Las listas son la excusa de los tontos. En 2008, la justificación de los venidos a menos era casi unánime: «Es que lo metimos todo en Madoff y ya sabes...». No hacía falta explicar más y se quedaba bien, porque mal de ricos, consuelo de pobres. La estructura piramidal hizo que muchos perdieran dinero, aunque no tantos como presumían de ello...
...Ocho años después, el administrador judicial ha recuperado 14.000 millones de los 18.000 que gestionaba Madoff. El timador prometía rentabilidades del 12 % anual (lo que explica que se cifraran las pérdidas en 65.000 millones) y muchos que se las daban de genios financieros cayeron en sus redes. Cuando una cosa es demasiado buena para ser verdad... es que no es verdad.
En el caso Epstein se mezclan la baja cuna y las altas camas, sin que quede claro dónde acababan las menores y dónde seguían las mayores. La publicación de los documentos sin editar ha producido un alborozo similar al que se dio cuando se destapó la estafa de Madoff. Todos conocemos a alguien que figura en los papeles, aunque sea de oídas. Los grados de separación se reducen en el mundo virtual. Eso lo saben bien las chicas que se muestran en redes. Están a un me gusta de un Epstein, de un jeque, de un Ábalos... del Birkin, de las joyas, del marido rico..., pero también del maltrato, del chantaje, de la esclavitud.
Las listas tienen estas cosas: espolean la mala bicha -esa envidia que muerde pero no come- que tiene cualquiera. El mal ajeno consuela más a los tontos que el mal de muchos.
Algo similar pasó con los papeles de Panamá, otro de esos listados en los que los medios expusieron a anónimos y en los que se podía teclear cualquier nombre para regocijo de los bajos instintos. Era fácil mirar si estaba ese que te caía mal o al que se le deseaba la amenazadora notificación de Montero (antes Montoro).
Lo primero que hice cuando el Departamento de Justicia publicó los miles de archivos de Epstein -y aún quedan más- fue buscarme. Por si acaso. Imaginen porque estas cosas pasan: una amiga que ha conocido a un tío guapo y rico te invita a pasar unos días a su isla. No tiene mala pinta el plan. Y, en menos de lo que te imaginas, estás allí con la pandilla, moviendo el culito a un par de viejos verdes que son educados e interesantes. O ni siquiera tan viejos. Muchas promesas, flirteo, risas y nada de sexo (que no hemos perdido todo en Madoff). Y muchos años después apareces en comentarios salaces. (Y, si estaba en bikini y todo el mundo lo puede leer, prefiero que se diga de mí que soy putifina a gorda).
El vicio y la necesidad tienen el mismo fin, pero distintos finales. Para unas es una muesca más en el revólver (incluso le pueden quitar el acento); para otras es una pesadilla que, a veces, como en el caso de la bielorrusa a la que Epstein le pagó los estudios de odontología (lo mismo hizo Ábalos con Jessica), tiene final no trágico: le ha dejado 100 millones de herencia.
Teclear un nombre en el buscador de los documentos de Epstein no revela nada bueno de nosotros mismos. Es reconocernos en el inquisidor y en los que graban con letras escarlatas. Es ese cotilleo del que reniegan los medios que presumen de serios. Todos sabemos que Villarejo tiene razón con la información vaginal (aunque debería haber dicho «inguinal». O de la sauna Adán). ¡Éxito asegurado!
En las redes se interpretan los papeles de Epstein para atacar a las llamadas élites, que en realidad solo son los ricos. Veo a la izquierda española más preocupada por los correos de Woody Allen -de alguna manera le tienen que hacer pagar la peli crepuscular con Ayuso- que por la crisis ferroviaria o porque no aguanten los pantanos. No hay novedad. Epstein también sirvió a los propósitos de la derecha locuela, cuyas teorías también abraza la progresía (el famoso tráfico de niños). Otra yesca que prende la llama de la involución.
En un lado quedan las que se dejaron comprar por un chulo detestable que, además, según los testimonios, la tenía pequeña. Ellas no son las víctimas; lo son las que no pudieron evitar que Epstein las vendiera.
Las tontas son la excusa de los listos.

