Quien más, quien menos, celebrará estos días la Navidad. Y en muchos hogares españoles habrá cuestiones comunes: quizá el menú, o la decoración, tal vez regalos, tal vez alcohol. Pero en muchas casas el protagonista no será la comida, ni siquiera la compañía o el perfume carísimo que haya tocado de presente, sino la silla vacía de aquel que murió recientemente.
Cualquiera que haya acumulado unas cuantas pérdidas sabe que al dolor intrínseco se suma el de las efemérides: su cumpleaños, la fecha de su muerte y, especialmente, la Navidad, donde por razones muy humanas sentimos una especial añoranza del ser querido, que a veces hasta consigue que las fiestas pierdan todo su color y todo su encanto.
Tanto que hay quienes, ante la presunta obligación de celebrar y estar contento, se hunden en todo lo contrario porque su realidad es otra y, específicamente, porque se están enfrentando a un duelo. Es el caso de Lídia, una mujer de 48 años cuyo padre falleció recientemente. En concreto, el año pasado. Pero los últimos ocho meses los ha pasado haciendo terapia en uno de los cuatro grupos de duelo que ofrecen en el hospital de Sant Boi (Barcelona), el Parque Sanitario San Juan de Dios, con la psicóloga especializada en el asunto Júlia Dosta Pons.
En estos grupos de duelo no resulta difícil entrar, desarrollados a lo largo del país por expertos en duelo del equipo de atención psicosocial (EAPS) del programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas de la Fundación "la Caixa". En Sant Boi, Dosta es la responsable del grupo de duelo de padres y madres. Es decir, atiende a los hijos e hijas de fallecidos recientes. "Los pacientes nos llegan porque van al hospital a pedir ayuda. El grupo está abierto para todos".

"Solo quería llorar a todo pulmón"

"Usarla es una trampa, demora el proceso natural de aceptar las pérdidas"
Formado normalmente por ocho o 10 personas, durante varios meses se trabaja en función del punto de partida. Las emociones clásicas del duelo -tristeza, rabia, miedo, nostalgia, soledad- no cambian en Navidad, pero sí se intensifican. "No es solo un día señalado, son semanas enteras sintiendo la presión del entorno para estar bien", explica Marta Gutiérrez, psicóloga experta en duelo y también miembro del programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas de la Fundación "la Caixa". Uno de los objetivos principales es que el doliente no piense que le toca vivirlo "solo y en silencio", sino que cuenta con espacios, y personas, con las que compartir emociones y reflexiones, y hasta sentirse comprendido.
"Hay personas", relata Dosta, "que son especialmente evitadoras del duelo, y ahí hay un trabajo complicado, como lo es el duelo de aquellos que niegan que haya podido pasar lo que efectivamente ha pasado. Y de Lídia, cuyo padre, Miguel, falleció en 2024 por causas derivadas del tabaquismo, dice que "ha hecho un progreso increíble". "Empezó con síntomas de culpabilidad. Su funcionamiento diario, su día a día, estaba alterado incluso a nivel de alimentación y de tener muy poca actividad. Tenía ansiedad, se ahogaba, lo que denotaba un duelo que se necesita trabajar".
La propia Lídia relata, en una entrevista telefónica, que dada la larga enfermedad de su padre, que tenía EPOC, creía "estar preparada para despedirse de él". "Mi madre fue su cuidadora y sufrió mucho. Y yo creía que lo mejor para él era que descansara ya, pero lo que no sabía es que yo me iba enfrentar a la mayor hostia de realidad de toda mi vida. Cuando vi a mi padre fallecido algo se apagó dentro de mí. Los días después son duros, pero estás en shock y no te enteras. Lo peor viene después. Empecé a notar que no remontaba, que iba incluso a peor, tuve que coger la baja, mi cabeza iba por libre, mis pensamientos eran feos, repetitivos... Me iba intoxicando, hasta el punto de tener la energía justa para trabajar y volver a casa. Ni me preocupaba que mis hijas tuvieran comida en la nevera, ni me preocupaba mi higiene...".
Un "pozo", dice, que de alguna manera le reconfortaba, "recogida en sí misma, todo le daba igual". Hasta que se atreve a contárselo todo a su médico de cabecera, que le menciona el programa del hospital de Sant Boi. Al principio, a Lídia no le convencía lo de que la terapia fuera grupal, pero decide probar porque su salud mental estaba "perjudicada".
"Júlia, María y Miriam son ángeles", dice Lídia ahora, mencionando a todas, han hecho una labor increíble conmigo, me han entendido, me han ayudado, me han drenado porque yo tenía que soltar mucho y lo primero que recuerdo es decirles que estaba enfadada con la vida y que ellas me respondieron que tenía todo el derecho de estarlo", rememora.
"La gente no quiere escuchar que estás mal. Quiere oír historias positivas, pero a mí no se me pasaba, no era un duelo bueno, era un duelo malo", continúa... ¿Y ahora? Ahora, cuenta Júlia, "a Lídia le sigue doliendo haber perdido a su padre, pero puede hablar de él y hablar de él le hace sentir feliz, cosa que antes era imposible". Antes de participar del grupo de duelo, "ni siquiera podía recordar los últimos momentos de su padre". Por si se encuentra en situación similar, sepa que los primeros seis meses es súper normal que uno sienta que no puede, que está triste y enfadado. "A Lídia, saber que ese dolor era normal y que tenía un espacio para hablar de ello le tranquilizo mucho, y pudimos ir reparando sus emociones", asegura la psicóloga.


