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Carne de cañón

Lecciones para la derecha española del preso Sarkozy: "No se puede insultar a los ciudadanos"

'El diario de un recluso', escrito por que fuera presidente de la República mientras estaba en la cárcel, se ha convertido en el libro más vendido de Francia. Se ve como un Dreyfus de la derecha.

Sarkozy abraza a su mujer al despedirse de ella para entrar en prisión.
Sarkozy abraza a su mujer al despedirse de ella para entrar en prisión.AFP
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Le journal d'un prisonnier, el libro que Sarkozy ha escrito sobre sus semanas en prisión, está siendo un éxito. No es de extrañar. De las memorias que he leído en el último trimestre -las de Isabel Preysler, García-Castellón, Mar Flores y Moreno Bonilla—, son las más interesantes. Las menos, las del presidente 'andalú'.

Para el PP puede servir esta reflexión de Sarkozy a propósito del partido de Le Pen y Bardella: "Tengo muchas divergencias con los dirigentes del Rassemblement National. No tenemos las mismas convicciones, no compartimos la misma historia y, por tanto, tampoco las mismas referencias, y constato que aún puede haber entre ellos personalidades que plantean problemas. Pero excluirlos del campo republicano sería un error y un contrasentido. No se gana Francia insultando a los franceses. Mi antigua formación política no está hoy en posición de fuerza. (...) El camino de la reconstrucción puede ser largo, pero estoy convencido de que solo puede pasar por el espíritu de unión más amplio posible, sin exclusiones ni anatemas. Cualquier otra opción conducirá al repliegue y al fracaso".

Lo primero que hizo quien fuera presidente de la República al llegar a su celda de 12 metros cuadrados fue hacer su camita. "Permanecí unos instantes con la mente en blanco, perdido en pensamientos que me llevaban lejos, muy lejos, y al mismo tiempo tan cerca de Carla y de mis hijos. El momento era peligroso. Sentía que estaba empezando a volverme vulnerable a la tristeza. En ese caso, yo podía ser mi peor adversario. Tenía que reaccionar de urgencia, no abandonarme a la melancolía a riesgo de volverme loco de pena. Una vez hecha la cama de forma aceptable, la celda adquirió un aspecto más humano».

Varios pasajes del libro son emocionantes para el partidario. La despedida de los hijos y los hijastros de la familia Sarkozy-Bruni; el empeño de Giulia, la hija pequeña, en visitar a su padre en prisión; las ovaciones de los ciudadanos antes de su ingreso en la cárcel -y que se repetirían a su salida-. También sus conversaciones con el cura de la prisión, aunque le aconsejaban no ir a misa para evitar el peligro que suponían muchos presos. De hecho, las amenazas no cesaron. Recuerden que La Santé, la cárcel en la que entró, es de las más peligrosas y en ella están presos yihadistas y violadores, lo que era una gran preocupación para Carla. Me la imagino pensando, como yo, en la escena en la que Jodie Foster llega por primera vez a la cárcel para ver a Hannibal Lecter: «Desde aquí huelo tu...». Pero lo que más escuchaba el ex presidente eran las amenazas de vengar a Gadafi con su muerte.

Es también ilustrativo el relato de la vida carcelaria, de las pequeñas cosas: "Me preocupaba sobre todo el crédito aún disponible para el teléfono de mi celda. Cada detenido debía pagar todas sus comunicaciones e, incluso con un uso razonable, la factura subía muy rápidamente. Quería evitar a toda costa que mi cuenta se agotara". Cuenta también que Carla le llevó, en uno de los vis-à-vis -no se imaginen nada verderón: era una sala con halógeno, de ese que hace ruido al apagarse-, una foto de la puerta de entrada de la casa de Serge Gainsbourg en la que estaba escrito Free Sarko. Relata asimismo que el día que su mujer fue a verle con su hija, la visita tuvo que cancelarse porque dos diputados y unos periodistas quisieron fotografiarle para demostrar un supuesto trato de favor.

Las noches, claro, eran lo más duro: "A diferencia del día, siempre ocurría algo en la prisión por la noche. (...) La víspera ya había estallado una pelea. Cinco detenidos se habían ensañado con otro, en lugar de comportarse como compañeros de infortunio. La violencia más inhumana era la realidad cotidiana de ese lugar del que, en teoría, se espera que prepare para la reinserción".

El libro acaba con la intención de Sarkozy de ir a Lourdes para atender a los enfermos (y así lo hizo). Había leído aquel libro de Zola. Él se siente una suerte de Dreyfus de la derecha, aunque quien firmaba el ramo de flores que cada día recibía su mujer en casa era el conde de Montecristo.

Curioso que en España el libro más vendido sea el de Juan Carlos I.