MADRID
El cubil

Menos carreritas por Madrid

La ciudad amanecía un domingo sí y otro también con una operación jaula puesta en marcha, el asfalto tomado, el vecino sitiado, el taxi condenado a la derrota antes de arrancar

Menos carreritas por Madrid
Actualizado

Había en Madrid un hartazgo sideral, una fatiga de calles cortadas y vallas metálicas. La ciudad amanecía un domingo sí y otro también con una operación jaula puesta en marcha, el asfalto tomado, el vecino sitiado, el taxi condenado a la derrota antes de arrancar. Convirtieron el Foro en un circuito que cancelaba su bullicio libre. Y todo en nombre de una fiebre atlética que, siendo loable en su espíritu, había degenerado en invasión. Madrid siempre ha albergado tal cantidad de manifestaciones reivindicativas de la más diversa índole que durante un tiempo incluso se llegó a pedir un manifestódromo para impedir el colapso cotidiano, solución exportable para la gente que corre, para tanta concentración de runners que genera aterosclerosis en las arterias vitales de la urbe. Yo los pondría a dar vueltas a la Casa de Campo.

La decisión del Ayuntamiento, más moderada, de reducir y ordenar las carreras populares es un acto de sensatez, no un desprecio al deporte. Gobernar consiste en armonizar entusiasmos, en evitar que la pasión desbocada de unos se convierta en la penitencia claudicante de otros. Madrid no podía seguir siendo rehén de un calendario desbordado. La reducción de carreritas fija un número de 19 sobre un saco de 36 solicitudes para atravesar el centro de Madrid con una marea humana; la aprobación de 36 pruebas hubiera significado -a razón de una por semana- ocho meses continuos de carreras. Una maratón asfixiante, un goteo incesante de pruebas que partiría la Castellana, sitiaría el centro y convertiría la movilidad en una gincana exasperante.

Recuerdo aquel domingo en que debía ir a la estación de Atocha para subir el AVE que baja a Sevilla, camino de la feria de Abril. Para trabajar, listo. Había carrerita, para no variar. El taxi no pudo ni recogerme en casa. Arrastré por la cuesta arriba de Buen Suceso a Princesa el maletón de la Piquer, hasta el punto que me indicó por teléfono aquel hombre desesperado, abandonado por su perdido Google Maps. Pero la desesperación no había hecho nada más que comenzar: Alberto Aguilera, Marqués de Urquijo, Ferraz, Pintor Rosales y Gran Vía permanecían cortadas. Nos tiramos hacia la M-30 por el túnel de Plaza de España, pero al alcanzar la Puerta del Ángel ya estaban cerrando el paso con las puñeteras vallas metálicas. Bajé la ventanilla y el Agente de (in)Movilidad se apiadó de mí: «Pierdo el tren, agente».

Quedan ahora en pie 13 pruebas multitudinarias y otras seis de carácter institucional: número más que suficiente para sostener la afición atlética. Se ha puesto cierto orden pensando en los demás, en aquellos para los que el domingo implica descanso o trabajo, pero no una carrerita que corte todo Madrid.