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Entre Los Ángeles y Nueva York, Alcobendas. Entre Roma y Lucerna (donde este fin de semana se celebran los Premios del Cine Europeo en los que Karla Sofía Gascón es candidata y hasta favorita), Alcobendas. Karla Sofía Gascón confirma la muy improbable teoría de que para ser alguien en el cine en general y en Hollywood muy en particular hay que ser de Alcobendas. Góngora, el poeta, le dedicó a una "moza" de esta localidad del norte de Madrid con ahora casi 200.000 habitantes una décima burlesca (...sobre su rubio trenzado/ pidió la fe que le ha dado...) y Cervantes hizo que un falso licenciado —puesto que solo era bachiller— se asustara ante el empuje del Quijote tras confesar también él que había nacido ahí. O aquí. Porque Alcobendas, ahora mismo, y con el precedente perfecto de Penélope Cruz es, independientemente del lugar en el que nos encontremos, aquí, que no allí y mucho menos allá.
En la diminuta calle San Antonio del Alcobendas más obrero y hasta duro se crió Karla Sofía Gascón. La calle es, ya se ha dicho, pequeña. Pequeñísima incluso. Apenas diez pasos después desaparece y su única entrada en coche se hunde en un garaje nada más empezar. Pues ahí, en el número 8, la ahora actriz que está en boca de todos por su trabajo en la película Emilia Pérez, de Jacques Audiard, y que figura en todas las listas como imprescindible para los Oscar, tras ser premiada en el festival de Cannes, dio sus primeros pasos. Y también sus primeros tropiezos. Aquí hizo todo lo que se hace por primera vez.
"La infancia la recuerdo como una época de mi vida completamente libre. Pienso en una palabra que la defina y me viene 'inconsciencia'. No sé muy bien por qué. Quizá porque todo sucedía porque sí. Yo era un niño introvertido, pero con mucha iniciativa. Es como si siempre hubiera tenido claro lo que quería. Mi vida está llena de errores que me han llevado por el camino correcto", dice de corrido justo después de posar disciplinadamente en el portal que la vio nacer hace 52 años ("Nacer, nacer, nací en el hospital", corrige entre risas). Nació con el nombre de Carlos y Carlos fue hasta bien pasados los 40. Primero, como todos los niños, fue niño; luego, como algunos de ellos, estudió electricidad; más tarde, como ya solo unos pocos, decidió ser actor, y, por último, como los menos entre estos últimos, se reinventó como la actriz que, en verdad, siempre fue, como la mujer que dice que supo que era desde los cuatro años. Y así, la Palma lograda en el certamen francés la corona, por aquello de las estadísticas innecesarias, como la primera intérprete trans en lograrla.
"Antes, todo esto era un sitio mucho más desangelado", comenta mientras pasea por un barrio que ya no es suyo; un barrio, que como ella misma, ya es otro, y otra. "Allí", señala a un grupo de casas, "había un parque de arena en el que jugábamos al fútbol. Y ahí, en una planta baja, se encontraba mi colegio. Estaba dividido en dos y una de las partes se encontraba justo debajo de mi casa. Si hacías un agujero en el salón acababas directamente en el aula. Luego, con el pasar del tiempo, lo cambiaron porque aquello era insalubre". Karla recuerda, pero sin nostalgia, sin exagerar el gesto. Y se detiene. "Uno de mis primeros y más bonitos recuerdos es un eclipse. De eso me acuerdo perfectamente. Con los negativos de las películas de fotos nos pusimos todos los críos a mirar el sol. Mi primer eclipse", dice como el que anuncia el prólogo necesario a todos y cada uno de los eclipses que vendrán después. "Fíjate lo caprichosa que es la memoria", añade.
Karla fue en el cuerpo de Carlos el hijo mediano de una familia de tres hermanos antes de ser la hija mediana. Sus padres, Antonio e Irene, llegaron a la capital desde Andalucía. Antonio trabajaba en un imprenta a la vez que se ocupa de tareas como cuidar el jardín del barrio. "Regaba todos los días las plantas. También se ocupaba de recoger los cubos de basura. Recuerdo, y me avergüenzo de ello, que por esas cosas de los niños no quería que nadie supiera que yo era el hijo del que se encargaba de la basura. Qué cosas. Ahora no puedo estar más orgullosa de mi padre que tanto ha hecho por sacarnos adelante", dice y mientras habla desgrana retazos de una memoria, como todas, rota, caótica y muy suya.
"Una de mis primeras aficiones fueron los juegos de la consola Spectrum. Me dedicaba a copiarlos en las cintas de casete donde mi padre tenía sus zarzuelas y con eso monté un pequeño negocio. En el Rastro con unos amigos muy bien organizados para que no nos descubrieran (eran copias piratas) los vendíamos. Un día mi madre regañó a mi padre por llevarme ahí y mi respuesta fue darle el dinero que había conseguido. Nunca me importó el dinero. Nos perdonó, a mi padre y a mí, rápido", dice y suelta una carcajada. Y añade: "Mis padres entendieron perfectamente mi transición. Son increíbles y están tan orgullosos de mí como yo los estoy de ellos... Otra cosa es mis suegros. Mis suegros no lo han entendido tanto".
