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Bajad las armas

Vida, aventura y leyenda del caballero Ancelotti

Madridistas y antimadridistas, españoles y extranjeros, de Flick a Simeone pasando por Guardiola no hay personalidad en el mundo del fútbol que no se haya rendido a su caballerosidad

Vida, aventura y leyenda del caballero Ancelotti
ÓSCAR DEL POZOAFP
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El hombre comparece en la sala de prensa con su cabeza debajo del brazo, precedido por la nostalgia anticipada que origina su destitución. Luce la equipación de siempre, tan blanca como su noble cabellera. Un centenar de periodistas se han citado a la espera de que suceda algo distinto, algo imposible; no exactamente una reacción destemplada, pero sí una fugaz concesión al ensimismamiento en su indiscutible legado, o un lametazo furtivo a esas heridas íntimas que se forman por el roce entre la expectativa y la ingratitud. Una vez más, sin embargo, la prensa solo cosechará titulares impecables. Ni un mal gesto ni una factura intempestiva ni esa palabra airada que alimenta la lucrativa industria de la polémica futbolera. El fútbol, como la vida, es una aventura que empieza y termina. No hay que hacer ningún drama. Esto ha sido inolvidable. Me marcho feliz y agradecido. Eso dice. Y a continuación Carlo Ancelotti (Reggiolo, 1959) anuncia oficialmente que se va del Real Madrid para entrenar a Brasil.

Es conocida la opinión (no del todo humorística) que cultiva Florentino Pérez acerca de la figura del entrenador: a su juicio se trata de un mal necesario. Pongamos que el club acaba de fichar al acreditadísimo Mengano, célebre por su sistema ofensivo, tan del gusto del Bernabéu, y no ha acabado agosto cuando va y empata en Anoeta. Entonces alguien sugiere en broma al oído del presidente: «Este igual no se come el turrón». Pero el turrón se come en Navidad, piensa de inmediato Florentino: «Veremos primero si llega al puente del Pilar». Pues bien, este italiano elástico y sagaz ha bailado más tiempo que nadie con la mortífera impaciencia del palco.

Ancelotti es quizá -con Miguel Muñoz- el único entrenador de la historia del Real Madrid que ha practicado como un precepto religioso la máxima de que nadie está por encima del club. Por eso ganó tanto en un banquillo que ha electrocutado a más gente que el estado de Tennessee. Dio la penúltima muestra de su reverencia al escudo en la comparecencia de esta semana, con la Liga perdida y el finiquito en el horno. El entrenador más laureado del club más laureado (15 títulos en seis años) sentenció: «Puede ser que el Madrid necesite un nuevo impulso».

De niños nos recitaron muchas veces aquel refrán que tardamos en comprender: «En la mesa y en el juego se descubre al caballero». Madridistas y antimadridistas, españoles y extranjeros, de Flick a Simeone pasando por Guardiola no hay personalidad en el mundo del fútbol que no se haya rendido a la caballerosidad de Ancelotti. Pero ¿qué es exactamente un caballero?

Un caballero es alguien predestinado a la victoria que brilla con singular elegancia en la derrota. Posee un elevado concepto de sí mismo, por eso nunca se rebaja a la búsqueda de esa gloria vicaria que prestan los dichos y no los hechos, pero entiende que pertenece a un orden que lo trasciende y al que se debe. No es uno de esos estetas del fracaso que menudean en las democracias decadentes, porque él detesta perder y se prepara a conciencia para conjurar esa odiosa posibilidad. Pero cuando todo se desmorona el caballero asume la responsabilidad, excusa en público a sus hombres y propone enseguida una nueva meta que devuelva la fe al grupo. O bien se marcha en paz. Y esa paz no es solo aparente, porque el inconfundible ademán de las conciencias limpias delata otro atributo del caballero.

Podemos y debemos cuestionar las decisiones tácticas de Ancelotti. Pero sus ruedas de prensa jalonarán la memoria de aquel paradigma ilustrado, previo al bárbaro negocio que van imponiendo árbitros que lloran, técnicos que señalan y jugadores que balbucean. Don Carlo nos acostumbró a la épica sin necesidad de recurrir al aparato militar de Mourinho. Cuando los partidos se ponían realmente cuesta arriba no hacía cambios: se limitaba a confiar en su mágico golpe de ceja para convocar el gol. Bajo sus órdenes inaudibles ascendimos sobre colinas de almohadas, penosa y dulcemente, y cuando mirábamos atrás ya nadie nos seguía: habíamos ganado otra orejona.

Yo he deseado que se vaya Ancelotti. Lo sigo haciendo, de hecho. Pero sé positivamente que un día -ojalá lejano- no me perdonaré haberlo deseado.