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Diana Al Azem, experta en adolescentes, sobre la hora de vuelta a casa de los hijos: "En verano ellos entran en modo libertad total y los padres en el de ansiedad crónica"

Hace un par de semanas que acabó el curso y los jóvenes estiran la noche todo lo que pueden. ¿Cuál es el límite? Los expertos recomiendan negociar. Qué remedio.

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Diana Al Azem, experta en adolescentes, sobre la hora de vuelta a casa de los hijos: "En verano ellos entran en modo libertad total y los padres en el de ansiedad crónica"
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Ha terminado el curso y llega el rocanrol. Con aprobados o sin ellos, el verano se ha instalado en el calendario y los adolescentes se han tirado a las calles. Mientras las pandillas se mantienen antes del éxodo a pueblos, segundas residencias o destinos de vacaciones familiares, los toques de queda de los muchachos han saltado por los aires. Sea en el parque, en un banco debajo de casa o en las fiestas que salpican los barrios, a las criaturas les dan las tantas por ahí.

Y si, cuando llega la diáspora vacacional, el lugar que los recibe es proclive a la parranda porque tienen grupo de amigos, continúan con su rutina nocturna el resto del verano, para lamento de algunos padres y madres. "Llegan estas fechas y bienvenido al infierno y al no dormir. Los pueblos parece que rivalizan en sus fiestas porque son muy largas y programan muchos conciertos", se queja una madre madrileña. "Los diyéis, encima, empiezan tardísimo, como a las 12 o la 1 de la madrugada", continúa. Su hija mayor, de 18 años, no va a todas las verbenas de alrededor, por suerte para ella (y para su descanso): "Si no voy a recogerla, hasta que no llega yo no me puedo dormir. Para mantenerme distraída, me he visto entera Emily in Paris", dice, en referencia a la famosa serie de televisión.

Marieta, otra madre de una niña de 17, redunda: "En invierno no ha salido casi nada, pero llegó mayo, con San Isidro, y empezó la ruta de las fiestas. Duran hasta dos fines de semana y si las actuaciones empiezan tan tarde, por poco que se queden, les dan las 3 de la mañana". Y a esa hora, no hay mucha alternativa de transporte para los adolescentes: o progenitores que van a por ellos, o taxi compartido o toca esperar a la apertura del transporte público: "Lo normal es que no planifiquen su regreso. Se quedan vagabundeando hasta que abren el metro o el tren. Así que ella llega por la mañana".

Sin fiestas de por medio, la hora tope la marca el propio metro, de modo que su hija y sus amigos regresan a casa alrededor de las 1.30 o 2 am. Dentro de su panda, los chicos acompañan a las chicas. Mientras llega, Marieta anda con un ojo abierto y otro cerrado: "Siempre me dice cuándo sale de donde está y yo calculo el tiempo que debe tardar hasta que entra por la puerta. Qué desesperación", zanja.

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María, con un hijo también de 17, hace un par de años que claudicó de poner hora a su criatura. ¿Los culpables? Las fiestas de su localidad: "Pretendimos estirar solo un poco la llegada a casa, pero nos envió una foto con todos sus amigos en la feria. Protestó tanto que a partir de ese día dejamos de ponerle límite. Se regula por el transporte público y lo normal es que apure hasta que cierra. Estamos conformes porque, de momento, sus horarios son razonables", cuenta.

Los progenitores consultados se quejan de su preocupación por las horas de llegada, pero reconocen, claro, que no es un fenómeno nuevo, y menos en verano. "Mi padre siempre dice que él tampoco se podía dormir hasta que no escuchaba el ascensor, señal de que mi hermano y yo llegábamos a casa", recuerda una madre hoy en la cincuentena y madre de tres adolescentes. Hoy es ella quien no pega ojo hasta que están en su cama.

Hora de renegociar

La realidad, dicen los expertos, es que en verano los planes y la vida, en general, empiezan más tarde, tanto para los adultos como para sus hijos. A esto se une que "los adolescentes son más de turno de noche por razones biológicas", sostiene Cristina Cuadrillero, psicóloga y creadora del blog de Instagram @miadolescenteyyo, o sea que "no queda otra que aflojar". Los límites no deben desaparecer, pero es razonable que entrar en "modo verano", con más ocio, vacaciones y salidas, nos haga "bajar un poco el listón".

El profesor y autor de Cómo sobrevivir con un hijo adolescente (Espasa, 2025) Nacho Gago coincide: "Soy partidario de que amplíen horarios y disfruten, pero sin que se despendolen demasiado y siempre con cabeza. Es difícil tenerla a esa edad y por eso precisamente hay que negociar la hora y llegar a un punto válido para ambas partes". Gago introduce la variante de los abuelos: "Muchas veces están con ellos en los pueblos y suelen ser más permisivos. Mis padres conmigo eran más estrictos que con sus nietos, de 17 y 15 años. Pero cuando yo estaba con mi abuela pasaba igual", recuerda.

A veces, los progenitores creen cuanto más se amplía la hora, más conductas de riesgo entran en juego: "Si no queremos que beban, por ejemplo, a lo mejor lo hacen a las 4 de la tarde... Retrasar su hora les gusta porque los chavales se sienten más adultos y si se portan bien, ¿por qué no?", añade. En el contexto de verbernas de pueblo, recuerda el profesor que es recomendable turnarse entre padres para organizar la recogida: "A veces se desplazan en el coche de alguno y luego pasan cosas", concluye.

Los límites, también necesarios

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Está claro que en verano es oportuno entregarse a cierta distensión, pero ¿cuánta? "Viven muy bien sin responsabilidades, pensando solo en el modelito que toca ese día o en su superplán pandillero, pero tendrán que seguir sintiendo nuestra presencia, con nuestras normas y nuestros límites hasta que puedan financiarse sus propias vacaciones", asevera Cuadrillero. Y esto se traduce en condiciones: "Si llegan tarde, no pueden quedarse toda la mañana planchando la oreja...", dice la creadora de @miadolescenteyyo.

Diana Al Azem es profesora de Secundaria, creadora del portal digital Adolescencia Positiva y autora de 'AdolescenteZ de la A a la Z' y '¡Quiero entenderte!' (Plataforma Editorial, 2023 y 2024). Para ella, los chavales entran en "modo libertad total" en verano, al tiempo que los padres hacen lo propio en "modo ansiedad crónica". Propone como primer límite no establecer una hora fija por sistema: "No se trata de que todos los días pueda venir a las 2, sino de acordar un horario y condiciones concretas según el plan. ¿Dónde es?, ¿con quién va?, ¿cómo vuelve?, ¿hay un adulto responsable cerca?, ¿tiene bateria y teléfono disponibles?".

La escena de un adolescente saliendo por la puerta e informando por los pelos de sus planes y, por tanto, de unos padres sin tiempo para reaccionar no es un buen planteamiento: "Solo genera tensión. Hay que pedirles que avisen con tiempo para poder hablarlo todos con calma", dice Al Azem.

Una mayor permisividad horaria debe corresponderse con responsabilidades por parte de los hijos. Deben cumplir los acuerdos: "Si no, el horario se ajusta. Eso no es un castigo, sino una consecuencia natural", continúa.

La autora también apuesta por un cambio de enfoque en cuanto a los temores por el binomio alcohol-coche. Es partidaria de evitar el control por miedo y fomentar el autocuidado. Así, en vez de solo decir "no bebas" o "cuidado con los coches", propone otras preguntas como "¿Qué harías si tu amigo bebe y quiere conducir?, ¿cómo saldrías de ahí? o ¿Tienes claro qué decir si alguien te presiona para beber?".