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- ¿Cómo acabó en la Antártida?
- En 2010 hice un reportaje sobre los llamados aspirantes antárticos, que eran militares de toda la Argentina que entrenaban para ir. Estuve con ellos durante una semana en el Cerro Tronador, que está a 3.500 metros de altitud, en Bariloche. Aprendí con ellos salvataje, técnicas de escalada... A partir de esa experiencia, años más tarde, en 2014, se me abrió la oportunidad de ir a una base militar de la Antártida.
- ¿Qué es lo que más le sorprendió?
- Todo. Hablé con los médicos y me contaron que allí no había gripes ni resfriados. Que la mayoría de actuaciones que hacían eran por torceduras y que sólo había virus en la base cuando había cambios de dotación, cuando llegaba nuevo personal. Nos mentían las abuelas cuando nos decían aquello de 'abrígate, que vas a enfermar'. También me sorprendió que no podía estar solo.
- ¿Cómo?
- En las bases de la Antártida está muy presente el peligro de encerrarse en uno mismo. Quería sentarme a leer y siempre aparecía alguien que me decía: '¿Qué lees?'. Me daban charla. En verano, entre noviembre y marzo, en las bases hay unas 80 personas, pero en invierno sólo se quedan unas 20 y mentalmente es muy exigente. Hay poca luz, todo es muy monótono, se crean rigideces.
- ¿Hay mal ambiente?
- No, pero el encierro es muy duro. Si te dan una taza que tiene un pedacito cascado puedes pensar que el ayudante del cocinero te tiene bronca. Por ejemplo, me contaba el cocinero que cuando hay un cumpleaños siempre hace una torta de 20 centímetros, que sólo tiene un molde, e igualmente había recibido quejas porque alguien pensaba que su torta era más pequeña que la del resto.
- Las labores en las bases de la Antártida son muy curiosas.
- Es fascinante. Aunque finalmente me tuve que quedar 25 días por el mal tiempo, pensaba que estaría sólo unos días así que al principio entrevistaba a todo el mundo a contrarreloj. Recuerdo a un científico que investigaba los líquenes y que estaba muy ofendido porque había zonas protegidas para los pingüinos o los grandes mamíferos como elefantes marinos o focas, pero todo el mundo pisaba los líquenes. Había verdaderos apasionados en cada área. Un científico me hablaba de moluscos con la pasión de quien habla del último fichaje del Real Madrid. Y yo miraba el molusco y, claro, estaba quieto ahí.
- ¿Cómo es el frío?
- No es como en Madrid o Buenos Aires, que vas al cine y mientras estás viendo la película llueve, baja 10 grados, sales y te mueres de frío. En la Antártida vos sabés que va a hacer frío siempre y no tienes que escoger la ropa. Es curioso. Cuando entras en la campaña antártica, en este caso argentina, la Dirección Nacional Antártida te brinda una ropa especial para lo que vas a hacer. Hay camperas que te permiten estar quieto a 30 grados bajo cero. El frío no es un problema.
- Y el paisaje, un manto blanco.
- En realidad es más bien una gama de grises. Cuando llegué lo veía todo absolutamente blanco, excepto algún pingüino al fondo, pero después descubrí que el cielo tenía un gris luminoso o que el mar se veía de un color negro petróleo muy oscuro. El paisaje de la Antártida es imposible, es irreal, cuando lo ves te quedas extasiado. Escribiendo el libro me di cuenta de que no lo podía describir, que me faltaban palabras para tanta belleza.
- Estuvo en una base argentina. ¿En la Antártida se notan las tensiones internacionales?
- Hasta 2048 en la Antártida impera el Tratado Antártico que establece que es un continente de ciencia y paz, que no hay soberanía. En la base argentina, mientras yo estuve, hubo visitas de coreanos, brasileños o rusos. Pero no se puede obviar el interés geopolítico que tienen. Durante la dictadura argentina mandaron a la Antártida a una embarazada de ocho meses para que el primer antártico fuera argentino. Y nació. Pero hoy en día no quiere dar entrevistas porque durante muchos años le preguntaron por eso y él en realidad no hizo nada por nacer en la Antártida, no recuerda nada.
- Existen muchos mitos alrededor de la Antártida.
- Y a mí me interesaban, pero me di cuenta de que allí no se tocan. Por ejemplo, hay animales que tienen elementos mitológicos como la foca leopardo que allí no se tratan como mitos porque si te distraes te pega dos mordiscos y te mata. Las sirenas, las ciudades bajo el hielo... nadie habla de eso en la Antártida.
- ¿Ha vuelto allí?
- No, pero me queda un gran vínculo con las personas con las que coincidí. Dos años después se hizo un asado y los volví a ver y sentí un vínculo muy particular. La gente me abrazaba y yo los abrazaba y sentía que ese abrazo era real, que no era una cosa impostada.
La última...
Pregunta. ¿Cuál es la pregunta más impertinente que le han hecho? ¿Y qué respondió?
Respuesta. No fue impertinente, pero sí inquietante. Cuando tenía 10 años un amigo me preguntó: ¿En qué pensás cuando cierras los ojos antes de quedarte dormido? No tenía respuesta.

