El Gobierno ha vuelto a exhibir una de las contradicciones que mejor definen su política exterior: la distancia entre su retórica y los hechos. Mientras Pedro Sánchez recupera el lema propagandístico del No a la guerra, tras confrontar con Donald Trump por el veto a EEUU para usar las bases de Rota y Morón en operaciones vinculadas a la guerra de Irán, España ha accedido a reforzar las capacidades para proteger a Chipre. A ello hay que sumar que, como informamos hoy, más de 20 aviones estadounidenses han hecho escala en Rota y Morón con el objetivo final de participar en la ofensiva sobre Irán. Estas acciones desnudan la escenificación con la que el Ejecutivo pretende ocultar su participación en misiones militares.
El envío de la fragata Cristóbal Colón a Chipre, integrada en el grupo que liderará el portaeronaves francés Charles de Gaulle, puede interpretarse como un gesto hacia Emmanuel Macron tras el aislacionismo al que se ve abocada España. Sánchez no ha sido imprudente por señalar que el ataque al insoportable régimen de los ayatolás vulnera el derecho internacional -posición compartida con países como Francia e Italia, este último alineado también acerca del uso de sus bases militares-, sino por su exhibición del choque con Trump.
En todo caso, aunque no forma parte de en un despliegue comunitario, la aportación de la fragata española al Mediterráneo oriental constituye una acción responsable en el marco de la Alianza Atlántica. Lo que no es razonable es que, al mismo tiempo, el ministro de Asuntos Exteriores -justo después de que Margarita Robles recibiera al nuevo embajador estadounidense en Madrid- desmintiese a la Casa Blanca sobre la cooperación de nuestro país con EEUU.
España, que mantiene con Washington una histórica alianza militar, está desplegada en todo el territorio de la OTAN y alberga infraestructuras estratégicas. Todo ello es incompatible con intentar capitalizar un discurso antibelicista. El deber institucional del presidente pasa por fijar en las Cortes una posición de Estado en un conflicto de efectos globales. La política exterior no puede guiarse por la pura pugna electoralista.
