Si hay una voz autorizada para abordar la fuerza de los nacionalismos, tanto los de Estado como los que surgen en el interior de estos, es Manuel Arias Maldonado, catedrático de Ciencia Política en la Universidad de Málaga y autor de una amplia obra sobre la materia. A partir de procesos segregadores como el Brexit, el independentismo catalán o el trumpismo, el columnista de EL MUNDO aborda en La pulsión nacionalista (Serie ENDEBATE), un breve ensayo tejido desde el rigor conceptual y la capacidad de concisión, la paradoja que supone el auge de las corrientes cimentadas en el repliegue identitario en un mundo globalizado. "El nacionalismo es una ideología -o algo parecido a una ideología- que parece contradecir la orientación general de la modernidad", sostiene.
- ¿La globalización alimenta el nacionalismo?
- Tenemos más nacionalismo del que creíamos que íbamos a tener a estas alturas de la historia liberal democrática. En el último tercio del siglo xX emergieron movimientos nacionalistas internos en los Estados nacionales: Irlanda, Escocia, País Vasco o Córcega. En algunos casos con bandas terroristas asociadas. La novedad de nuestro tiempo es que estas corrientes no han desaparecido, sino que se han reforzado. Y ahí sí que podemos ver el vínculo con una globalización que genera una reacción defensiva. Quieres proteger tu cultura local. Y, desde la crisis de 2008 en adelante, el nacionalismo de los Estados nación ha aumentado, como muestra el Brexit, el trumpismo, India o China. Tenemos una mayor agresividad en las relaciones internacionales que deriva de un reforzamiento de los discursos nacionalistas. La gente celebra Halloween y el Black Friday, y hace shopping, pero no quiere perderse en un magma global.
- Usted establece un vínculo entre el Brexit, el independentismo catalán, el trumpismo y el expansionismo de Rusia. ¿A partir de qué puntos se puede unir la línea entre Puigdemont y Putin?
- En todos esos casos hay una afirmación de la comunidad nacional, a veces con acentos imperiales, como en el caso de Rusia. Hay un momento o un contexto de oportunidad común a todos ellos. Hay una debilidad o una crítica a la democracia liberal que facilita esa agresividad. Eso les une.
- Y una inercia histórica, porque tampoco es una novedad el desapego de los británicos a la integración europea, la pulsión secesionista en Cataluña o el afán imperialista ruso.
- Estas trayectorias históricas se reactivan por un actor político interesado. Esto se ha visto claramente en el Make America Great again o en el España nos roba. Es un discurso electoralmente eficaz porque apela a un sentido de pertenencia que parece tener algún tipo de raíz psicobiológica. Es decir, que hay unas disposiciones innatas a identificarnos con nuestro grupo, sobre todo cuando se nos plantea una alternativa entre nosotros y ellos. Ahí sí que podemos afirmar que la democracia liberal no está frenando el nacionalismo. En un marco de competencia electoral fuerte, la oferta nacionalista es muy competitiva. En Cataluña y el País Vasco el discurso nacionalista conmueve, pero además da réditos.
- Isaiah Berlin sostenía que "el nacionalismo satisface la necesidad humana de pertenencia". ¿Por eso parece imparable?
- La respuesta corta sería que sí. Lo que dice Berlin es que el nacionalismo no se puede suprimir. Y que el problema son sus manifestaciones patológicas o agresivas. Y quizá estamos en una fase en la cual estas últimas tengan más fuerza, aunque, por ejemplo, el sentimiento de adhesión a la Unión Europea tampoco ha descendido de manera significativa. Pero es obvio que los partidos con un discurso nacionalista fuerte están en auge. La cuestión es por qué la nación ha cobrado tanto vigor en el marco de la modernidad. Cualquier discurso que establezca relaciones o disyuntivas entre la pertenencia nacional de otras formas de pertenencia me parece que tiene las de ganar. Ese es el problema.
