Hace años (muchos ya), me metí en una aventura periodística que, dicho sea de paso, tardé décadas en digerir (y con la que todavía sigo teniendo pesadillas). Por aquella época, yo era una tímida redactora que curraba en un suplemento de educación de EL MUNDO. Una tarde de viernes de un enero tan gélido y lluvioso como este, sonó el teléfono y me convocaron para la reunión más bizarra de mi vida, de la cual salí con la cabeza hecha un lío, el estómago encogido y una propuesta a la que -inconsciente de mí- sólo podía decir que sí: infiltrarme en el certamen de Miss España para averiguar qué se cocía allí dentro.
Los detalles de lo que ocurrió durante esos tres meses del horror en los que di al pause de mi vida y dejé de ser Gema para convertirme en Miss Alicante (así, sin nombre ni apellidos) me los guardo para el guion que tengo a medio escribir, pero hay algo que en esta época de caras clonadas y 'transformaciones milagrosas' no puedo dejar de contar.
Entre mis muchas peripecias como la peor miss de la historia (Miss Penoso, en lugar de Pinoso, me llamaban), una de las que llevé fatal fue la obsesión que tenían esas gentes del mundillo de los certámenes de belleza por operarme la nariz. "Con esa nariz no va a ir a ningún sitio", tuve que escuchar decenas de veces durante aquellos lejanos días de (desastrosos) desfiles con tacones incompatibles con mis andares y posados imposibles.
Esas voces tan cansinas (e impertinentes) me recordaban a tantas otras que había tenido que escuchar durante mi época escolar. La diferencia es que mientras en la adolescencia me empujaron a esconderme tras la melena (para desquicie de Lolita, mi querida profesora de Latín en Bachillerato, que me obligaba a recogerme el pelo con un lazo en sus clases para poder verme la cara), llegada a los 30 los comentarios sobre mi nariz, en lugar de ahondar en mi inseguridad, me hacían sentir todavía más orgullosa de la poderosa genética que se ocultaba tras ella.
Y cuento todo esto (otra vez) porque me aterra la brutal presión a la que se somete hoy a jóvenes y adolescentes por encajar en un absurdo (e inalcanzable) canon de belleza diseñado por no sé qué mente perversa que las impulsa a recurrir a la medicina estética antes, incluso, de que les hayan parado de crecer las tetas para lucir una nariz respingona, unos pómulos desafiantes, una mirada felina y un óvalo facial esculpido a la medida de los requerimientos de Instagram.
"El otro día vino a mi consulta una chavala que no tenía ni 20 años con una cara preciosa, pidiendo que le hiciera los labios y una armonización facial, porque odiaba la imagen que le devolvía el espejo. Me negué y me dijo que le daba igual, que se iría de médico en médico hasta que alguno le dijera que sí", me contó hace poco una doctora. Y no era la primera vez que escuchaba un testimonio que nos debería poner a todos los pelos como escarpias. Menuda papeleta tienen ante sí los médicos. Y menuda papeleta tenemos las madres para tratar de ayudar a nuestras hijas a construir una autoestima a prueba del bombardeo de rostros clónicos y mentes planas al que se las somete.
