga apenas mostraba varias dosis de cocaína y una bolsita con restos de tusi. También se incautó una supuesta pomada descrita como viagra para los labios por su propietario. "El tipo de cliente que consume y viene a un sitio como este, si se pone muchísimo, luego no tiene capacidad. Por eso se ha incautado poca droga", apuntó un agente. "Para lo que podía haber sido, no había mucha fiesta", añadió otro.
Fuera, el frío seguía cortando la calle y la noche se resistía a terminar. Algunos de los hombres cacheados permanecían a las puertas de la whiskería, como si nada hubiera ocurrido, esperando que la velada continuara. Otros, con el susto todavía en el cuerpo decidieron seguir la fiesta en otro sitio.




