El funeral celebrado ayer en Huelva en recuerdo de los 45 fallecidos en el accidente de Adamuz visibilizó la que siempre debe ser la primera obligación de las instituciones públicas, que es acompañar y, en la medida de lo posible, reconfortar a quienes han perdido a sus seres queridos. Fue el homenaje que las propias víctimas querían, y en el que pudieron expresarse con libertad. «Somos las 45 familias que lucharán por saber la verdad, porque solo la verdad nos ayudará a curar esta herida que nunca se cerrará», expresó allí Liliana Sáenz, que ha perdido a su madre. Su intervención, cargada de emoción, representa el deber que toda la sociedad tiene con las víctimas. Tras una tragedia de esta magnitud, la verdad de lo sucedido debe salir a la luz pública con precisión y transparencia.
En contraste con la función de consuelo que asumieron los Reyes, que mostraron en todo momento su cercanía a supervivientes y familiares, al funeral no acudieron el presidente Pedro Sánchez ni el ministro de Transportes. Por parte del Gobierno sí asistió la vicepresidenta María Jesús Montero, así como los ministros Ángel Víctor Torres y Luis Planas. El presidente andaluz, Juanma Moreno, y el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, también estuvieron presentes.
La misa fue impulsada por las víctimas tras la suspensión del homenaje de Estado que el Gobierno se había apresurado a organizar para este sábado sin contar con ellas. Con independencia del carácter religioso o laico de un acto de estas características, el error de La Moncloa fue evidente. Es responsabilidad de los representantes institucionales que las víctimas perciban el respaldo y la solidaridad de la sociedad sin sentirse utilizadas políticamente.
La ausencia del presidente se dejó sentir por partida doble, ya que tampoco acudió al Senado, donde había sido requerido por la mayoría que ostenta el PP. En la Cámara Alta sí compareció Óscar Puente. El ministro, que desde el fatídico accidente ha acumulado contradicciones y mentiras, arrancó su comparecencia procurando exhibir humildad, pero acabó conduciéndose con el carácter divisivo que le caracteriza. Su autocrítica se demostró impostada, hasta el punto de responder de una forma tan insensible como soberbia cuando los senadores 'populares' (también lo hicieron Junts y ERC, pero sólo por el caos en Rodalies) exigieron su dimisión. «Es como si oyera llover (...). Les molesto porque lo hago muy bien». Su disposición a admitir la más mínima responsabilidad en lo ocurrido se hizo una vez más evidente.
En sus explicaciones sobre el siniestro, Puente confirmó todas nuestras informaciones sobre la investigación, si bien se explayó en torno a una supuesta conspiración derechista para desinformar a los españoles. Pese a las maniobras del ministro, la exigencia de esclarecer lo ocurrido es ineludible. Para las víctimas en primer término, pero también para la sociedad en su conjunto.
