Santiago Carrillo se fue a la tumba con sus convicciones republicanas intactas pero en notable sintonía con el Rey Juan Carlos, a quien entre otras cosas le estuvo agradecido por su defensa de la democracia el 23-F. Como el viejo líder comunista, el grueso de los españoles le reconocieron durante bastante tiempo al monarca encargado de pilotar la Transición su hoja de servicios en esa página de la Historia tan compleja que fue la recuperación de las libertades. Siempre hubo voces discordantes, incapaces de reconocerle mérito alguno al Borbón por su condición de jefe de Estado coronado. Pero hasta anteayer eran pocos. Todo cambió con el 15-M y la podemización de la política, en la que se fue abriendo paso el revisionismo perverso. Y como a ello se añadió el que conociéramos las vergonzosas andanzas de Don Juan Carlos, se ha terminado instalando en no pocas cabezas la creencia de que todo lo contado sobre él fueron cuentos chinos. Incapaces de asumir que la misma figura que protagonizó mangancias con Bárbara Rey o Corinna tuvo un extraordinario olfato político y desempeñó un papel institucional sobresaliente, que será por lo que fundamentalmente le recuerden los libros de aquí a algunos siglos.
Lo de la desclasificación de documentos del 23-F en nada cambia lo que ya era bien conocido. Salvo para constatar que los más conspiranoicos están haciéndose con todo el parquet. Ya nos había advertido Ione Belarra que la decisión de airear papeles tenía que servir para «arrojar luz» sobre la participación de Juan Carlos en el golpe. Y, como la líder morada, toda la tropa que ha convertido el republicanismo en cruzada antisistema. Si incluso nada más anunciar su decisión Pedro Sánchez, seducido por la petición de un Cercas que se desgañita contra «los bulos y las bolas», tardaron medio minuto en TVE en dar voz a un esparcidor de bulos como Anasagasti para pontificar que «el Rey estuvo súper involucrado en el golpe».
Nada va a evitar que quien quiera creer que el artífice del golpe fue el Rey Juan Carlos lo piense hasta el fin de sus días. Pero nadie explica qué ganaba con ello. España se había convertido en el 75 en la décima Monarquía de Europa, algo que se antojaba ya entonces casi como un fenómeno ahistórico en el globo. En Zarzuela tenían bien grabado que las Coronas que habían sobrevivido estaban indisolublemente ligadas a las democracias. Y el ejemplo de Constantino de los Helenos fue lección magistral para su cuñado. Como si en Zarzuela no hubieran vivido durante décadas con la pesadumbre de la pérdida de la Monarquía griega por la mala cabeza y la falta de juicio de quien fue su último e inexperto soberano.


Comentarios