COLUMNISTAS
Otra historia

Daniel Ortega, de revolucionario a tirano

El antiguo guerrillero sandinista se ha convertido en espejo de la dictadura de Somoza que contribuyó a derrocar

Retrato del dictador nicaragüense Anastasio Somoza. AP
Retrato del dictador nicaragüense Anastasio Somoza. AP
PREMIUM
Actualizado

Violeta Chamorro murió el domingo en un exilio que Daniel Ortega ha decretado contra todos sus enemigos. La mujer que le derrotó en 1990 -convirtiéndose en la primera presidenta de América Latina- abrió con su Gobierno un paréntesis de 17 años en los que la Nicaragua ensangrentada por la guerra civil logró la paz que ese día perdió el antiguo guerrillero. Un impasse en el que Ortega fue rumiando la forma que tendría su regreso, que desde 2007 ha consolidado una tiranía cuya última vuelta de tuerca consiste en convertir al disidente en apátrida a través de una reforma constitucional que niega la nacionalidad a los "enemigos" del régimen.

El hombre que llegó al sillón tras tumbar una cruenta dictadura se parece cada vez más a su antigua némesis: Anastasio Somoza, último representante de una tiránica dinastía derrocada tras 40 años en el poder por aquella revolución sandinista que en los años 80 hacía furor en Europa inflamando el romanticismo de la izquierda punk. En los tiempos en los que The Clash le dedicaba el álbum Sandinista!, tributo a un movimiento símbolo de la resistencia antiimperialista y la justicia social.

Hoy, a sus 80 años, de aquello no queda nada. El presidente sobrevive encerrado en su laberinto, con la salud rehuyéndole hasta el punto de que en mayo le impidió acudir al homenaje al héroe nacional, Augusto Sandino. Y en medio del repudio de una comunidad internacional en la que solo subsiste a hombros de los padrinos ruso e iraní y en compañía de las autocracias de Venezuela y Cuba.

Ambas tiranías, la que tumbó y la que ha acabado construyendo él mismo, tienen marcos gemelos. Un autoritarismo de carácter personalista y dinástico, en el caso de Somoza encarnado en una monarquía familiar heredada y en el de Ortega, en un matrimonio de «copresidentes» que ha reprimido con saña cualquier cuestionamiento, purgando al ejército, amordazando a los jueces y convirtiendo el país en su cortijo.

Ambos reinados se edificaron sobre una represión sistemática. La de Somoza, a través de la Guardia Nacional, un cuerpo encargado de mantener el control a través de torturas, asesinatos, detenciones arbitrarias y persecución de opositores hasta que la presión popular forzó el colapso del régimen en 1979. Ortega ha ido subiéndole el fuego a la opresión desde 2018, cuando sofocó la marea de protestas juveniles con puño de hierro, dejando cientos de muertos. «Nos entrenaban bajo la orden de aniquilar», confiesa un ex policía al equipo de la ONU que acaba de documentar en un informe torturas sistemáticas en Nicaragua: «Nos decían que asfixiáramos a los detenidos con bolsas de plástico; que les colgáramos de las puntas de los pies». Un método que hubiera suscrito el propio Somoza.