Tras un primer año de legislatura de Donald Trump, si en algo coinciden los politólogos es en el susto que se llevaron al descubrir que tan sólo ha pasado un año.
Imposible enumerar todos los problemas, especialmente internacionales, en los que se ha visto envuelto el presidente estadounidense casi cada día, y que ha tratado de resolver creando uno mayor. Por ahí hablan de nuevo orden mundial, cuando las continuas contradicciones de Trump invitan a pensar en un nuevo desorden, que recuerda a aquel Camba que aseguraba que Alemania había perdido la Segunda Guerra Mundial por exceso de organización, mientras que los aliados la habían ganado por el caos absoluto con el que desarrollaron todas sus acciones.
La fuerza pero sobre todo la necesidad guían el nuevo mundo por encima de ley y la carísima burocracia, la especialidad de la Unión Europea, cuyo principal recurso natural son los políticos y funcionarios que promueven sus informes, estudios, normativas, guías y directrices sobre la curvatura del plátano, el sonido del claxon, la potencia de las aspiradoras, el impacto social de los memes, los derechos de los robots, si el queso rallado es realmente queso o la felicidad de las gallinas. Trump, mientras tanto, propone anexionarse Groenlandia con la autoridad que proporciona carecer de informes, como quien se mueve por el mundo sin GPS; y ha sacado a los EEUU de decenas de organizaciones internacionales, lo que las ha vuelto prácticamente inservibles y nos lleva a preguntarnos por qué nosotros seguimos en ellas.
El presidente norteamericano heredó un país en crisis que este siglo había ido delegando a una velocidad asombrosa su papel como motor de la economía global y árbitro de la paz para encargarse de sus asuntos, hasta que descubrió que sus asuntos estaban fuera.
A Trump le quedan tres años de legislatura y nuestra verdadera preocupación no debería ser qué nuevas dictaduras es capaz de derrocar, qué nuevos territorios es capaz de anexionarse o si cumplirá con lo que dijo en julio de 2024 de que si ganaba las elecciones a lo mejor no hacía falta volver a votar. El problema al que nos enfrentamos es cuántos imitadores llegarán al poder en este tiempo, y hasta qué cifra se disparan los seguidores de movimientos sociales que proponen descatalogar, por inservible, la democracia.