- Acaba de citar a la UE. ¿Por qué un proyecto transnacional de esta envergadura no ha podido neutralizar o, al menos, mitigar, la reaparición de movimientos nacionalistas en el interior de sus Estados?
- La UE es un milagro, pero es un proyecto tecnocrático. Todos hacemos Erasmus y viajamos de turismo a Praga. Sin embargo, hablamos de decenas de naciones distintas, con culturas políticas, condiciones socioeconómicas de partida y lenguas diferentes. Todo ello dificulta la aparición de una esfera pública europea. La UE tiene un límite del compromiso afectivo de los ciudadanos europeos. No puede ir más lejos y no hay manera de evitar que en su interior surjan nacionalismos de Estado ni movimientos nacionalistas interiores dentro de los Estados, como por ejemplo en España.
- Al final de su libro sostiene que para que un país sea capaz de forjar un cierto orgullo nacional es necesario que tenga una base mínima de elementos comunes de identidad.
- Ahí está la idea de Emmanuel Macron: "La Europa que protege", dice. Bueno, quizá ese es el camino. Pero incluso cuando votamos en las elecciones europeas lo hacemos a listas nacionales, no transeuropeas. Mandan los Estados, y Alemania manda más que Malta. Y con la insistencia en los cordones sanitarios quizá se están creando razones para la insatisfacción en aquellos votantes que creen que, simplemente, están eligiendo la mejor opción para su país. El problema de Europa no es lo que haga o deje de hacer Donald Trump, sino su acierto a la hora de desarrollar su propio proyecto. Las legislaturas de Ursula von der Leyen han sido un paso atrás. En el sentido de que la Comisión Europea, de manera muy clara, por primera vez ha priorizado llevarse bien con los Gobiernos nacionales y ha renegado de su tarea de supervisión de las reformas y del cumplimiento de las normas comunitarias. Se ha roto la idea de la UE como avalista de un reformismo que vaya en la dirección adecuada. No sería mala idea que los mandatos fueran únicos. Prefiero un septenato en la Presidencia de la Comisión.
- En uno de los capítulos del libro se pregunta si el Estado produce la nación o si es al revés. ¿Es posible diferenciar entre la nación cívica y la nación étnica?
- Son temas de la literatura sobre nacionalismo y sobre los que no hay acuerdo entre los académicos. Por ejemplo, ¿existen las naciones antes del nacionalismo? ¿O solo existen cuando se las nombra? La nación es todo tipo de nación. Hay naciones cívicas que tienen componentes románticos, culturales o étnicos; y hay naciones étnicas que pueden abrazar formas de gobierno liberales y democráticas. Por poner un ejemplo: contrasta la concepción de la nación presente en la Constitución del 78 española y la que promueve el nacionalismo catalán. Una es claramente más cívica que étnica y viceversa. En una se enfatizan los derechos y libertades, y se acepta perfectamente que venga un señor de Yugoslavia y se haga nacional español sin obligarle a bailar unas sevillanas. En el otro, en cambio, se enfatiza un pueblo único. Sabemos que hay un peligro: el nacionalismo tiende a la victimización y al antagonismo, y puede adoptar formas agresivas que son contrarias a la idea liberal de los derechos y libertades del individuo.
- Tampoco hay consenso sobre la definición de 'nación'.
- No lo hay. Lo más fácil es decir que que la nación es un Estado, pero ahí están conceptos como nación cultural o nacionalidad, que se aplican a colectividades que presentan rasgos diferenciales, sobre todo, una lengua, y que aspiran a un Estado que no tienen.
- Josep Borrell ha dicho en alguna ocasión que Cataluña es una nación que la Historia no ha querido dotar de Estado.
