Ya me gustaría a mí escribir sobre calles de Madrid como Georges Perec escribe sobre las de París en Lugares (2025), con ese desapego registral que después, en una grieta, deja intuir un mundo oculto.
Primer intento. Calle Castilla: la tomaba todos los días a las dos de la tarde para ir a clase, desde el extremo en lo alto de Bravo Murillo hasta la sima de Pablo Iglesias. A mano izquierda, había una taberna con escaparate de vidrio transparente en el que un público de bohemios de barrio, supongo que aficionados a Rosendo Mercado y Obús, bebían después de comer, aparentemente aislados unos de otros. Había más abajo una sidrería vasca, mucho más cavernosa y acogedora, a la que fui muchos años después, con Raúl Rivero y Blanca Reyes, un salón de bodas graciosamente anacrónico y una tienda dedicada al snowboard, un poco extraña para el vecindario. A mitad de la calle vivía Ruth, una compañera de clase a la que recogía y con la que hacía la segunda parte del camino.Nos llevábamos bien aunque, en realidad, sólo compartíamos esa rutina. Una noche estuvimos juntos en una fiesta y la acompañé de vuelta a su casa y es raro pero me acuerdo a menudo de esa escena.

Te roban Madrid

Virgilio, 'El Honrao'
Segundo intento. Calle San Germán: teníamos un bebé, el piso en el que vivíamos se nos quedaba pequeño y buscábamos algo pero no sabíamos bien qué. Apareció una casa en venta, una especie de chalet en el centro de su manzana al que se llegaba atravesando una corrala casi lumpen. Al final del pasillo, había una puerta de chapa que daba a un jardín idílicamente burgués y a una casita con tejado a dos aguas con planta en forma de L. La mujer que vendía la casa nos dijo como en un secreto que Fernando Savater había estado a punto de comprarla para instalar allí su estudio. Al otro lado del muro del jardín estaba la mezquita de Bravo Murillo. Me imaginé las llamadas a la oración en medio de la noche, como en los países musulmanes. Cuando salimos a la calle, entre bazares chinos y carnicerías halal, tuvimos un extraño sentido de irrealidad, algo parecido a la embriaguez. Bueno, hablo por mí. A veces dudo de si fue real aquella visita.
Tercer intento. Calle Magallanes: había una panadería que se llamaba obrador, estaba el Pequeño Cine Estudio que, durante años y años proyectó la misma película documental sobre Carl Gustav Jung y estaba una peluquería en la que cortaba el pelo una mujer joven llamada Ana que llevaba eso que creo que se llama un corte estilo pixie. El más bonito corte pixie que recuerdo haber visto. Por esa época conocí a una chica que también tenía a Ana por peluquera y que también llevaba el pelo corto, sólo que a ella le quedaba bien pero no tanto.

