El día que nos conocimos en su cottage, una antigua caballeriza victoriana de ladrillos rojos reconvertida en vivienda señorial, Jean me recibió con un pícaro guiño de ojo y exclamó: «¡Menos mal que mi nieta me trae a un español guapo y no a un maldito alemán!». A sus 85 años, ni olvidaba ni perdonaba las heridas de la Segunda Guerra Mundial. Como muchos otros niños y adolescentes de Liverpool, perdió familiares, amigos, y fue trasladada a una zona rural, lejos de las bombas nazis, de sus padres y de la edad de la inocencia.
Con el fin de la guerra se acabó, además, el sueño de estudiar Medicina: su padre le dijo que era una obligación patriótica que las chicas dejaran las plazas libres a los soldados que volvían del frente. El golpe fue duro, pero, lejos de refugiarse en el llanto, decidió irse con una amiga a recorrer Francia en bicicleta. Las fotografías que aún conservaba de aquella aventura, en la primavera de 1946, muestran a dos inglesitas sonrientes en un paisaje devastado, que, sin pretenderlo, simbolizaban la nueva Europa que renacía de los escombros.
Con todo, a Jean no le aguardaba una vida fácil. Se casó con uno de aquellos jóvenes destruidos interiormente por la guerra, que pasó de estudiar a Aristóteles y Homero en las aulas de Cambridge a ser uno de los oficiales de la Fuerza Expedicionaria masacrada en Dunkerque, y que encontró en el alcohol -una botella de ginebra al día- la manera de enfrentarse a su particular batalla en tiempos de paz. Con tres hijos pequeños, Jean decidió separarse cuando pocas mujeres se atrevían o podían, renunciando a la seguridad y a la comodidad económica, pero no a su convicción de seguir siempre adelante, sin lloriqueos ni flaquezas, con una frase que repetía cada vez que era golpeada por la fatalidad: «C'est la vie».
Este estoicismo cotidiano que acompañó a Jean hasta su final -murió hace diez días en una residencia frente al mar- fue la divisa moral de una generación de europeos que conoció y sobrevivió a los totalitarismos y sus guerras, y que tuvo la determinación para levantar un sistema democrático y social que ofreció a sus hijos, nietos y biznietos décadas de paz, libertad y prosperidad. Los mismos herederos que ahora, enredados en una espiral de victimismo narcisista, inanidad y negación de la realidad, están dejando morir el legado recibido, no tanto por Putin, Trump y otros canallas, sino por su incapacidad colectiva de asumir que, como repetía Jean, así es la vida y como tal debe encararse.

