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¿Quién es esta gente tan zen que va siempre con una sonrisa en la cara, su esterilla colgada del brazo y un estilazo con su ropa de deporte? Era la pregunta que la venezolana Dalicer Cedeño se hacía cada día, al salir de la oficina, tras pasar muchas horas sentada. "Necesitaba moverme, pero no conectaba con el gimnasio, porque me aburría, y probé a correr y mis rodillas sufrían", cuenta. Así que esta ingeniera civil decidió probar una clase de yoga en Caracas.
"Pude hacer sólo el 20%. Me sentía rodeada de gente profesional haciendo posturas imposibles y yo me caía", recuerda. Pero lo importante sobre ese mat es que estuvo totalmente presente. "Es todo lo que necesitaba: pasé hora y media intentando entenderme para llegar al nivel, sin pensar en obligaciones o problemas. Y decidí que quería volver a practicar todos los días de mi vida", dice rotunda.
UN GIRO DE 180 GRADOS
Tal fue el enganche con la actividad que acudía al estudio de lunes a domingo. "Esa fue la clave de que me enamorara de la disciplina. Me encantaba estar en ese lugar incómodo, respirando y conectando con mi cuerpo, sintiendo cómo evolucionaba". Tuvo que abandonar sus vaqueros y pasarse a las mallas para poder llegar puntual a sus clases. "A mi jefe no le importaba porque veía lo bien que me sentaba. Un tiempo en el que las cosas se pusieron muy duras en Venezuela, incluso, la empresa me lo pagó".
Su constructora cerró y lo que más le preocupaba a Cedeño era poder encontrar un empleo donde le permitieran seguir entrenando. "No quería dejar de hacer lo que me encantaba, así que empecé a moverme de Ecuador a Chile, porque dentro de mi corazón sabía que estar encerrada en una oficina de seis a seis no me llenaba. Quería dedicarme a la práctica, aunque no me lo planteé, la vida me fue llevando".
Mucho tuvo que ver una instructora que le marcó, Gaby Aveiro. Hasta el punto de querer formarse para impartir. "Todavía en mis clases la recuerdo energéticamente. La admiraba muchísimo y me ha hecho cultivar el yoga de una manera bonita". Su primera experiencia como profesora fue una de sus clases de memoria. "Me dio vergüenza entregar mi currículo porque sólo había dado yoga a mis amigos". Pero una chica necesitaba una profesora, le vio la pinta de yogui y aceptó una prueba.
UN PROPÓSITO VITAL
Aunque la superó, muchas veces pensaba que debía buscarse un trabajo "de verdad", como le decía su madre. Miraba por su porvenir siendo ingeniera. "Pero salía a las nueve de la noche todos los días y mi mente me decía: '¿Es esta la vida que quiero para mí?'. ¡Ni aunque me paguen todo el oro del mundo si tengo que renunciar a mi práctica!".
También montó una marca orgánica en la pandemia. "Pintaba con aguacate, cúrcuma... Y me pude mudar sola, montar un mini estudio y me fue muy bien. Empecé a hacer retiros y vi que el yoga me podía sostener no sólo emocionalmente, sino también monetariamente". Cualquier circunstancia en su vida, reconoce, la transita desde el yoga. "Es más que una postura bonita: una forma de vivir".
Se marchó a España hace dos años y medio para hacer formaciones. "Desde el inicio sentí Madrid como mi casa y encontré en KO Urban Fitness Center, que acababa de abrir, una familia. Me ofrecí como instructora y desde entonces estoy aquí impartiendo el programa Soul 21, rodeada de alumnas increíbles". Se trata de 21 días para crear el hábito de la práctica. "Soul es el yoga del alma, donde tú puedes fluir porque no hay unas reglas específicas. Se basa en la meditación en movimiento, desde lo más básico a lo más avanzado, manteniendo una respiración consciente. Cada clase es única". Ha conseguido hasta que alumnas dejen malas costumbres, como fumar. "Para una chica era una lucha constante, pero algo tan sutil como aprender a respirar ayuda a hacer ese clic y dejar de vivir en automático".
De los ocho pasos de yoga que enseña, su favorito es el estado de dicha. "No es ser feliz todo el tiempo, sino sentirse plena, independientemente de las circunstancias. La espiritualidad está en tu interior y estás dichosa. Si sientes que no es en ese trabajo o en esa relación, te mueves, porque en el mat observas qué te está impidiendo llegar a la vida correcta". Por eso siempre trata de sacar su hora y media de práctica diaria. Es su terapia, como ir al psicólogo. "Mis clases se crean junto a las personas. Si el grupo está más suave es una práctica más restaurativa y si se siente power vamos más allá. El yoga es infinito, no hay un lugar a dónde llegar. Te permite conectar y tener una lucidez física y mental. No hace falta ir a una cámara hiperbárica o tomar tantas pastillas. A veces basta sentarse, estirar y respirar para calmarse. Pero mucha gente no lo sabe".
ADN
- Sus sesiones se imparten en C/Belén , 15
- En KO Urban Detox Center Madrid
- Responsable del Programa Soul 21
- 200 horas en Vinyasa
- Organiza retiros

