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Durante mucho tiempo nos han enseñado a pensar en el cuerpo por partes: la cabeza por un lado, el intestino por otro y la vagina "ahí abajo", como si fuera un compartimento aislado. Pero nuestro cuerpo no funciona así.
Lo que piensas, lo que comes, cómo digieres, cómo gestionas el estrés y cómo responde tu sistema inmunológico influyen directamente en tu salud sexual, en tu vagina, en tu vulva y en tu suelo pélvico.
La ciencia lo llama eje intestino-cerebro-pelvis, y entenderlo puede cambiar por completo la manera en que interpretas muchas molestias íntimas que quizá llevas tiempo normalizando.
El intestino: mucho más que digestión
El intestino no sólo sirve para digerir alimentos. Es un órgano clave en la regulación emocional, hormonal e inmunológica. En él vive la microbiota intestinal, un conjunto de bacterias que participa en la producción de neurotransmisores como la serotonina, relacionada con el bienestar, regula la inflamación y ayuda a metabolizar hormonas como los estrógenos.
Cuando el intestino funciona bien, el cuerpo suele responder mejor a muchos niveles. Pero cuando hay desequilibrios como estreñimiento, inflamación, hinchazón frecuente, intolerancias, dietas muy restrictivas o estrés mantenido, pueden aparecer efectos que no siempre asociamos con la digestión.
Por ejemplo, puede disminuir el deseo sexual, aumentar el cansancio, empeorar la lubricación vaginal y provocar que las infecciones vaginales sean recurrentes. La sensación de cuerpo "apagado" suele estar detrás de esta disbiosis o desequilibro, no sólo de la microbiota intestinal, sino generalizado.
Tu vagina no está desconectada de tu intestino; responde a él.
El estrés también se siente en la pelvis
El estrés no vive sólo en la mente. Se instala en el cuerpo. Cuando estamos sometidas a estrés continuado, el organismo libera cortisol, una hormona que, mantenida en el tiempo, altera la microbiota intestinal y aumenta la inflamación.
¿Dónde se expresa muchas veces ese estrés en las mujeres? En la pelvis. El suelo pélvico, ese conjunto de músculos que sostienen la vagina, la vejiga y el útero, puede reaccionar tensándose de forma inconsciente. Esto puede dar lugar a sentir dolor durante la penetración vaginal, o dispareunia, pudiendo aparecer también en prácticas anales. Tener sensación de presión o bloqueo en la vagina, o presentar dificultad para relajarse durante las relaciones sexuales. Esto podría derivar en un vaginismo funcional, donde la contracción muscular impide la penetración, o genera dolor vulvar, vulvodinia o clitoridinia; y se puede experimentar menor percepción de placer; lógicamente.
Pero no es que tu vagina no quiera experimentar placer; es que tu cuerpo está en modo defensa.
Inmunidad, vagina y vulva: un equilibrio delicado
El 70% del sistema inmunológico se encuentra en el intestino. Cuando este sistema se desequilibra, la vagina suele ser una de las primeras zonas en notarlo. Existe un factor estrés emocional, muy habitual y potente, que desencadena ese desequilibrio y favorece la aparición de sintomatologías diversas.
Esto puede manifestarse de diferentes maneras, siendo las más habituales las siguientes, por las cuales deberías acudir a tu médico de familia o a ginecología.
Candidiasis recurrentes: el hongo más común, que vive en nuestra vagina de manera natural, es la Candida albicans, y representa entre el 20% y 30% de las infecciones vaginales. Al alterarse su equilibrio natural, comienza a generar enrojecimiento y edema de los labios menores, que puede extenderse hacia labios mayores, periné, pliegues inguinales y entre los glúteos.
Vaginosis bacteriana: caracterizado por excretar un flujo vaginal gris o blanco, de olor a pescado, que presenta picor o ardor. Esta infección parece la culpable de que, históricamente, se asociara el olor a pescado a los genitales femeninos; siendo, por supuesto, una creencia errónea porque si están sanos y limpios, sin excesos, no huelen así.
Cambios en el flujo vaginal: sí, cambia a lo largo del ciclo, afectado hormonalmente, como ocurre en otros momentos vitales, en el climaterio, por ejemplo; pero también puede desregularse por otras cuestiones como medicamentos, infecciones o una higiene inadecuada, incluso por ser excesiva. El flujo vaginal nos informa sobre nuestra salud y nos invita a buscar soluciones.
Picor o escozor en la vulva: más allá de las infecciones, que también pueden actuar de manera externa, y a través de los síntomas, podemos detectar posibles alergias o prácticas sexuales que dañan nuestra vulva y pueden desregular nuestra flora. Quizá frotarse con los vaqueros puesto no era buena idea, no utilizar braguitas de algodón, tampoco, o quitar todo el vello púbico no te hace bien.
Lavarse las manos antes de estimular tus o sus genitales siempre será buena idea, como pedir a tu acompañante sexual que lime las asperezas de sus manos para estimularte, o use crema de manos; pero no para tocarte, salvo que sea una apta para la zona vulvar, que no vaginal. Si eres tú la que tiene que cambiar algo, obsérvate y actúa.
Infecciones urinarias de repetición: una vez más, microbiota intestinal, flora vaginal, salud mental, inmunología y urología van de la mano. ¿Cuál fue el detonante? Con la alteración de uno se enciende la mecha que activa la reacción en cadena. Por ejemplo, una mala relación con la pareja, que genera estrés o ansiedad mantenida en el tiempo; vamos, que no es un día ni unas horas. Lo que fue una mala comunicación o incluso una posible ruptura facilitó tu cistitis. Si no se soluciona el origen, de la manera que sea, seguirán ahí, como si una alarma te recordase que aún no has hecho 'la tarea'.
Es importante saber que muchas mujeres cuidan su higiene íntima lavándose con agua sin más; o hacen su skincare vulvar, usando productos adecuados y, aun así, siguen teniendo molestias. En estos casos, el origen no siempre está en su vulva o vagina, sino más arriba, en el intestino, en la regulación inmunológica, en el cerebro y sus vínculos y contexto.
No es un problema "de ahí abajo"
Uno de los errores más frecuentes es tratar la salud sexual femenina como si fuera sólo un asunto genital. Pero la vagina no funciona aislada del resto del cuerpo.
La falta de lubricación, el dolor o la pérdida de deseo no siempre son problemas locales ni psicológicos, en el sentido simplista del término. A menudo son señales corporales de que algo no está equilibrado en el conjunto del organismo.
Alimentación, descanso, estrés, emociones, relaciones y sistema inmune dialogan constantemente con tu pelvis.
Escuchar el cuerpo como una unidad
Cuidar la salud sexual femenina implica tomar consciencia corporal, emocional y relacional. Esto supone trabajar desde el mindfulsex o mindfulness sexual.
Esta puesta a punto implica y contempla mejorar la relación con la comida y la digestión, reducir la inflamación de bajo grado, aprender a gestionar el estrés, devolver al suelo pélvico su capacidad de relajarse y, lo más importante, dejar de culpabilizar a tu vagina por lo que es un proceso corporal global.
La sexualidad no empieza en la vagina. Empieza en un cuerpo que se siente seguro, nutrido y regulado. Tu vagina no está separada de tu cabeza ni de tu intestino. Forma parte de un sistema inteligente que responde a todo lo que vives. Comprender el eje intestino-cerebro-pelvis nos permite dejar de mirar el cuerpo por piezas y empezar a escucharlo como lo que es: una unidad profunda, sensible y sabia.
Y desde ahí, sí, el placer vuelve a tener sentido.
