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Iktsuarpok, la angustia del pueblo Inuit

Los inuits somos todos los europeos ahora mismo frente a Trump. Empezamos a darnos cuenta

Un mural en la ciudad de Nuuk (Groenlandia).
Un mural en la ciudad de Nuuk (Groenlandia).Alberto di LolliMUNDO
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Iktsuarpok (pronunciado it-so-ar-pok). «Cuando las visitas están a punto de llegar, surge una sensación de inquietud. Puede que no dejemos de mirar por la ventana. O que nos callemos a mitad de la conversación, pensando que hemos oído el ruido de un coche. Entre los Inuit, esta anticipación ansiosa, que los llevó a explorar las llanuras árticas heladas en busca de trineos que se acercaran, se llama Iktsuarpok». Es una de las 156 entradas que tiene el valioso y apasionante Atlas de las emociones humanas de la historiadora británica Tiffany Watt Smith.

Los Inuit son un pueblo legendario que vive en la zona ártica de la tierra, Groenlandia por ejemplo, y que ha resistido durante siglos las visitas de otros pueblos más belicosos que ellos sin perder su personalidad gracias a su capacidad de adaptarse al frío y al respeto absoluto a valores y costumbres que hacen sagradas la solidaridad, la calma y la colaboración mutua. Antes de que que Daniel Goleman asombrara al mundo con el concepto de «inteligencia emocional», los inuits ya eran expertos practicantes y la aplicaban en la educación de sus hijos.

Los inuits de Groenlandia están sintiendo de forma intensa esa emoción que llaman iktsuarpok, esperando una visita. Pero no con la felicidad, alegría y dicha con las que las familias esperan, por ejemplo, la visita de los hijos y los nietos para pasar el día. Los inuits experimentan estos días desasosiego, inquietud, zozobra, angustia y nerviosismo. La visita que esperan y temen es la de Donald Trump con sus trompeteros.

Los inuits están acostumbrados a una vida dura, pero al mirar por la ventana y pensar que ese hombre del Despacho Oval puede querer su helado territorio sólo para demostrarle al mundo que es el que manda, se frotan los ojos con incredulidad. Como si no fuera real, como si se hubieran dormido al calor de las pieles y ese hombre millonario, el de los bailes extraños, cabello amarillo, individualismo brutal y conducta despiadada, compusiera un espejismo de la nieve reflejada en el sol.

Los inuits somos todos los europeos ahora mismo. Empezamos a darnos cuenta. Antes de ahora, las visitas de los jefes norteamericanos eran acogidas como las que llegaban a casa de los pueblos inuits. Con inquietud expectante de recibir a alguien que era un aliado, cooperador, respetuoso y hasta bien educado. Ahora no dejamos de mirar el móvil hasta 150 veces al día esperando al emperador de la era digital y las redes sociales, el que tenía que llegar, llegó y está ganando.