YODONA
Aullidos

La incoherencia

La comunicadora y escritora Sonsoles Ónega reflexiona sobre la facilidad de insulto que tenemos hasta ser odiadores profesionales.

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La incoherencia
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A este paso (acelerado) va a llegar el día en el que no nos vamos a reconocer al mirarnos al espejo o, lo que es peor, no vamos a saber ni hablarnos con educación. Una mañana cualquiera podría ocurrir que nuestro propio reflejo nos interpele como los odiadores de las redes sociales (y algunos dirigentes políticos); es decir, mal y a gritos. La norma de estos tiempos es insultarse, llamarse gentuza, payaso, facha, zurdo.

Y así.

A mí me duelen todos los insultos, ¡qué le vamos a hacer! Llámenme naíf. No hay uno que no me sangre entre los labios, ni hay madre que haya parido al enemigo que los merezca. (¡Qué le vamos a hacer!).

Santa Lucía me dio miopía, pero me ha permitido conservar la vista para identificar al odiador profesional. A saber: anónimo con pasamontañas, placas de coche falsas y vomitador de cosas espeluznantes que no se atrevería a decir con el DNI en la boca.

Alba Flores le contó a Évole que a ella le dijeron «acabarás drogadicta como tu padre». (¡Ay, qué dolor!). Antes de meterse en el jardín de Pérez Reverte, David Uclés, el autor de La península de las casas vacías (la novela de la Guerra Civil que todos habríamos querido escribir) ya había pasado de ser amado a odiado por ganar el Nadal.

Otro signo de los tiempos es que no eres nadie si no pasas del elogio al escupitajo en menos de lo que canta un gallo. Porque sí, pasamos de empalagarnos a envenenarnos con nuestras propias palabras en un parpadeo.

Eso, en realidad, es pasar de todo porque ¿a quién le importa la coherencia? Los tiempos son los de correr a retuitear sin saber qué retuiteamos, reposteamos o reenviamos por WhatsApp. Total, a quién le importa mirarse al espejo y no reconocerse.