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- ¿Qué hace falta para abrir Idealista: un vino o un antidepresivo?
- Un vino. Las cosas hay que tomárselas con humor. La situación es poco esperanzadora y triste, pero si se trata de visibilizarlo, con cierto sentido de la ironía es mejor. Y así se le puede ver el lado bueno.
- ¿Cuál es el lado bueno?
- Que cada vez hay más gente concienciada de que este es un problema gravísimo. Muchos de los espacios que se ponen a disposición de los inquilinos no son dignos para vivir.
- ¿Se debe señalar al casero, que oferta, o al inquilino, que acepta las condiciones?
- En ningún caso al que acepta vivir. Y como not all men, no todos los caseros se aprovechan, pero muchos juegan a la picaresca de tener una buhardilla y transformarla en una vivienda. ¿Es responsabilidad del constructor o del arquitecto que se prestan a modificarlas? Es culpa de un sistema en el que se cruzan muchos intereses y al que es difícil meterle mano.
- ¿Cuál ha sido la mayor atrocidad arquitectónica que se ha encontrado?
- Los pisos abuhardillados de Madrid son espacialmente inhabitables. No estaban pensados para ser casas. No están aislados ni contra el frío ni contra el calor. Eso es aberrante. Pero una vez encontré, no sé si en Alcalá de Henares o Aranjuez, un piso muy pequeñito, de unos 30 metros: habían metido la cama en una piscina.
- ¿Qué ciudad acumula más barbaridades?
- Madrid. Es cierto que cada ciudad tiene los problemas propios de su zona. Barcelona está mal, pero la situación no es tan sangrante. En Galicia no hemos llegado a ese nivel.
- En Madrid dio con uno que se hizo muy popular: en la cocina estaba la ducha, que integraba el lavabo y el retrete. ¿Qué fue aquello? ¿Preocupación por el desgaste muscular de los potenciales inquilinos?
- Eso decían. Hay caseros muy solidarios con el descanso ajeno.
- ¿Llegó usted a encontrar un piso decente?
- Sí, pero necesité mucho tiempo. Los alquileres justos y los caseros buenos también existen.
- ¿Cuál es el secreto para dar, al fin, con ellos?
- Tener paciencia, buscar a diario, visitar muchos pisos, no rendirse y ser realista. Hay que ajustar las expectativas sin bajar el rasero. Nadie tiene que vivir en un piso sin luz natural.
- Hay quienes hacen cola a la puerta para visitar un piso y llevan el dinero de la fianza ya en el bolsillo para quedárselo en el momento.
- Esas historias llegaban hace años de Londres y hoy suceden aquí, sí. Funciona, sobre todo, el boca a boca: conocer a alguien que tiene un amigo que va a dejar su casa y que tú, en ese momento, puedas quedarte con ella. Para el que llega nuevo a una ciudad puede suponer una situación de vulnerabilidad constante. No tiene una opción fácil. El hogar es el centro, el sitio seguro, y ahora mismo no es así.
- ¿Existe un enfrentamiento generacional tras las figuras del casero y el inquilino?
- Eso nos quieren hacer creer, pero en este tema estamos en el mismo barco. Hay mucha gente mayor que roza los 50 años y no se ha podido comprar una vivienda. Quienes pertenecen a otras generaciones, dos más atrás, la de nuestros padres, lo tenían más sencillo, pero hoy es un problema transversal.
- Vuelan las acusaciones: «Es que no renunciáis:queréis vivir en el centro de la ciudad».
- Claro. Tenemos mucho vicio y todos queremos vivir en Malasaña. La gente no quiere tener que pasarse dos horas metida todos los días en el transporte público porque ha tenido que irse a una ciudad dormitorio, en una casa cerca de un cartel que dice "todas las salidas" para llegar rápido al polígono donde trabaja. Quiere vivir cerca de su familia y de sus amigos, de su núcleo.
- ¿Qué es hoy una casa de lujo?
- Hemos bajado tanto la vara que una con horno ya es un lujo. También lo es un espacio con luz natural y almacenaje. Un lugar agradable en el que puedas hacer tu vida. Se nos ha reducido mucho la capacidad de elección. Al depender de un casero, muchos no invierten ni personalizan su piso porque en muchos contratos se prohíbe agujerear la pared para colgar un cuadro. Las generaciones pasadas invertían en sus casas. Ahora nos adaptamos a lo que hay. Eso refuerza la sensación de desarraigo, de estar de paso. La gente más joven está externalizando lo que hay que hacer en casa: pide comida a domicilio, usa lavanderías. Pasan la vida en otro sitio porque no pueden usar sus casas para invitar a sus amigos.
¿Cuál es la pregunta más impertinente que le han hecho? ¿Qué respondió?
Una vez alguien que me conocía solo de redes me preguntó si yo era realmente arquitecta. Le dije que sí, que claro. Que si se pensaba que era como Bertín Osborne que hizo dos asignaturas de Ingeniería Agrónoma pero que va por la vida diciendo que estudió ingeniería. Y bueno, mentira no es.

