MADRID
Crónicas de Paganini

Contrastes, el pequeño gran restaurante en Jorge Juan que está muy bien de precio

Venciendo la desconfianza por el nombre, me atreví a entrar en este local que ha abierto el catalán Diego Ferreira. Me llevé una sorpresa gratísima.

Mis manos, manipulando el bamhi de cerdo.
Mis manos, manipulando el bamhi de cerdo.E. M.
Actualizado

Hace unos días comencé mi tradicional ramadán -lo prefiero a Dry January- para que mi cuerpo galano se recupere de las ajaduras (tiene el corrector razón cuando me corrige la palabra por "asaduras") que provocan los excesos navideños.

En estas condiciones, no suelo aceptar propuestas, pero acepté salir con una colega a la que le apetecía tomar algo. Como somos casi vecinas, la convencí para probar Contrastes (Jorge Juan, 56), pese a que el nombre le recordaba al título de la exposición del deseperante personaje que interpreta Javier Gutiérrez en Vergüenza. Y es verdad que el nombre parece de esos que se apostillan con algo más, como "sabores y alma", "proximidad y horizontes" o "tradiciones y modernidad" (de esto nuestro Arcadi se ríe mucho). El apellido de Contrastes era "by Diego Ferreira", un chef de Vilanova i la Geltrú que cocina muy bien.

La carta desmentía la cursilería, aunque no se trata de esas propuestas harto repetidas que se han puesto de moda en la capital. Y la placa de recomendación Michelin disipó los temores de mi amiga, que es especialita con la comida. Pedimos anchoas y pan crujiente con mantequilla, que estaba muy bueno. (Como no podía faltar el caviar en la carta, había la opción de pedir 20 gramos con tostadas de masa madre y mantequilla ahumada).

Después nos dejamos recomendar un bamhi, que no es una enzima de restricción (lo que dice la wiki) sino un emparedado de cochinillo a baja temperatura con hoisin y velo de soja. También había la posibilidad de pedir el bamhi con anguila ahumada, que estaba igual de buenísimo. Para terminar, tomamos un solomillo de ternera con demiglace (reducción de carne). Y como nos quedamos con hambre y no queríamos dulce, decidimos pedir otro bocadillito, que es como mi amiga llamó a lo que allí denominaban bamhi.

Al escribir esta columna aprendí que debía escribirse bánh mì, que es un bocadillo vietnamita relleno de carne, encurtidos y hierbas frescas. Se llame como se llame, estaba como para comerse un cubo viendo Hunting Wives. Nos soplaron 40 euros a cada una, con las dos copas de vino que se tomó la otra comensal, pero estoy deseando que pase este fin de semana para volver y pedir el menú. Cuesta 75 pavos y debe de estar muy bien.

Por cierto, también pronto se acabará la veda del vino. Los hay a buen precio, por lo que vaticino que una buena cena no saldrá por más de 50 euros.