- Los mundos de Marta Algo nuevo, algo viejo, algo prestado, algo azul: de la tradición de las novias a la obsesión en el neceser de verano
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Maldigo a Tadej Pogacar. Sus ataques en los puertos de montaña franceses han arruinado mi rutina favorita del verano: dormirme el Tour, el pelo todavía con arena y sal después de una mañana de playa, el estómago satisfecho con unas gambitas y unas cervezas. Mismo Tour y misma siesta que de niña aborrecía, ambos marcaban una obligación veraniega cuando, ¿quién quería deberes en vacaciones? ¿Quién quería hacer lo mismo todas y cada una de las tardes?
Lo de encontrar joy in repetition, como cantaba Prince en 1990, es un placer culpable que he adquirido con la edad, quizás porque soy la persona más desordenada del mundo y encuentro en la reiteración de tareas (obligadas o escogidas) un orden mental entre el caos de pantalones tirados por la habitación, camisetas que se acumulan en el galán –sí, tengo un galán– o pilas de libros por leer. Por eso, cada mañana le pongo un whatsapp de buenos días a mi padre y un audio canturreándoles cualquier chorrada a mi cuñada y a mi sobrino para animarles el camino al cole. Por eso, incluso en vacaciones, instalo mis puntos cardinales, a saber: no levantarme antes de las 9:00 h; embadurnarme de arriba abajo de protector solar antes de salir de casa; el paseo por la playa, siempre con el mismo destino, un saliente del kilométrico acantilado coronado por un radar; la siesta (cuando no hay Pogacar de por medio, claro); la lectura en la terraza a media tarde con las olas de fondo; la gustosísima ducha al atardecer, con doble limpieza facial para retirar el protector solar, acondicionador y aceite en el pelo, aftersun como guinda del pastel. Ah, no, perdón, miento, que la guinda es vaporizarme el antimosquitos, soy absolutamente irresistible para ellos (al menos lo soy para alguien, oye, quien no se consuela es porque no quiere).
La cosmética de estreno acude al rescate para que hábito no sea sinónimo de tedio
Precisamente para consolarme, de vuelta a las costumbres obligadas me espera una (bendita) rutina beauty... renovada. No pienso renunciar a mi abecé facial –vitamina C de día, retinol de noche como mantra de skincare–, pero la cosmética de estreno acude al rescate para que hábito no sea sinónimo de tedio. E imposible que lo sea con la cura intensiva de siete días de Guerlain (2), un chute de luminosidad a la piel sobrecargada por factores como el exceso de sol. Aplicarla es como jugar a Quimicefa: las esferas de Bee Lab Shot –con vitamina Cg, ácido hialurónico y miel de abeja negra–, que vienen en un tubito, se hidratan con 10 gotas del sérum en aceite acuoso Abeille Royale en la palma de la mano. La mezcla se funde en rostro y cuello... y se hizo la luz.
Con la vitamina C aprobada, llega el turno de experimentar de noche con un nuevo retinol, de marca española, Byoode (4): combina dos tipos de retinoides sin provocar irritaciones, mejor no jugar con fuego en una piel que llega sensibilizada de las vacaciones. El skincare de la vuelta al cole lo completo con el aceite limpiador de Orveda (5), que retira impurezas y maquillaje mientras hidrata, algo que las de rostro seco agradecemos. Es capaz de eliminar incluso el hiperresistente delineador de labios en tinte de Huda Beauty (3), ese mismo que ha hecho que caiga en la tendencia favorita de la gen z en redes: el lip combo (traducción: perfilar la boca de manera bien evidente y rellenar con barra o gloss, muy años 2000).
Y aunque la vuelta a la (otra) rutina cueste –siempre será mejor pasear descalza por un arenal que en deportivas por la Gran Vía–, nada como refugiarse en la sensación de hogar que produce el abrazo de unas sábanas limpias, a lo que huele Blanche Absolu de Byredo (1), la última versión más concentrada de este aroma clásico. Porque en el fondo, en casa, y en la alegría de la repetición, se está como en ningún sitio, palabra de Dorothy en El mago de Oz... Y de Prince.

