ELECCIONES
La vida se construye en las renuncias. Una puede, por ejemplo, eliminar el café después de las 16, de manera que alcance el sueño sin un trazado cartográfico de las cordilleras del gotelé archivado en la cocotera. De tener la razón, por su parte, se debe abdicar si a cambio escoge conservar al lado a la persona amada en lugar de a un ego forunculoso e inepto, maula fofa.
El momento social también se levanta sobre cesiones. La hoy constitutiva: la responsabilidad individual. Desde el feminismo de 2017, los actos se desmenuzan solo con respecto a su marco: era pelirroja, solo había un cuarto de baño en su casa, su padre era taxista, su madre era marquesa. Los contextos no explican, sino que justifican, y, con la bastardización de la empatía, se termina sentenciado. El autor queda exculpado. La responsabilidad de los actos se externaliza. Son los otros, desde la estructura que componen, los que inducen el comportamiento.
Se suele acabar un poco tarumba cuando se decide que en esta vida no hay nada que hacer. Quien renuncia a su albedrío a menudo acaba estampándose con la realidad. Las ideas de su cabecita no se prueban entre los hombres. De nuevo al pasado: que otra intente volver sola y borracha a casa por el descampado. Mis amigas, que se aten a mi pata.
Nadie, por supuesto, es responsable de la reacción ajena. Pero una sabe, en la década hiperinformada, que la ingenuidad que ciega es elección. Pasear con un Jaeger-LeCoultre por el centro de una ciudad es una impecabilísima estrategia para conseguir descansar las lumbares en la comisaría más cercana. Plantarse en el lugar de trabajo con una camisa hawaiana, shoshorts, un escote hasta el ombligo o chanclas despliega una semiótica irrebatible: al que por voluntad se desencaja no se lo puede tomar en serio. Si no enciende algún plomillo de la mollera, lo esclavizará lo que elige comunicar. Le llegará el momento de apechugar. En Filmin, El escándalo, con Charlize Theron.
DIVINAS
Inés Hernand proclamó en TVE que "Sobran gilipollas. Por eso hay que votar". Demuestra, a diferencia de otras jóvenes de la cadena, una extraordinaria capacidad de autoconciencia.
Anna Wintour anda faltita. Es fácil verla en Milán sola, con el tobillo temblequeando sobre las botas y la solapa doblada e hirsuta como un alerón de lana. La exdirectora de Vogue ha concedido una entrevista con su sucesora. Cuando a la joven le preguntan por su estilo, responde que no se mostrará inalcanzable. Tras sus gafas de sol opacas, envuelta en un abrigo, Wintour sufre un ataque de tortícolis.
A «¿qué harías con un presupuesto de los 90?», Chloe Malle responde que subiría el sueldo de los empleados. La veterana se agita y apunta incómoda: «Las cuentas tienen buena salud». A la lógica boomer, con su sacralización de lo laboral, se le agota, alabado sea Dios, el tiempo. Otra divas en descomposición, en Fedora, de Billy Wilder.

