De mis veintitantos y mis treintaypocos echo de menos, más que ninguna otra cosa, la embriaguez de las bromas. Me llamaba mi amigo Jorge y me decía: «Si hicieras una película de Drácula, ¿a quién pondrías de protagonista?» No lo sé, Jorge, por Dios, no se me había ocurrido pensarlo. «A Ramón Calderón», contestaba él muy serio y yo me moría de risa y entonces pasaba tres días pensando en alternativas.
¿Funcionarían como Drácula Álex Grijelmo, Quique Sánchez Flores, Slavoj Zizek o aquel hermano off del Rey Juan Carlos que parecía un imitador de Alfonso XIII...? ¿Y por qué no una mujer? Era la época en la que se decía que Sharon Stone iba a ser 007, así que pensé en Bimba Bosé como Drácula, en Carmen Calvo, en Rosa Regàs... Regàs me gustaba porque llevaba unas gafas azules ovaladas como las de Gary Oldman cuando su Vlad llegaba a Londres y decía: «Señorita, busco el sssinematógrafo». Qué tontería, lo sé. Luego, me hice en la cabeza un cásting completo de mi Drácula (las vampiresas, el agente inmobiliario, Mina, etcétera), pero con compañeros de trabajo en vez de famosos. Perdonadme que no ponga aquí los nombres pero puede que alguien se lo tome mal. En particular, el colega al que atribuí el personaje de Abraham Van Helsing. Es una persona muy querida.

¿A qué huelo?

Historia del pelo
[Una divagación: la broma me caló tanto que aún la tengo en la cabeza. El sábado vi Videodrome, de Cronenberg y pensé en un ministro actual para el papel de James Woods. Por desgracia, es el mismo ministro que puso en X «los tengo bailando» para responder a algo bastante inocuo que escribí sobre él. Así que me callo. Soy Luis, ejemplo de periodista valiente].
Después llegó el 15M y y empezó a hablarse de los límites del humor. No me entendáis mal: sé que illo tempore hice mil chistes que hoy no repetiría bajo ningún concepto porque creo sinceramente que no debo hacerlos. Es odioso escuchar a alguien que se burla de la desdicha ajena. Solo que ese asunto del humor y la moral, que no debería llevarnos más de cuatro minutos, se ha alargado hasta la náusea. Lo pienso y se me ocurre que es por esa cháchara que nunca he leído nada que indague mínimamente en esa manera de bromear que teníamos: obsesiva, un poco suicida, secretamente angustiosa... ¿De dónde venía? Lo de Drácula, ahora caigo, remite a Vila Matas y ese hilo me lleva hacia nosequé cosa que leí sobre situacionismo. Algo intuí, pero no sé armar mis ideas, no todavía.
[Otra divagación: volví a ver el Drácula de Coppola e imaginé a Pablo Iglesias con 16 años y cara de cachorrito, a la salida del cine, pensando en el joven Vlad de Gary Oldman. Pablo se ve en una luna y se dice: «Ya sé qué look va a tener el nuevo Pablo». Le hice esa broma a Jorge y me contestó que el Drácula viejo de Coppola se parecía a Santiago Carrillo, así que una cosa va por la otra].