- Max Weber sostenía que lo que distingue la nación de otras colectividades humanas es la aspiración a la estatalidad. ¿Podríamos decir que Cataluña es uno de los reinos que no ha conseguido un Estado en el proceso de construcción nacional de los siglos XIX y XX? Sí, pero más importante era el Reino de Aragón y tampoco se convirtió en un Estado. Lo que ocurre es que en Cataluña emerge un nacionalismo burgués durante la segunda mitad del siglo XIX. En Aragón, no. ¿Significa eso que Cataluña tiene derecho a tener una nación? Eso es algo muy diferente. No cabe aplicar en este caso el derecho de autodeterminación, salvo que una mayoría contundente de la población manifieste de manera permanente o persistente su deseo de separarse del Estado al que pertenece, en cuyo caso creo que eso no puede ignorarse. No es el caso de Cataluña. El escándalo del procés es que el independentismo rompió la baraja por las bravas y con minoría.
- ¿Significa que la secesión sería imparable si la apoyaran más de un 70% de los ciudadanos catalanes?
- Probablemente. No soy partidario de una ley de claridad como la de Canadá, pero es evidente que hacen falta mayorías claras para romper con lo establecido. Eso nos lleva a cómo se consigue que una población indiferente a ese asunto acabe siendo convencida de la necesidad de separarse. Las políticas de nacionalización rompen el principio de neutralidad. Entonces se podría cuestionar que esa voluntad nacional sea el resultado de un proceso limpio. De todas formas, un independentista nos diría que los que votan en contra de la independencia no son catalanes, son de Andalucía, de Murcia, etc. Pienso que los nacionalistas no querían separarse, lo que querían era que Rajoy les diera el pacto fiscal. Y después del procés el nacionalista se da cuenta de que la independencia no es el Edén soñado. ¿Cuál es el problema? Que hemos desaprovechado una ocasión. A ver ahora cómo se le da la vuelta a esta progresiva confederalización.
- La paradoja es que, durante los últimos años, el independentismo tiene la llave del Gobierno pero también está más desunido, más dividido y más débil en Cataluña, y además fuera del poder de la Generalitat.
- Súmele el pánico moral a la disolución cultural, es decir, que el catalán no se usa tanto como querrían. Privilegiaron una inmigración de más difícil asimilación, no querían hispanohablantes. La situación actual es mejor que la del procés, pero es difícil compararla con lo que hubiera podido pasar si se hubieran hecho otras cosas. No sabemos qué habría pasado si PP y PSOE se sientan y dicen: 'Vamos a reequilibrar las relaciones entre el resto de España y el nacionalismo catalán y vasco'. Illa no ha cambiado gran cosa en ese lado del discurso. Por otro lado, para gran parte de los españoles, lo que voten los catalanes y los vascos en el interior de su autonomía, lo que decidan al respecto de sus políticas lingüísticas o educativas, ya nos da igual ya. El problema es el privilegio que puedan obtener de los recursos que son de todos; privilegios estructurales como el cupo. Eso entronca con un modelo federalizante no cerrado, en el que ahora sale Óscar López y dice que le va a ceder a Cataluña lo de los funcionarios para mantener viva la legislatura. No tiene sentido que el reparto competencial dependa de acuerdos coyunturales. La apuesta de Sánchez para Cataluña es el País Vasco, es decir, que saquen tantas ventajas de estar en España que no quieran irse.
- ¿Los procesos de construcción nacional están dirigidos por las élites?
- Sin duda. Y, sobre todo, ahora. A lo mejor en una en una sociedad oprimida por una potencia colonial, el sentimiento de indignación o de rechazo del extranjero puede tener una mayor capilaridad social. Pero lo estamos viendo en el País Vasco. El porcentaje de apoyo a la secesión está en mínimos históricos porque las élites no están enfatizando la necesidad de hacerlo. Si el PNV y Bildu se ponen al alimón a encontrar agravios, ese porcentaje subirá. Otra cosa es que para correr con una bandera, y no fracasar, necesitas tener unas condiciones favorables. Por eso el Partido Andalucista siempre ha fracasado.

