De aquellos grafitis clandestinos, rebeldes y sin pretensiones artísticas que comenzaron a proliferar en la periferia de Nueva York en los años 60 a las obras que cuelgan hoy de las paredes de los museos contemporáneos más cotizados hay un abismo amplísimo. En él, a través de sus máximos exponentes, ha querido indagar la Fundación Canal, que en una de sus salas -la de Mateo Inurria- recorre (hasta el 3 de mayo) la historia de un movimiento en continua evolución pero que, fiel a su inicio, sigue conservando el aire reivindicativo con el que nació.
Arte urbano. De los orígenes a Banksy reúne más de 60 obras de algunos de los artistas más reconocidos a nivel internacional, como Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Taki 183, Seen, Blek Le Rat, Os Gêmeos, JR, o los españoles Suso33, El Xupet Negre o PichiAvo, deteniéndose en Banksy, la figura que marcó un antes y un después en la forma de entender este arte.
Comisariado por Patrizia Cattaneo, el recorrido, cronológico, arranca en los barrios periféricos de Nueva York, concretamente en el Bronx, donde el grafiti nace como respuesta a la degradación, la desigualdad y la marginalización de las comunidades afroamericanas y puertorriqueña. Muros, contenedores de basura, autobuses y vagones de metro comenzaron en los años 60 a teñirse de tags -el nombre con el que firmaban los grafiteros-, una exhibición personal, un gesto de rebeldía, con el que sus autores pretendían llamar la atención de la sociedad.
La exploración del color, las formas e incluso el tipo de letra que comenzaron a usar fue el principio de un lenguaje artístico, que en la exposición se puede apreciar en la obra de pioneros como Taki 183 -fue el primer autor del grafiti que nombró el New York Times-. Su firma, con la que copó la ciudad de Manhattan, se exhibe en un plano del metro de Nueva York. Porque tanto él como sus sucedáneos, Seen, JonOne, Crash, Quik, Zenoy, Moze o Poem One, que transformaron el gesto de escribir su nombre en un acto creativo, social y cultural, no sólo se explayaron sobre los muros y con aerosoles, sino que, como da crédito la muestra, comenzaron a plasmar sus ideas sobre cualquier lienzo y con herramientas tan diversas como el acrílico o el rotulador.
LÍMITES
Una litografía de Jean-Michel Basquiat sobre una de sus últimas exposiciones en París antes de su muerte o una serigrafía de Keith Haring para el festival de jazz de Montreux, que fusiona el grafiti con la cultura pop y el arte urbano, hablan del cambio que sufrió esta disciplina en la década de los 80.
Fue entonces cuando el grafiti saltó de la calle a las galerías, los museos y los espacios expositivos, convirtiéndose en un instrumento de mayor peso para la reflexión crítica y la denuncia. Aunque muchos continuaron operando en los márgenes del sistema, Basquiat y Haring -que empezaron en el lado ilegal- abrieron camino a una nueva generación de artistas que marcaron los límites entre el grafiti y el arte urbano.
En Europa, la imitación neoyorkina evolucionó con nuevos lenguajes y nuevas técnicas en las décadas de los 80 y 90. Fue aquí donde arrancó el uso del sticker art o del esténcil, con Blek Le Rat a la cabeza. También Blu -el Banksy italiano- dejó murales monumentales que unen el estilo del cómic y la denuncia social y, en España, Suso33, El Xupet Negre o el dúo valenciano PichiAvo, aportaron una nueva mirada, que en la Fundación Canal se han colado en forma de collage o impresiones offset digitales.
Lo que ocurrió desde el 2000 a hoy en el arte urbano es tan diverso que el nombre acuñado al movimiento se hace insuficiente para agrupar todas sus versiones. Muestra de ello es la obra de Big Tato o Pro176, que conserva una conexión con el grafiti clásico para explicar otras formas de expresión artística; Pure Evil, que indaga en las luces y las sombras de la cultura pop; Eduoardo Ettore, que crea retratos impresionistas; Chinagirl Tile y NeSpoon, que experimentan con cerámica y encaje; o Vhils, que esculpe rostros en las paredes.
La exposición explora también cómo algunos artistas urbanos -Obey, Os Gêmeos, JR o Zeux o Invader (famoso por sus moisaicos de videojuegos)- han sabido transformar sus obras en símbolos de crítica social y cultural. Gracias a la globalización y el reconocimiento, sus obras han conseguido romper las fronteras geográficas y, a través de un activismo visual, influir en la moda, la publicidad y el diseño a nivel internacional.
Banksy, un icono
Como un fenómeno cultural, más que como un artista, coloca la muestra a Banksy, a quien dedica un espacio propio que recoge algunas de sus obras más irreverentes y provocadoras. Del consumismo a la guerra o las contradicciones de la sociedad hablan Elige tu arma, donde el artista muestra una figura icónica de Keith Haring transformada en un perro ladrador; Helicópteros felices, donde ridiculiza y cuestiona a políticos y gobiernos que justifican la guerra; La rata gánster, donde realiza una metáfora de la condición humana; o Idiotas, donde critica a las casas de subastas y sus ricos usuarios.
Con el eterno debate entre arte y vandalismo e ilegalidad cierra la exposición, mostrando algunas imágenes que, lejos de ser expresiones artísticas, atacan no sólo a la propiedad privada sino el patrimonio. Fotografías de profanaciones de vagones de metro, pinturas en persianas de comercios o grafitis en lugares prohibidos como la antigua ciudad romana de Herculano (Italia), el panteón de Roma, el Palacio de la Almudaina, la Catedral de Santiago o la muralla de Zamora invitan a reflexionar sobre dónde se hallan los límites que en nombre del arte no se deben sobrepasar.