Karla viene de Los Ángeles con el tiempo justo de ir de acá para allá sin detenerse un segundo nada más que en Alcobendas y ahora mismo. Apenas un día después de pasear por el barrio que ya no es el suyo ("Sigo teniendo mi casa aquí, pero en otro sitio"), vuelve a Nueva York. Entre tanto viaje, ella y su hija Victoria de 13 años se han convertido en las mujeres del momento. "Con Angelina Jolie me crucé y me dijo que no había visto Emilia Pérez. Yo le dije que tampoco había visto Maria [la cinta sobre Maria Callas que la convierte en rival]. Lo que hice fue mandar a mi hija para que la viera y me contara. Y luego descubrí que ella había hecho lo mismo con sus hijos. Les mandó a espiar mi película", cuenta mientras la risa estalla en su garganta. "En Hollywood me dicen que la verdadera estrella es mi hija. La ves cómo se maneja con todos con toda la naturalidad del mundo y hasta siento envidia de ella. La adoro. Ella ha sido la primera en entenderlo todo sin ningún problema", añade.
"Es incomprensible que el feminismo que ha sufrido tanto por sus derechos sea ahora el que haga sufrir a los demás"
Victoria ("¿¡Cómo la iba a llamar Socorro o Auxilio!?", se pregunta Karla) vivió la transición de su madre con seis o siete años. Marisa, la madre biológica, se casó con Karla hace 20 años. "Es la única mujer con la que he estado y sigo casada. Siempre ha sabido con quién se casó, pero se quedó de piedra al verme mujer. Una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace. Y lo hice. Que yo era una mujer siempre lo han sabido mis parejas... solamente", puntualiza. Lo pienso y veo que toda mi vida está plagada de pequeñas iluminaciones, casualidades que me han ido guiando. Cuando nos casamos, mi mujer y yo decidimos viajar de luna de miel a Tailandia. Había sido preseleccionada para la serie El pasado es mañana. Pero tenía claro que no iba a suspender el viaje. Justo cuando llegamos al aeropuerto, me llamaron a pie de avión de que el papel era mío, que no subiera. Y así hice... Pues bien, fue exactamente donde íbamos a ir donde sucedió el tsunami. No libramos por muy poco", cuenta. Y sigue: "Fue, lo que digo, una iluminación. También recuerdo que de muy joven, me puse a trabajar colocando antenas. El primer día que me dijeron que subiera a lo más alto, lo vi claro: tenía que ser actor, no valía para eso... Lo cuento como otra iluminación". Pausa. "Cada cambio en mi vida ha sido producto de una iluminación... Mi vida es un poco como la de Forrest Gump". Y ahí lo deja.
Karla empezó como Carlos en todos los programas de la tele que se cruzaron en su camino. Como extra, como público, como figurante o como lo que fuera. "No he tenido dinero para ir a una gran academia de teatro. He hecho mil cursos, pero por mi cuenta", comenta a modo de preámbulo de una carrera por la que han pasado desde la serie El olivar de Atocha a Pedro I el Cruel pasando por El súper y una larga lista de programas en la que se mezclan los nombres de Laura Valenzuela, Sofía Mazagatos o Leticia Sabater con los de Eduardo Noriega o Miguel Hermoso.
"Llegué a trabajar como voz y animador de unas marionetas tipo los Muppets que me llevó a vivir un año en Milán. Pero, y pese al éxito, lo deje. No era lo mío", dice. Lo siguiente fue El pasado es mañana donde conoció a Julián Pastor, el amigo y consejero que le abrió la posibilidad de México. "Estaba desesperada. No encontraba trabajo en ningún lado. Un día cogí un taxi y no pude evitar romper a llorar. El taxista me dijo que no me preocupara, que estaba seguro que todo iba a salir bien... Se lo agradecí. Al día siguiente recibí una llamada que tenía trabajo en la telenovela mexicana Corazón salvaje. Una iluminación más", dice mientras come unos chopitos en un kebab. Pasear por Alcobendas da hambre y las ofertas son las que son.
Y luego la transición, no la española, sino la de una mujer de Alcobendas.
