La guerra de Ucrania, iniciada por Vladimir Putin de forma ilegal e ilegítima con la eufemística denominación de «operación militar especial» y bajo el falaz pretexto de «desnazificar» el país, entra mañana en su quinto año. El coraje y la capacidad de resistencia que han demostrado los ucranianos desde el fatídico 24 de febrero de 2022 han asombrado al mundo. Mientras tanto, Rusia ha fracasado en los objetivos que se marcó. Apenas ha logrado mover las líneas del frente, acumula un millón de bajas entre muertos, desaparecidos y heridos graves, y su economía está exhausta. Nada justifica que el conflicto siga adelante excepto la obstinación de Putin. La amenaza para Europa es cada vez mayor.
Por ahora, el autócrata ruso ve en Donald Trump a una figura útil y considera que puede lograr más luchando que negociando la paz alentada por EEUU. Mientras ese proceso incierto dure, Europa no puede mantenerse al margen: está obligada a redoblar su apoyo efectivo a Kiev, desde el pragmatismo pero también desde la firmeza en la defensa de sus valores. La UE se juega su propia supervivencia en que el final de la guerra sea justo para Ucrania.
Pese a la propaganda de Moscú y a la represión que sufre la población rusa, cada vez se hace más evidente que estamos ante uno de los mayores desastres militares de la historia reciente. El saldo para el Kremlin ha sido desastroso: tras un conflicto que ya dura más de lo que se prolongó la participación soviética en la II Guerra Mundial, las fuerzas rusas sólo han avanzado 60 kilómetros en el Donetsk. Según investigaciones independientes, sus bajas duplican a las ucranianas en combate, y cada mínimo avance se produce a un altísimo coste: entre 78 y 85 muertes o heridos graves rusos por cada kilómetro ocupado.
Además, la economía rusa da claros signos de agotamiento. El gasto en Defensa se lleva el 8% del PIB, y la población se enfrenta a una creciente inflación y a dificultades para conseguir alimentos básicos. Con todo, Rusia aún es capaz de infligir un gran daño al país invadido con constantes ataques aéreos y cortes eléctricos.
Ucrania, por su parte, continúa pendiente de que Volodomir Zelenski pueda convocar elecciones para inicios de mayo, una opción que lleva días sobre la mesa y que, en cualquier caso, estaría condicionada a que Moscú aceptara una tregua.
Putin ya era una amenaza para Europa antes, pero en estos cuatro años ha demostrado que su imperialismo no tiene límites. Para poder defender su forma de vida, Europa solo tiene una salida: rearmarse de forma inmediata y confiar en sus enormes fortalezas para convertirse en un auténtico actor geopolítico fuerte con capacidad de influir en un mundo dominado por las potencias hegemónicas. Ucrania es, por desgracia, el ejemplo devastador de que la UE debe sentarse a la mesa si no quiere ser parte del menú.
