La foto de Gehry del dedo índice y la cara de tedio ha circulado tras su muerte aquí y allá y se ha interpretado warholianamente, como un gesto de rebeldía, de sexy desacato. Me temo que es un error. En realidad, la foto es de 2014, de los años de plomo de la crisis del ladrillo, cuando los «soñadores del futuro» de su oficio fueron vistos como cómplices del desastre del mundo. Gehry había llegado a Oviedo para recibir el Princesa de Asturias, después de una escala en Vizcaya, donde recibió otro homenaje un poco redundante. Se suponía que España, la España de las instituciones, mimaba a Gehry, el bilbaíno vocacional, pero era imposible ignorar el rumor de que todo era un error.
En Oviedo, un periodista le preguntó por función y forma o, mejor dicho, por la forma bella que sabotea la función, que es el conflicto más antiguo de la historia de la arquitectura. Se lo preguntó ingenuamente, quizá, pero con toda la razón del mundo. Y Gehry sacó el dedo, supongo que no al periodista, sino al mundo. O sea que el gesto no expresó las ganas de pelear de un anciano dadaísta. Fue un momento de melancolía, de soledad en la fiesta. Fue el repliegue de Goliat tras el golpe ganador de David.
Con la distancia, es fácil ver a Gehry con simpatía en sus paradojas, sus imprudencias, sus melancolías y sus delirios de grandeza. Sus vecinos de Santa Mónica quisieron matarlo cuando hizo su casa en torno a una vivienda que decapó, como en Dogville, mutiló, como en Matta Clark y envolvió con materiales de derribo. Lo bonito es que esa estrategia radical no le impidió a Gehry crear para su familia esa dulzura que llamamos hogar. «De todas las casas-manifiesto del siglo XX, la de Gehry es la mas divertida y menos rígida, la más relajada y vivible», dijo Víctor Navarro, el biógrafo de la vivienda en Una casa fuera de sí.
Más: cuando llegó a Bilbao, Gehry vivía en el caos del Auditorio Disney, una obra que no sabía construir. Y se encaminaba al desastre del Instituto Americano de París, cuyo cliente se disolvió por culpa de su coste desorbitado. Durante la construcción del Guggenheim, encontró en la marihuana un alivio al miedo al fracaso. La compartía con un ingeniero beatnik que habría de salvar su carrera gracias a un programa desarrollado por empresas aeronáuticas. La moneda cayó de cara y el fracaso fue éxito. Y el éxito, después, fue fracaso por culpa de sus réplicas. El lenguaje de Gehry, que nació para expresar la angustia del mundo a través de formas rotas y atormentadas, para expresar el caos de la vida, se convirtió en una imagen gozosa, en el fondo inofensiva.



