MADRID
El Rompeolas

Invocación de Soledad Lorenzo

Soledad Lorenzo retratada por Ana Laura Aláez.
Soledad Lorenzo retratada por Ana Laura Aláez.
Actualizado

Paseaba por la calle del Almendro, sin destino claro y giré la cabeza sin motivo, porque sí, hacia el edificio que alojaba los Almacenes de hierro y ferretería de Hijos de Mendizábal. Entonces recordé unos meses formidables de hace más de una década. Pasé más o menos un año visitando con puntualidad semanal un piso de esa finca, reformada para viviendas a finales de los años 80. Vivía en él la galerista Soledad Lorenzo y preparábamos un libro sobre su vida. Una parte documental trabajada por el crítico de arte Mariano Navarro y otra de voluntad biográfica que resolvimos Sole y yo con una larguísima entrevista trabajada sin prisa, con decenas de horas de conversación, caminando por la memoria de atrás hacia delante y al contrario. Fue una aventura sensacional. Y nos quisimos mucho.

Pasó el tiempo, pasó la pandemia, Sole donó parte de su gran colección de arte al Museo Reina Sofía y despacio la memoria se le disolvió y dejamos de vernos, de hablar largo por teléfono, de reír de esa manera suya. "Antonio, chato, te llamo en unos días y nos vemos". Y no hubo más.

Sole, me contaron hace tiempo, desconoce ya casi todo. Está en algún lugar bien atendida. Hacía tiempo que no pasaba, pero si paso por la calle del Almendro recuerdo que esa esquina vivió una de las mujeres principales del galerismo español. De infancia desgraciada por el encarcelamiento de su padre republicano, de vida difícil por su penúltima soledad en Londres, de madurez espléndida y fajadora. Por ella pude hablar con Tàpies y conocí a Pablo Palazuelo; en su sala de la calle Orfila entrevisté tumbado en el suelo a Julian Schnabel. En su casa miré mil veces una foto del tamaño de una cajetilla de tabaco donde aparece ella en el medio y a cada lado, besándola en la mejilla, Juan Rulfo y Juan Carlos Onetti. La hizo el poeta Luis Rosales, quien le dedicó un libro de poemas de amor tremendo: Diario de una resurrección.

Caminar por Madrid también dispensa una galería de fantasmas. Crecen con la edad los sitios en los que uno estuvo y estuvo bien. Ahora se está bien de otro modo. A veces con más desabrigo. No sólo es nostalgia, pero sí es nostalgia. Pues a veces uno echa en falta a gente de la que aprendió sin conciencia plena de cuánto estaba aprendiendo y de cuánto la echará de menos el día menos pensado. Soledad Lorenzo era elegancia, sagacidad, insistencia, vida. A veces le asomaban unas lascas de intolerancia contra las ideas contrarias, pero era extraordinariamente hábil para no dejarse vencer por su temperamento. La media me-lena como la nieve blanca. La sonrisa amplia. Los dedos finos. Los anillos grandes. Los huesos por fuera. El paso ágil. Perfil de galga. Y ahora fondeada en la niebla. Besos .