La vida se va contando en cumpleaños y Navidades, la unidad más terca de medida por su empeño en rebobinar eternamente hacia la infancia. La otra, la de los aniversarios, va saltando de hito en hito por la topografía vital, de vela en vela en busca de esta memoria o aquella para calibrar el sentido del lugar en el que un día decidimos aparcarnos. La Navidad, no. La Navidad siempre está en el mismo sitio: un carrusel infantil por el que ruedan las mismas caras (como eran por entonces), las mismas películas, los mismos libros, los mismos muñecos destartalados. Un territorio en el que todo es imposible porque no hay fuerza ni recursos, pero a la vez todo es posible porque aún no han empezado las obras de demolición para levantarse a uno mismo (que consiste en ir acotándose poco a poco a base de elegir entre un montón de opciones).
Como es inútil resistirse al asalto que la melancolía lanza por estas fechas contra el más hermético de los búnkeres, yo opto por subirme voluntariamente -y cuanto antes- al tiovivo navideño para rodar por esos paisajes trilladísimos desde que tengo uso de razón. Este año ha tocado un repaso por unas cuantas versiones cinematográficas de Cuento de Navidad -el libro que encontró la palabra redonda para definir este siglo: 'paparruchas'-. Entre todas me quedo con la de George C. Scott, poco azucarada y con el Scrooge menos caricaturesco y más creíble de la historia: un señor con el que es fácil identificarse en la era del scroll infinito porque también él ha vivido en piloto automático sin darse cuenta de que se le estaba llenando de musgo el corazón. Me gusta ese Londres frío y sucio, sin pinta de postal. Me gustan los fantasmas punkies y antipáticos que vienen a cantarle las cuarenta. Me gusta que al final no haya una explosión de felicidad gratuita, sino de carísima decencia.
Pienso en el momento en el que se hizo la película, una adaptación para la tele de 1984: aquel año que caminaba en línea recta por una década de optimismo. Hacia aquellas Navidades de 1989, recién tumbado el Muro, en las que la Europa post histórica creía por primera vez desde 1914 en un futuro libre de guerras, totalitarismos y fronteras blindadas. Un momento en el que la democracia liberal parecía la estación de destino inevitable del siglo XX, con el proyecto de moneda única convertido en vacuna contra la autocracia y los conflictos. Un momento en el que la Historia se contaba como ciencia ficción, o como un cuento muy viejo que jamás iba a volver a repetirse. En España aquel horizonte acaba de cumplir 40 años justos.
Pero de eso mismo hablaba Dickens: de que el porvenir no está garantizado y depende de cómo se vaya gestionando el presente. Europa amanece en 2026 cansada, envejecida y a la defensiva. La política no promete horizontes, sino la pura gestión del miedo: no hay más que ver aquella vieja aspiración de integración política, enterrada en un coro de repliegue nacional.
Nunca es tarde, sin embargo, para reescribir el futuro. Feliz 2026.