"Lo he pasado muy mal, pero me sobrepongo... No soporto la debilidad, siempre que he querido algo he luchado por ello, sin excusas"
Karla no tiene problemas en hablar de dolor. Pero sin subrayados, sin gestos melodramáticos, sin exigir nada (ni piedad ni, mucho menos, condescendencia) del que escucha. "Siempre he sabido sacar una sonrisa entre todo el dolor. Lo he pasado muy mal, pero me sobrepongo... No soporto la debilidad, siempre que he querido algo he luchado por ello, sin excusas. Me molesta la gente que se lamenta de las cosas sin intentar cambiar nada... Por supuesto que me costó tomar la decisión, pero en verdad la tomé porque la sanidad española, y esto es importante, me permitió tomar ese paso con todas las garantías y prestándome toda la ayuda. No todo el mundo lo entendió. Por entonces, vivía en pareja con una senadora mexicana del PRI y ella me animaba a hacerlo. Y cuando lo hice, me abandonó. Temía que le afectara a su carrera, una carrera por cierto que se acabó sin que yo tuviera nada que ver", dice, se toma un segundo, se come otro chopito (ésta ya algo frío) y, quién lo iba a decir, suelta la que quizá sea su siguiente iluminación: "El otro día fui al Congreso de Diputados y, de repente, me vi allí. No descarto que mi próximo reto sea dedicarme a la política. Me veo en el Congreso". Y la creemos. Vaya si la creemos.
-¿Qué ha sido lo más doloroso de todo?
-Lo más doloroso de mi vida no tiene que ver con mi transición. Lo más insoportable fue la muerte de mi hermano mayor. Tenía 29 años, nueve años más que yo. Se fue a esquiar a Navacerrada. Yo tenía que haber ido también. Murió agonizando a consecuencia de una mala caída en brazos de mi otro hermano, el pequeño. Nada es comparable con eso.
Y aquí una larga pausa que se extiende por toda la ciudad de Alcobendas.
Cuenta Karla, ya repuesta, que su hermano, el menor, se partía de risa cuando la vio por primera vez como la mujer que es. También dice que le incomoda algo el que siempre le pregunten por la reacción de los demás a lo que es suyo y de nadie más. "Cuando me dicen si he hecho o no sufrir a los demás, la respuesta es que el sufrimiento es mío", dice y se lamenta del desprecio que ve procedente de una parte del feminismo, de su feminismo. La entrevista se realizó dos días antes de que el PSOE aprobara una ponencia sustituyendo el término LGTBIQ+ por LGTBI sin la Q (que no K) de Karla, y que abogara por eliminar de las competiciones de mujeres (¿los Oscar también cuentan como competición?) a las mujeres trans. "Es incomprensible que el feminismo que ha denunciado el sufrimiento de las mujeres y ha luchado por sus derechos sea ahora el que haga sufrir a los demás. No lo entiendo... Noto, de hecho, que ya empieza de nuevo la campaña contra nosotras. No solo tengo que defender mi trabajo, también tengo que defenderme de las campañas de odio... El triunfo de gente como Trump o el auge de la extrema derecha, definitivamente, ha dado alas a toda esta gente. Como el Red Bull".
Acaba la tarde y Alcobendas se antoja ahora mismo el centro del universo. Y Karla Sofía Gascón su ombligo. ¿Por qué no? "Perdona, ¿eres Karla?", pregunta una joven alcobendense. "Que sepas que me alegro mucho y que estamos muy orgullosos", añade. Lo dice y no roba ni pide un selfie. Simplemente se alegra. Es solo alegría, la mejor de todas, la compartida. "Me pidió sobre sus ojos/ por lo menos un doblón;/ yo, aunque de esmeralda son,/ se lo libré en Tremecén./ ¿Hice bien?", dice Góngora sobre la moza de Alcobendas y quién sabe si no era sobre la misma Karla. Bien dicho.
Contra la ponencia del PSOE: "No van a parar hasta meternos a los trans en campos de concentración"
Karla Sofía Gascón se encontraba el lunes en Nueva York. Desde ahí, se preguntaba por el sentido de la ponencia del PSOE. "Si aplicáramos el mismo razonamiento, las atletas nigerianas no podrían competir en las categorías de mujeres. ¿Por qué? porque son negras, su musculatura es superior y van a ganar a las blanquitas que no están tan entrenadas ni genéticamente tan preparadas".
Y seguía: "Así comienza el nuevo Apartheid hacia las personas trans, la nueva discriminación española hacia las personas trans. Tengo la impresión de que no van a parar hasta que no nos vean en un campo de concentración, apartadas en los circos o compitiendo contra otros monstruos que ha creado la naturaleza. Quizá nos pongan en los juegos paralímpicos porque (para algunos, por lo visto) somos enfermas. O quizá nos metan a competir con otros animales en un coliseo como antaño. No lo sé".
Y concluía: "Mi partida de nacimiento pone: mujer, sexo femenino. ¿Quién puede impedirme jugar al fútbol con las señoras de 50 años en el equipo de mi barrio? A mi hija, que tiene 13 años y es fuerte, ¿le impedirán también competir con otras amiguitas, porque les saca la cabeza? Creo que nos estamos volviendo locos, que hay una regulación para las competiciones en las que los niveles de testosterona son medidos y si son adecuados, no se puede decir una cosa y la contraria al mismo tiempo. Yo no genero testosterona. ¿Me van a dar una medalla por ello si compito y no gano otras mujeres que están más preparadas que yo y que sí la generan?".
Coda: "Qué estupidez de vida, precisamente cuanto peor mejor y cuanto mejor, peor para todos".






